El circuito divino de la oración.

(1 Juan 5:14-15).

El ciclo hidrológico es el proceso por el cual el agua del planeta se mantiene constante en cuanto a su cantidad y movimiento. El mismo se inicia cuando el agua de los océanos se vuelve gaseosa por la evaporación, va a la atmósfera y desde allí se precipita sobre la tierra en forma líquida o sólida para pasar por la escorrentía superficial o subterránea.

En la superficial el agua se evapora sin penetrar en el suelo y en la subterránea el agua se filtra en la tierra y a través de los ríos regresa al océano, donde otra vez se evapora.

Al igual que el ciclo del agua, la oración que agrada a Dios también cumple un circuito, el cual comienza cuando en el corazón de Dios Padre surge la iniciativa. Luego, a través del Espíritu Santo, esa plegaria es puesta en la mente y en los labios de un cristiano que se deja dirigir por Dios. Y cuando dicho intercesor se presenta ante Dios Padre, guiado por el Espíritu Santo, Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres, toma esa oración y la presenta ante Dios Padre.

En resumen, la oración conforme al corazón de Dios es aquella que nace en el Padre y vuelve al Padre después de cumplir un ciclo.

Esta manera de ver la oración por supuesto que echa por tierra la idea popular de que orar es informarle a Dios mis necesidades, como si Él no las conociera, y solicitarle que cuanto antes se digne responder positivamente. Tal perspectiva de la oración presenta a Dios como el camarero de un restaurante que se nos acerca y no dice: “hola, ¿qué desean pedir para hoy?”.

Pero la Biblia en ninguna parte nos alienta a pensar así. Orar no es pasarle un memorial petitorio a Dios. Orar no es solicitarle al Señor que nos despache un pedido a domicilio.

Es por lo mismo que el apóstol Santiago les decía a sus discípulos que ellos pedían y no recibían nada porque lo hacían mal, para satisfacer sus deleites.

El apóstol Judas, por su parte, no el Iscariote, sino el hermano de Jesús, aconsejaba el orar en el Espíritu Santo, es decir, guiado por Él.

Y Pablo le escribía a los romanos diciéndoles que como no sabemos qué pedir, el Espíritu Santo intercede a través de nosotros, guiándonos inclusive a usar  lenguaje no verbal, y hasta gemidos indecibles.

¡Debemos orar, ante todo, para que Dios nos informe sus peticiones, no para nosotros informarle las nuestras!

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No busques milagros ajenos, busca el tuyo, personalizado.

(Josué 6:2-5)

Con frecuencia escuchamos historias de cristianos que se sienten frustrados porque han puesto en práctica los consejos de algunos bien intencionados conferencistas esperando suscitar un milagro de parte de Dios, pero no han obtenido lo deseado.

Dichos expositores relatan una historia bíblica o personal y animan a sus oyentes para que procedan de la misma manera, pero olvidan cinco detalles sencillos que se deben considerar:

En primer lugar el Dios de la Biblia obra de manera particular con cada persona y en cada situación. No hay un patrón o una medida estándar para todo mundo. Esto se puede evidenciar por ejemplo en los milagros de Jesús, quien para cada situación procedió de manera diferente.

Lo segundo a tomar en cuenta es que nadie le puede imponer a Dios lo que Él debe hacer y cómo debe hacerlo. Claro que podemos pedirle a Dios, pero es el Señor quien decide qué responder, pues Él es un Dios soberano, no un sirviente.

En la historia de Josué y la manera como se apoderó de Jericó no fue que este general del ejército de Israel convenció a Dios de que le entregara esa inmensa ciudad amurallada, no, fue el mismo Dios quien le notificó a Josué que Él había decidido entregarle dicha fortaleza.

Lo tercero a mirar es que es Dios quien decide cómo se tiene que cumplir una misión. Siguiendo con el relato de la toma de Jericó el Señor diseñó toda la estrategia. Esa operación no se le ocurrió a ningún mando militar, sino que Dios se la dio con todos los detalles al ejército comandado por Josué.

El hecho de que tú repitas a tu antojo el mismo procedimiento de Josué y le des siete vueltas a cualquier edificio no garantiza el que el mismo se vaya a caer. Esto no es un asunto de magia en el ritual, sino de soberanía de Dios.

