Las señales del envejecimiento y las de la madurez.

(1 Corintios 2:5-7).

Hay siete señales claras y visibles de que alguien está envejeciendo: el cabello se va poniendo canoso, la piel se va arrugando, el cuerpo se va encogiendo, la vitalidad física se va mermando, la memoria se va perdiendo, se habla más del pasado que del futuro y hay cada vez más velas en la torta de cumpleaños.

Hay siete señales claras y visibles de que un cristiano está madurando, aunque esté tan joven como un adolescente, pues la madurez espiritual no tiene nada que ver con la edad de la persona:

  • Tiene mayor control sobre los deseos pecaminosos que batallan contra su alma y es capaz de negarse a sí mismo y hacer la voluntad de Dios.
  • Cada vez le gusta más hablar con Dios de otras personas que estar con otras personas hablando de Dios, pues al inicio de su vida espiritual era al contrario, sólo quería estar hablando de Dios, pero muy poco con Dios.
  • La lectura de la Biblia ha pasado de ser informativa a formativa, la consume no tanto para aprender lo que no sabía, pues ya la ha leído varias veces y ha aprendido bastante, ahora la come, la mastica y la traga para templar su carácter.
  • En sus oraciones ya no es tan egocéntrico, las palabras “mí”, “me” y “yo”, van dando lugar a las palabras “tú”, “él”, “ella”, “ellos” y “nosotros”.
  • Se siente feliz con las victorias de otras personas, su espíritu de competencia va decreciendo y ya no quiere ser el más sobresaliente de todos, ni el más amado de todos, ni el más importante de todos, sólo quiere ser una parte del equipo que está dispuesto al sacrificio para el éxito de otros. Es como el padre que se siente realizado con los triunfos de sus hijos.
  • Cada vez es más consciente de lo que le falta para la perfección y hace menos alarde de lo que ha alcanzado en el Señor. Está más enfocado en agradar a Dios que en impresionar a la gente.
  • Habla más del futuro, de la brevedad de la vida terrena y de la eternidad en Dios.

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Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

 

Madurar, no envejecer, hagamos la diferencia.

(Hebreos 5:12-6:3).

Imagínate esta escena:

–      Muy bien hijo, te felicitamos, tu papá y yo estamos muy orgullosos de que te hayas graduado de la primaria

–      Gracias mamá, ustedes han sido muy especiales conmigo y me han ayudado. Si no fuera por su apoyo no estaría graduándome por quinta vez de la escuela primaria.

–      Hijito, ¿y no te gustaría mi cielito hacer tu secundaria y después ir a la universidad?

–      Gracias mami, pero prefiero repetir por sexta vez los cinco años de primaria. Tú sabes que para mí lo más importante es sostenerme, estar firme, poder afianzarme.

Esto es como para desternillarse de la risa. ¿Pero sabes? Sucedía lo mismo con algunos cristianos del siglo primero a los cuales el escritor de la epístola a los Hebreos les hala las orejas. Él les dice que se pongan las pilas, que dejen de repetir la primaria cristiana y que maduren, que dejen de ser niños espirituales y que sigan creciendo en conocimiento, en santidad y en trabajo para el Señor.

No era posible que a esas alturas, cuando debieran ser maestros, todavía estuviesen aprendiendo los rudimentos del cristianismo y viendo las mismas lecciones una y otra vez.

Y lo triste es que en la actualidad, en pleno siglo 21, la situación no ha cambiado. La gente no está madurando en su vida espiritual, sino que está envejeciendo. No se sabe dónde leyeron en la Biblia que en el cielo hay premios por antigüedad. No señores, no erremos, al cielo se entra por gracia, por regalo de Dios, pero los galardones hay que ganárselos con maduración espiritual y buenas obras.

Y si piensas que el único objetivo de Dios era llevarnos al cielo, pues entonces ya deberíamos de estar muertos y disfrutando del cielo, desde hace mucho tiempo. Pero no  es así, Dios nos ha dejado en este planeta, siendo salvos, no para hacer la primaria cristiana eternamente, sino para que cada día vayamos de gloria en gloria, para crecer, madurar, ser mejores que antes. Su propósito es que cada día nos parezcamos más a Cristo y hagamos las obras que él preparó desde antes de la fundación del mundo para que anduviésemos en ellas.

Basta de trabajar para tener dinero para comer, para recuperar fuerzas y volver a trabajar, para tener dinero para comer, para recuperar fuerzas y volver a trabajar, para… ¡Corta ya ese círculo vicioso!

¡Qué tristeza perder la vida en la misma rutina y sin hacer aquello para lo cual Dios nos ha dejado con vida! ¡Ánimo! ¡No te conformes con estar a flote, atrévete a nadar, a llegar a alguna parte! ¡Ahora ponte en las manos de Dios y deja que él te use!

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