Aunque el refrán popular dice que hay que hacer como Santo Tomás, ver para creer, lo que la Biblia nos enseña es que hay que hacer todo lo contrario de Tomás, creer para ver. El apóstol Tomás no recibió felicitaciones de Jesucristo por haber dicho que hasta no verlo resucitado no creería, por el contrario, fue reconvenido al explicársele que aquellos que creyeran sin necesidad de ver serían bienaventurados.
A los discípulos de Jesucristo se nos insta a caminar no por vista, sino por fe. A mirar con los ojos espirituales lo que los ojos naturales no pueden ver. Se nos anima a confiar en Dios teniendo la plena certeza de que él nunca faltará a alguna de sus promesas contenidas en Las Escrituras. Se nos pide que jamás despreciemos la fe aunque sea tan pequeña como una semilla de mostaza, sino que por el contrario, la alimentemos con la misma Palabra de Dios.
La fe es una certeza, una confianza, una convicción, un estar seguro. Es tener en el presente lo que sólo se materializará en un futuro. Es ver, tocar, oler y saborear la comida que aún no nos han servido. Es cruzar un puente que todavía no se ha construido para alcanzar la otra orilla de un río que aún no ha nacido.
Pero la fe, aunque dé esa impresión, no es la apología de lo absurdo ni el sustento de lo ilógico. La fe obedece a unas leyes, a leyes espirituales que son superiores a las físicas o naturales.
Nadie por ejemplo, aunque diga tener toda la fe del mundo, logrará que Dios haga algo malo o que el diablo se salve. Tampoco conseguirá que un ser humano sea inmortal o que el universo entero se pueda conquistar.
La fe tiene sustento, tiene bases, es por ello que pudiéramos decir que la fe es el tiquete para viajar en un tren que es invisible, que está manejado por una mente espiritual, que arrastra los vagones de la emoción y que se desliza sobre los rieles de la voluntad divina.
Santiago, a quien la Biblia llama Jacobo, uno de los hermanos carnales de Jesucristo, dice que cuando pidamos algo a Dios lo hagamos con la completa certeza de que Dios nos lo concederá, porque si no estaremos perdiendo el tiempo y la oración.
Nadie debería decir: “vamos a ver qué pasa, oremos por si acaso, es posible que Dios me conteste, nada se pierde con el intento”.
Pues el que pide de esa manera sólo está demostrando que está lleno de dudas y que sus altibajos lo tirarán de un lado a otro tal y como el viento hace con las olas del mar. ¡Hay que creer para poder ver! ¡Créelo!
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Tomado de:
«Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.