En cuarto lugar prestemos atención al hecho de que Dios hace siempre una parte y la persona que recibe el milagro hace la otra complementaria. Josué fue obediente siguiendo al pie de la letra los mandatos de Dios, tal y como lo fueron también los que recibieron los milagros de Jesús en el Nuevo Testamento.

Y en quinto lugar no perdamos de vista que no se deben exaltar ni al que recibió el milagro ni a la estrategia para recibir el milagro, sino al Hacedor del milagro, a Dios. Fue por eso que Josué ni publicó libros ni se inventó unas conferencias tituladas “Siete pasos para derribar murallas.”.

Josué tenía claro, como lo debemos tener nosotros, que Dios ha hecho y seguirá haciendo grandes milagros, pero que Él obra de manera soberana con cada persona y en cada circunstancia.

No estés envidiando los milagros de un famoso ni quieras repetir exactamente iguales los narrados en la Biblia. No busques milagros ajenos, más bien acércate a Dios y recibe el tuyo, personalizado.

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Con las iniciales de Futuro y Esperanza formamos la palabra FE.

(Jeremías 29:11).

Cuando la noche está avanzada y estoy agotado una de las cosas que disfruto es desvanecerme sobre la cama, al lado de mi esposa, y poner la cabeza sobre los almohadones para que ella me pase sus manos por el cabello, el rostro, los brazos y la espalda.

¡Eso es medicinal! No sólo por la suavidad de sus manitos, sino por el amor y los mimos que recibo de ella. Aparte de su linda voz que me reconfortan.

Hace unos días, mientras ella estaba sentada contra el espaldar de la cama,  lactando a Mía Valentina y acariciándome con la mano derecha, con voz muy suave me dijo: “amor, sabes cuál fue mi versículo del día”.

Y luego me compartió Jeremías 29:11 en la Biblia que dice así:

“Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.”

“¡Ahhhh qué delicia de porción! Cuántas horas me paso al día generando ideas, haciendo planes, cálculos, cuentas y más cuentas, para darle a mi familia un mejor futuro y para ser más efectivo en mi servicio a Dios.

Y justo llega esta princesa a decirme algo que me alivió. Era la misma voz de Papito Dios tranquilizándome.

Y para ponerle la cerecita al postre, Carolina me agregó: “¿y sabes qué palabra se forma con las iniciales de futuro y esperanza?”. Sí, FE. Esa es la palabra. Fe es creer, es creerle a Dios, es confiar en lo que Él ha dicho, es estar plenamente convencidos de que sus promesas se cumplirán fielmente, pase lo que pase.

Es necesario generar ideas, hacer planes, cálculos y cuentas, pues el que fracasa al planear, planea fracasar. Pero por sobre todo ese panorama humano, que se ve con los ojos físicos, está el panorama divino, que se ve con los ojos espirituales.

Así es que tengamos fe en el Señor Dios todopoderoso, quien tiene planes maravillosos para cada uno de nosotros, quien se deleita en el gozo de sus hijitos y quien ya hizo y está ejecutando sus planes, para que en lugar de llenarnos de angustias tengamos un buen futuro y nos gocemos en esa valiosa esperanza.

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El hecho de ir al lecho con nada malo en el pecho.

 

(Salmos 4:8).

La expresión popular “dormí como un lirón” es frecuentemente usada por aquellos que pudieron conciliar un sueño profundo y largo y luego se levantaron bien descansados.

Aunque para ser más exactos el lirón no es el animal que más duerme, sino el koala australiano, que de las 24 horas del día dormita 22. ¡Fenomenal perezoso!

Y si el dormir mucho es un grave problema que atrae a la pobreza como hombre armado, según dijera Salomón en el libro de Proverbios en la Biblia, no dormir, o no hacerlo en la forma correcta y en la medida justa, es también un serio problema que termina por alterarle los nervios al que la padece y enfermarle por agotamiento físico, pues no descansa.

Fue la escritora y directora de cine francesa Françoise Sagan quien dijo:”Para mí la felicidad consiste en gozar de buena salud, dormir sin miedo y despertarme sin angustia”.

