Doña Maruja estaba en la cocina de un gran medio de comunicación hirviendo el agua para servir el té a todos los invitados. Era un día de mucho movimiento y con muchas personalidades entrando y saliendo, pues se hacía una acostumbrada maratón para recaudar dinero.
Cada uno de los oradores y cantantes motivaba al auditorio a llamar por teléfono y hacer un donativo muy generoso. Doña Maruja pensó entonces que ante su pequeño salario y las grandes necesidades que tenía, dicha oportunidad de ofrendar a Dios no era para ella. Fue por ese motivo que humildemente oró:
“Señor, no sólo quiero dar té, también quiero darte, pero es tan poquito lo que tengo. ¡Qué pena que no sea una de las cien personas que tenga la cantidad exacta que están pidiendo ahora!”.
Maruja, hay algo que debes saber, y es que tu ofrenda sí vale ante Dios, y el que sea mucho o poco eso lo determinas tú misma, no la entidad que recibe tu donativo. Para ti, un billete de 20 puede ser mucho, aunque para la institución organizadora del evento puede ser una cifra mínima en comparación con otros aportes.
Lo que realmente vale ante Dios es tu deseo de dar con amor, con generosidad, pero según tu generosidad y tu capacidad, no la de otros. Dios no está mirando la cifra, está mirando tu corazón. Fue por ese motivo que Jesús elogió la ofrenda de una viuda que dio todo lo que tenía. Y lo que dio no era mucho en términos contables, pero para esa viuda lo era todo.
En cambio Jesús le restó importancia a la ofrenda de un rico que estaba en el templo haciendo su aporte al mismo tiempo. Pues aunque estaba dando una cifra muy grande, en términos contables, en comparación con todas sus posesiones eso que estaba aportando era realmente una miseria.
Creo Maruja que debemos revisar algunas estrategias a la hora de solicitar dinero para que dicha actividad no ofrezca una pésima imagen al público y no sea algo desagradable a los ojos de Dios.
Pues fallamos cuando enfatizamos que el dar es una siembra para poder cosechar. No porque eso sea mentira, pues la Biblia así lo enseña, sino porque el énfasis está en la transacción y no en la adoración.
Fallamos cuando exigimos que se dé para cubrir una necesidad, ya que las Escrituras enseñan que no demos por necesidad u obligación, sino por amor y para gozar de ese privilegio. Fallamos cuando enfatizamos una cifra exacta, en lugar de dejar que cada quien dé según se haya propuesto en su corazón.
Fallamos cuando fomentamos la codicia al decirle a la gente que si da 20 Dios le devolverá 200. Y fallamos cuando ponemos en oferta los milagros de Dios, como si su poder estuviera a precios de liquidación y no dándose por Gracia.
Dar es un adorar que bendice mi negocio, no un negocio al que debo adorar. Cuidado, no confundamos ni nos dejemos confundir: a Dios le damos porque lo amamos y lo adoramos, y eso nos hace felices.
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Tomado de:
«Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.