Señor, no sólo quiero dar té, también quiero darte.

(2 Corintios 9: 6-8).

Doña Maruja estaba en la cocina de un gran  medio de comunicación hirviendo el agua para servir el té a todos los invitados. Era un día de mucho movimiento y con muchas personalidades entrando y saliendo, pues se hacía una acostumbrada maratón para recaudar dinero.

Cada uno de los oradores y cantantes motivaba al auditorio a llamar por teléfono y hacer un donativo muy generoso. Doña Maruja pensó entonces que ante su pequeño salario y las grandes necesidades que tenía, dicha oportunidad de ofrendar a Dios no era para ella. Fue por ese motivo que humildemente oró:

“Señor, no sólo quiero dar té, también quiero darte, pero es tan poquito lo que tengo. ¡Qué pena que no sea una de las cien personas que tenga la cantidad exacta que están pidiendo ahora!”.

Maruja, hay algo que debes saber, y es que tu ofrenda sí vale ante Dios, y el que sea mucho o poco eso lo determinas tú misma, no la entidad que recibe tu donativo. Para ti, un billete de 20 puede ser mucho, aunque para la institución organizadora del evento puede ser una cifra mínima en comparación con otros aportes.

Lo que realmente vale ante Dios es tu deseo de dar con amor, con generosidad, pero según tu generosidad y tu capacidad, no la de otros. Dios no está mirando la cifra, está mirando tu corazón. Fue por ese motivo que Jesús elogió la ofrenda de una viuda que dio todo lo que tenía. Y lo que dio no era mucho en términos contables, pero para esa viuda lo era todo.

En cambio Jesús le restó importancia a la ofrenda de un rico que estaba en el templo haciendo su aporte al mismo tiempo. Pues aunque estaba dando una cifra muy grande, en términos contables, en comparación con todas sus posesiones eso que estaba aportando era realmente una miseria.

Creo Maruja que debemos revisar algunas estrategias a la hora de solicitar dinero para que dicha actividad no ofrezca una pésima imagen al público y no sea algo desagradable a los ojos de Dios.

Pues fallamos cuando enfatizamos que el dar es una siembra para poder cosechar. No porque eso sea mentira, pues la Biblia así lo enseña, sino porque el énfasis está en la transacción y no en la adoración.

Fallamos cuando exigimos que se dé para cubrir una necesidad, ya que las Escrituras enseñan que no demos por necesidad u obligación, sino por amor y para gozar de ese privilegio. Fallamos cuando enfatizamos una cifra exacta, en lugar de dejar que cada quien dé según se haya propuesto en su corazón.

Fallamos cuando fomentamos la codicia al decirle a la gente que si da 20 Dios le devolverá 200. Y fallamos cuando ponemos en oferta los milagros de Dios, como si su poder estuviera a precios de liquidación y no dándose por Gracia.

Dar es un adorar que bendice mi negocio, no un negocio al que debo adorar. Cuidado, no confundamos ni nos dejemos confundir: a Dios le damos porque lo amamos y lo adoramos, y eso nos hace felices.

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Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

 

La vaca no nos da la leche, se la sacamos.

 

(2 Corintios 9:7).

Resulta muy gracioso imaginarse a una vaca que se ha ordeñado a sí misma y luego va y se presenta ante su amo con las tinajas llenas de leche y en actitud reverente y llena de amor le dice: “amado amo, vengo ante ti a presentarte esta ofrenda láctea que ha salido no sólo de lo más profundo de mi ser sino que representa el fruto del trabajo de haber procesado con mis cuatro estómagos toda la hierba que me he comido el día anterior”.

Claro que una vaca no ofrenda su leche, hay que sacársela, ya que por el contrario ella la esconde, motivo por el cual los ordeñadores le ponen al ternero durante unos minutos para que mame de la ubre y de esa manera el animal suelte el líquido vital. Cuando Dios nos pide que llevemos nuestras ofrendas al altar nos pide que lo hagamos como un acto de adoración, no como una obligación, no como cuando le pagamos al gobierno los impuestos de la renta, el IVA, los peajes en carreteras u otras tasas contributivas.

Dar para el Señor de la obra para que el dinero se invierta en la obra del Señor es diferente a dar para la obra del Señor. Sí, aunque suene a juego de palabras sin sentido. El aporte monetario que una persona hace para Dios es para él, para el amo del universo, para honrarlo y demostrarle su amor, sólo que ese dinero es invertido en hacer la obra de Dios en el planeta tierra. Por eso el Señor manda en la Biblia que se dé no por necesidad, no porque hay que cubrir algunos rubros en el presupuesto, sino por amor. La persona que está poniendo su dinero en el sobre de los aportes debe estar pensando al momento de ofrendar que ese dinero, que le ha costado sacrificio y que pudiera usar en su hogar, es una muestra del gran amor que siente por Dios.

De la misma manera en que no se debe dar por necesidad tampoco se debe dar con tristeza, sino de corazón y con alegría, porque Dios ama al dador alegre. No al dador avaro que está dando diez para que Dios le devuelva mil, no, al dador alegre, al dador adorador. No al que hace su contribución como si estuviera comprando un milagro que el predicador ha puesto en promoción, no, al dador alegre, al dador adorador, al que ofrenda no haciendo una transacción, sino un acto de adoración.

Ya no te dejes ordeñar con tácticas pseudo espirituales, sé un dador adorador, generoso, alegre y amoroso.

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