Aunque tristemente murió de una embolia pulmonar en el 2004 después de una agitada vida en la que consumió sin ninguna moderación drogas y alcohol, llegando inclusive a estar en prisión por consumo de cocaína.

Y así como esta famosa mujer muchos seres humanos le dan un alto valor a tener buena salud, dormir en paz y levantarse sin afanes de su lecho.

Pero la dura realidad de la vida lo que les ofrece es mala salud, sueño leve y convulso y más angustias cada que se despiertan, al punto de no querer despertarse nunca y tener que vivir sedados y con los nervios de punta.

Es una triste condición que contrasta con la gran dicha de la cual nos habla el rey David en una oración que él hace antes de irse a la camita y que quedó consignada como el Salmo 4.

Finalizando su texto él dice completamente relajado que en paz se va a acostar y que con esa misma paz va a dormir toda la noche, y luego, con esa misma paz, se va a levantar descansado y lleno de vigor para iniciar un nuevo día.

¿Cuál era su secreto para tener una noche tan plena?

¿Sería acaso uno de los nuevos colchones que anuncian en la televisión?

¿O unas infusiones de yerbas medicinales? ¿O drogarse o tomar unos sedantes?

No, su gran secreto, que ya no lo es, era el hecho de ir al lecho con nada malo en el pecho.

Sí, ir a dormir después de pedir perdón por sus pecados, perdonar a sus enemigos, confiar sus asuntos a Dios, llenarse de su presencia y dormir sabiendo que Él guardaba su sueño.

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Cuando no puedas decir ni pío.


(Romanos 8:26).

Imagínate que un sobrino de tres años te envía una carta en la cual te dice: “Apreciado tío, es para mí un inmenso placer poder escribirte estas breves líneas y expresarte a través de ellas mi afecto y mis saludos en estas fechas especiales. Espero muy pronto ir a visitarte y compartir contigo unos buenos momentos de compañerismo. Saludos por casa. Tu sobrino que te recuerda siempre.”

Con toda seguridad que nadie deberá explicarte que esa misiva no fue redactada por tu sobrino, sino por un adulto. En cambio, si recibes una carta con unos garabatos de colores y en la parte inferior una nota de su mami diciendo que ellos fueron hecho por el pequeño, lo más seguro es que sí lo creas. Y no sólo eso, sino que tomarás ese papel y lo pegarás en la puerta de tu refrigerador para estarlo viendo, ya que tiene un mayor contenido sentimental que la carta del ejemplo anterior.

Igual sucede con las oraciones que dirigimos a Papá Dios. Para Él son más preciosas cuando éstas nacen de nosotros, cuando surgen espontáneamente en nuestro corazón, en lugar de copiarlas de un poeta o recitarlas de un libro.

La oración no es para impresionar a Dios con palabras rebuscadas y expresiones refinadas. Tampoco es un examen de teología u oratoria. Menos aún es un recurso para convencerlo de algo que Él ya sabe de nosotros antes que se lo digamos. La oración es para conectar nuestro corazón con el suyo, es para vivir y disfrutar de un tiempo de intimidad espiritual con Él.

Pero, ¿y qué hacemos en aquellos momentos en que no sabemos qué decir? ¿O no sabemos qué pedir? ¿O no sabemos cómo verbalizar lo que está muy dentro de nuestro corazón? ¿O nos da pereza hacer el ejercicio de hablarle a alguien que es invisible pero que creemos por la fe que nos está escuchando?

Lo que debemos hacer es acudir al Espíritu Santo, el cual, dentro de su misión de ayudar al cristiano, nos capacitará para que podamos hacer uso de la oración de manera eficiente.

El apóstol Pablo les explica a los cristianos de Roma que el Espíritu Santo es el que les ayuda en sus debilidades al momento de orar, pues Él intercede ante el Padre desde dentro de ellos mismos, usándolos a ellos mismos.

No se trata de reemplazarlos en sus plegarias mientras ellos se van a dormir, no. Se trata de que el Espíritu Santo haga sus plegarias desde dentro de ellos mismos y con destino al Padre Celestial.

La oración que agrada al Padre es aquella que nace en el corazón del mismo Padre, luego el Espíritu Santo la pone en el corazón y en los labios del cristiano, y finalmente Jesucristo la lleva de nuevo al Padre. Esta oración nació en el Padre y volvió al Padre.

