El consejo del apóstol Pedro en 1Pedro 2:2 es que deseemos como si fuéramos niños recién nacidos la leche espiritual (la Palabra de Dios) para que por ella crezcamos para salvación, según una versión de la Biblia al castellano. Y la tesis pareciera ser que si me porto bien y crezco, pudiera salvarme.
La salvación viene entonces como una recompensa por tratar de ser santo. Es como si Pedro nos mirara fijamente a los ojos, nos señalará y dijera amenazante: “Oye, si creces espiritualmente te salvas, sino creces, te vas al infierno.
¡Ni esperanza de salvarnos! Pues ningún ser humano es capaz de hacer los méritos para lograrlo. Fue por ese motivo que Jesús vino a cumplir la Ley, ya que ningún humano había podido cumplirla ni podría. Y Él la cumplió a nombre nuestro y luego dio paso a otro sistema de salvación: La Gracia.
Implícitamente Él estaba diciendo con voz tierna: “Mira, Moisés hace 1500 años trajo toda la Ley con sus 613 mandamientos para que trataran de cumplirla y así se salvaran. Pero no han podido ni podrán. Mas no se preocupen, yo ya lo sabía, sólo que debía probárselo a ustedes mismos. Ahora voy a cumplir toda la Ley a nombre de ustedes y luego les regalaré la salvación, sólo por creer en mí.”
¡Uf qué alivio! Qué tranquilidad para los que nos identificamos con el apóstol Pablo cuando dice que él desea hacer lo bueno, pero no puede, y que lo malo que no desea hacer, eso es lo que hace. Su conclusión entonces es que es un miserable, que hay dentro de él una fuerza superior a él mismo, llamada pecado, que lo esclaviza y lo obliga a hacer lo que odia, los pecados.
Mas la gran noticia que nos da después es que Jesús ha vencido a ese pecado que vive en él y ha tomado el control de su vida para hacer lo que es santo. Jesús vino a salvarlo, por Gracia, y luego lo dotó de la capacidad para vivir en santidad.
La Ley le decía lo que debía hacer, y al no poder hacerlo, lo condenaba. La Gracia le dio la salvación y luego la capacidad para la santificación. Pero no nos confundamos, la Gracia no es un pasaporte para pecar, sino un poder para no pecar.
La Gracia no es un premio por no pecar, sino un don, un regalo de Dios, para no pecar. La gracia es un regalo que no mira el mal comportamiento de una persona, sino que se da para moldear el mal comportamiento de dicha persona.
No me porto bien para salvarme, sino que me salvo para poder portarme bien, como lo dice la expresión griega “Eis soterian” que está en 1 Pedro 2:2, y la cual debe traducirse “crezcamos en la salvación” en lugar de “crezcamos para la salvación”.
No es crecer para salvarme, es salvarme para crecer.
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Tomado de:
«Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.