En el mundo empresarial es de trascendental importancia no sólo tener buenas ideas, sino saber presentar dichas ideas, de tal manera que se puede decir que una buena idea, mal presentada, es una mala idea.
Sí, aún el más brillante proyecto pudiera ser considerado como el peor de todos si la persona que lo intenta comunicar no lo hace de manera eficiente y más bien deja una mala impresión en inversionistas, funcionarios, ejecutivos, miembros de juntas directivas, representantes de los gremios y la prensa.
Algo parecido sucede con el evangelio de Jesucristo, muchas personas se pierden de tan maravilloso regalo de parte de Dios sencillamente porque el mismo no les ha sido presentado de manera eficiente y se les ha dejado con una impresión distorsionada.
Es por ello que a nivel popular, y aún entre algunos cristianos, todavía no se tiene en claro qué es realmente el evangelio.
La palabra evangelio significa buena noticia, es la traducción del vocablo griego “Euangelion”, que a su vez procede de dos raíces: “Eu” que es bueno y “Angelia”que es noticia.
Así de sencillo, y así de sencillo era que lo predicaban los apóstoles.
Pablo por ejemplo sólo se enfocaba en anunciarle a la gente que Jesús era Dios, que era el único y verdadero Dios que había venido al planeta tierra, había muerto en una cruz en sustitución nuestra para pagar la condena a muerte por ser pecadores, había resucitado, está en cielo y se prepara para regresar en breve.
Ese era todo el mensaje que se presentaba. Así de fácil, sin enredos. A tal punto que si alguien creía en su corazón dicha tesis y la confesaba con su boca públicamente, se le bautizaba como discípulo de Jesús y se le daba la bienvenida a la iglesia.
El apóstol Pablo demuestra tanto interés en lo que la gente va a pensar del evangelio de Cristo que inclusive le pide a los cristianos que cuando llegue gente nueva a la congregación no actúen como si fueran unos locos.
Que no hagan cosas desordenadas o indecentes, que se pongan en los zapatos de los no cristianos y traten de entender qué pensarían y cómo se sentirían en ese ambiente, pues por nuestra imprudencia muchos de ellos saldrían corriendo y Dios los perdería.
Él inclusive dice que se hacía judío para ganar al judío y griego para ganar al griego, es decir, se ponía en el lugar de ellos para tratar de entenderlos mejor y hacerse más entendible.
Pongámonos en los zapatos de los demás, imaginemos ser ellos por un momento para poner tener una leve idea de cómo nos verían y entenderían ellos a nosotros.
De esta forma podremos ser más sabios en la presentación de ideas tan excelentes como la del evangelio de Jesucristo.
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Tomado de:
«Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.