Entonces, cuando no puedas decir ni pío, no te portes como un impío negándote a orar, por el contrario, permítele al Espíritu Santo que tome el control de tu corazón y de tus labios y deja que Él interceda desde tu mismo interior, hasta con gemidos indecibles.

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La perseverancia en un caso de justicia.

(Lucas 18:1-8).

Durante un juicio por corrupción el fiscal interroga al testigo:

– ¿Es cierto que usted recibió una cantidad de dinero para obstruir la investigación?

El testigo permanece en silencio. El fiscal creyendo que no le había oído le repite:

– ¿Recibió usted una cantidad muy importante de dinero para obstruir la investigación?

Como el testigo no responde el juez se dirige a él y le dice:

– Por favor, responda a la pregunta.

– ¡Oh! perdón, creí que el fiscal se dirigía a usted señor juez.

Un relato cómico que refleja la realidad de un sistema judicial injusto que se supone debe administrar justicia. ¡Qué ironía! ¡Pedirle al injusto que haga justicia! ¿Habrá alguna esperanza? Jesucristo contó una historia similar llamada: “La parábola de la viuda y el juez injusto”. Era el caso de una mujer que acudía con insistencia ante el magistrado a pedirle que le librara de su adversario. Y la situación de esta señora sí que estaba bien complicada.

Por un lado, era viuda, no tenía un esposo que sacara la cara por ella. Y por el otro, no contaba con recursos como para contratar a un buen abogado que la representara. Además, tenía a ese adversario que le hacía la vida imposible y se aprovechaba de ella. Y para colmo, el sistema judicial estaba corrompido, pues el juez era un hombre injusto y con las características de quien no respeta ni a hombre ni a Dios. ¿Habría algún asomo de esperanza para esta mujer viuda, sola, pobre y agraviada?

Jesús cerró el relato diciendo que esta dama logró lo que se había propuesto. Se jugó una carta que ni el mismísimo juez pudo soportar: la perseverancia. La viuda se le convirtió al magistrado en una sombra, se le aparecía hasta en la sopa; estaba todos los días clamándole por justicia, a tal punto que éste, para quitársela de encima, aunque no temía ni a hombre ni a Dios, emitió un fallo a su favor. Después de la narración Jesús preguntó a su auditorio:

“¿Si esta viuda, siendo perseverante, logró que un juez injusto le hiciera justicia y fallara a su favor, creen ustedes que Papito Dios, con todo y lo justo que es, se tardará en responderles a ustedes que claman a Él día y noche para que les haga justicia? Claro que no. Dios les atenderá con prontitud”.

La moraleja de la historia es: “sé constante en la oración”. Perseverar es clave. Nadie obtendrá algo de Dios con oraciones apuradas o intermitentes. No porque el Señor sea sordo, olvidadizo o negligente, sino porque quiere desarrollar el carácter de Cristo en nosotros. Así es que si tu oración es conforme a la voluntad de Dios, no cejes, no pares, no desmayes, vuélvete hasta inoportuno. Clama a Dios mañana, tarde y noche.

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Ora a toda hora, cuando tengas ganas y cuando no tengas.

 

(Mateo 26:41; Lucas 22:46, 1 Tesalonicenses 5:17).

Por favor, ten muy presente que el siguiente párrafo que vas a encontrar en bastardilla y entrecomillado, no es verdad, es una gran mentira disfrazada de verdad. Y como sé que muchas veces nos distraemos y pasamos muy a prisa por encima de algo sin analizarlo bien, quisiera repetírtelo: el siguiente párrafo, en letra bastardilla y entrecomillado, no es verdad. Y aunque suene hermoso; y se vea, huela y parezca verdad, no lo es, cuidado.

“¡Cómo obligar a nuestra alma a que ore a Dios! ¡Eso jamás! La oración debe nacer de lo profundo del ser, debe emanar como fluye del manantial el agua fresca, transparente y pura. La oración no puede ser impuesta, no debe ser un fruto forzado, sino que debe ser un fruto que se toma su tiempo para germinar, madurar y saciar con su néctar la boca sedienta. No te obligues a orar. No exijas a otros que oren. Deja que la oración sea un presente que se ofrezca en el altar de la buena voluntad y no un sacrificio auto impuesto.”

