Las señales del envejecimiento y las de la madurez.

(1 Corintios 2:5-7).

Hay siete señales claras y visibles de que alguien está envejeciendo: el cabello se va poniendo canoso, la piel se va arrugando, el cuerpo se va encogiendo, la vitalidad física se va mermando, la memoria se va perdiendo, se habla más del pasado que del futuro y hay cada vez más velas en la torta de cumpleaños.

Hay siete señales claras y visibles de que un cristiano está madurando, aunque esté tan joven como un adolescente, pues la madurez espiritual no tiene nada que ver con la edad de la persona:

  • Tiene mayor control sobre los deseos pecaminosos que batallan contra su alma y es capaz de negarse a sí mismo y hacer la voluntad de Dios.
  • Cada vez le gusta más hablar con Dios de otras personas que estar con otras personas hablando de Dios, pues al inicio de su vida espiritual era al contrario, sólo quería estar hablando de Dios, pero muy poco con Dios.
  • La lectura de la Biblia ha pasado de ser informativa a formativa, la consume no tanto para aprender lo que no sabía, pues ya la ha leído varias veces y ha aprendido bastante, ahora la come, la mastica y la traga para templar su carácter.
  • En sus oraciones ya no es tan egocéntrico, las palabras “mí”, “me” y “yo”, van dando lugar a las palabras “tú”, “él”, “ella”, “ellos” y “nosotros”.
  • Se siente feliz con las victorias de otras personas, su espíritu de competencia va decreciendo y ya no quiere ser el más sobresaliente de todos, ni el más amado de todos, ni el más importante de todos, sólo quiere ser una parte del equipo que está dispuesto al sacrificio para el éxito de otros. Es como el padre que se siente realizado con los triunfos de sus hijos.
  • Cada vez es más consciente de lo que le falta para la perfección y hace menos alarde de lo que ha alcanzado en el Señor. Está más enfocado en agradar a Dios que en impresionar a la gente.
  • Habla más del futuro, de la brevedad de la vida terrena y de la eternidad en Dios.

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Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

 

Envejeciendo de cuerpo y alma y rejuveneciendo de espíritu.

(Tito 3:5; 2 Corintios 4:16).

Con su buen sentido del humor Luciano Rodríguez, un apreciado amigo y abuelo de origen cubano y residente en Miami, dice cuando debe referirse a algún mal físico que le ha sobrevenido que eso es un problema del alma. “¿Del alma?”, le pregunta uno incautamente, y él, con una amplia sonrisa, contesta: “sí, del almanaque”, y luego vienen las risas estentóreas.

Es inevitable que el almanaque nos indique que cada vez nos vamos aproximando hacia la vejez, no importa que se tengan 20 ó 40 años, de todos modos el deterioro físico y mental es inevitable. Pero a nivel espiritual, en el cristiano, se da otro fenómeno curioso, el cual es llamado: “la renovación”.

Esa renovación es algo así como un remozarse, un rejuvenecerse. Y aunque la palabra no es castiza usaré la licencia del poeta para incluir una que describe lo que pasa a nivel espiritual: “enniñecer”, irse volviendo niño. En tanto que el cuerpo y el alma envejecen, el espíritu… “enniñece”.

El apóstol Pablo, escribiéndole en la Biblia a su discípulo Tito le dice que Dios nos salvó por su misericordia, no por merecimiento nuestro, y que dicha salvación se ha producido por dos actos diferentes del Espíritu Santo en la vida de un discípulo: la “Regeneración” y la “Renovación”.

La “Regeneración”, traducción de la palabra griega “Palingenesia”, es el nuevo nacimiento, un proceso que se da una sola vez al inicio de la vida cristiana y por el cual morimos a nuestra antigua vida de pecado, por la fe, y nacemos engendrados, espiritualmente, por el Espíritu Santo para una vida nueva. Esta regeneración es la misma de la cual Jesús le hablaba al famoso teólogo Nicodemo cuando le refería que nadie puede entrar al cielo a no ser que nazca de nuevo.

La “Renovación”, traducción de la palabra griega “Anakainosis”, significa hacerse nuevo otra vez. Mientras que la “Regeneración” ocurre una sola vez, la “Renovación” se puede dar a diario. Es por ello que el apóstol escribiéndole a los Corintios les dice que aunque el hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día.

Eso es como decir que aunque por fuera estamos envejeciendo, por dentro estamos “enniñeciendo”. Pero ello no significa volverse terco o inmaduro, sino por el contrario, maduro, es perfeccionarse.

La renovación espiritual es un recurso que Dios le da a cada hijo suyo para que esté confesando sus imperfecciones y recibiendo perdón. También para ventilar sus tentaciones, descargar sus frustraciones y exhalar el cansancio. Es así como el Espíritu Santo le pueda purificar, confortar, insuflar nuevas fuerzas y llenarle.

Al igual que el sediento acude cada día a una fuente para calmar su sed física, el cristiano puede postrarse confiadamente delante de Papito Dios para que Él apague su sed y le fortalezca nuevamente. Pero esta tarea no se debe dejar para cada fin de semana o mes, sino para cada día. Si queremos disfrutar de una vida cristiana saludable recordemos que no es suficiente con nacer de nuevo, no, hay también que renovarse, y día tras día.

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