El anterior párrafo, es una gran mentira. Puede sonar poético, bonito y convincente, pero es una gran mentira. Y así son todas las mentiras del diablo, hermosas y bien parecidas a la verdad, por lo cual es tan difícil distinguirlas. Si tú estás esperando que el enemigo de nuestras almas tenga una horrenda apariencia, como para noche de brujas, y que hable con voz macabra, como en las películas de terror, y que diga mentiras que tengan apariencia de mentiras, te vas a llevar una sorpresa. Lucifer también sabe aparecer hermoso, vestido como ángel de luz, con voz encantadora y cantando y bailando a la perfección.

Él sabe actuar de maravilla en el cine, caminar sobre alfombras rojas y dar entrevistas diciendo sus mentiras con convicción y aire de intelectualidad. Pero todo en él es mentira. Jesús dijo que el diablo es padre de mentira.

Y volviendo con el anterior párrafo referido a la oración y que es una absoluta mentira, aunque tenga apariencia de verdad, en él se nos insta a no orar si no tenemos ganas. Pero es el mismo Dios quien nos aclara en la Biblia que la oración es una necesidad para todo aquel que desee una vida espiritual próspera. Ningún hijo de Dios puede esperar hasta que le den ganas de orar para hacerlo. Esos deseos no son tan frecuentes.

Jesucristo enseñó que aunque el espíritu desea orar, el cuerpo, la carne, la naturaleza humana, se resiste, no quiere, por lo cual debemos forzarnos a hacerlo. El mandato es: orar sin cesar, aunque no tengas ganas. ¡Ora a toda hora!

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¡Ya no hables más del río, tírate!

(Romanos 8:26).

No es algo que acontece todos los días. Y para ser sincero, no es algo frecuente, pero cuando pasa, hay que darle toda la importancia que se merece. Sí, cuando vienen unos deseos irrefrenables de tirarse de rodillas y orar y derramar el corazón delante de Papito Dios, hay que hacerlo, de inmediato, sin importar lo buena que esté la película, o que el celular esté timbrando o que haya decenas de correos por atender en la computadora.

Cuando el Espíritu Santo pone un fuego de oración de intercesión o de alabanza en el corazón de un cristiano, es porque las alarmas espirituales se han disparado y hay que responder de inmediato. Es igual que en el cuartel de los bomberos, cuando suena la campana hay que salir de inmediato, a prisa, sin importar lo que se esté haciendo en ese momento.

Y esto acontece a nivel espiritual porque una de las tareas del Espíritu Santo en el planeta tierra es ser intercesor. Sí, sólo que no lo hace directamente, sino a través de un hijo de Dios que esté dispuesto a dejarse guiar por Él.

El Espíritu Santo intercede por nosotros pero no de manera independiente, sino a través de nosotros. Si no fuera así, entonces no necesitaríamos orar, puesto que esa sería la tarea del Espíritu Santo. En tal caso podríamos decir que si Él va a interceder por nosotros entonces: ¿para qué oramos?

Pero lo que enseña la Biblia es el que Espíritu de Dios nos ayuda, no que nos reemplaza. Él no patrocina la pereza, sino que apoya en la debilidad. Y cuando el Espíritu Santo ve una situación en el espectro espiritual nuestro, o en el de alguien cercano, que requiere atención urgente, entonces, de inmediato, activa la alarma y pone un deseo quemante en un cristiano para que vaya y se postre delante de Dios y se deje usar en oración de intercesión o en alabanza.

¿Pero qué decir? ¿Sobre qué asunto orar? La verdad es que no siempre el Espíritu Santo revela los motivos exactos. A veces sí, pero otras veces no. Sin embargo, lo correcto es dejar que Él nos use, bien sea gimiendo, llorando, pidiendo perdón, cantando y hasta en completo silencio. Se trata de estar delante de la presencia del Padre.

Si el Espíritu Santo nos ha llevado ante el Padre es por algo importante y bueno para todos, no lo dudes. Si hoy eres llevado al río de su presencia, tírate, sumérgete, y no hables tanto de la teoría.

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