Que tus palabras sean dulces, por si debes tragártelas

(Colosenses 4: 6).

Cuando el hombre quiso estacionar su auto en el único espacio que veía desocupado otro llegó primero que él y se acomodó justo allí.

La rabia fue tal que abrió la ventanilla, asomó la cabeza y le gritó toda clase de improperios. Le dijo hasta de qué se iba a morir.

Pero el otro sujeto, sin perder la compostura, le explicó que él no era ni un imbécil ni un tarado, como acababa de escuchar, sino que simplemente se ubicaba en el lugar asignado, pues en el piso estaba escrito quiénes eran los que podían aparcar en cada lugar.

Luego le pidió amablemente que se dirigiera hacia otro sector donde estaba la zona para visitantes.

Pero el conductor enojado le espetó: “tu abuela será la que va a estacionar allí, pedazo de tonto”. Y luego se alejó lanzando más insultos.

Cuando por fin logró estacionar corrió hacia el edifico, tomó el ascensor que casi cierra la puerta, se acomodó la corbata, se secó el sudor y se alisó el cabello.

Mirando el reloj se percató de que estaba a tiempo, por lo cual estilizó su andar, aferró su maletín ejecutivo al cuerpo y se presentó ante la recepcionista de la elegante oficina a donde había llegado.

La joven le indicó que tomara asiento, que en unos minutos el gerente de recursos humanos vendría a recibirlo personalmente para la entrevista de trabajo.

Qué susto se llevó cuando el caballero que le extendió la mano, lo llamó por su nombre y le sonrió, era el mismo que él acababa de insultar en el estacionamiento. ¡Se quería morir en el acto!

Si las palabras imbécil, tarado, tu abuela, pedazo de tonto y otras más, que había usado contra el que podría ser su jefe, las hubiera sustituido por señor, caballero, disculpe, gracias, será un placer, con mucho gusto y otras más suaves, con toda seguridad que no estaría pasando este mal momento.

Y es que hoy en día, con demasiada facilidad, una persona ofende a otra como la cosa más natural del mundo.

Palabras desazonadas como: vieja decrépita, bobo, estúpido, atorrante, imbécil, bruja y otras peores, se salen fácilmente de la boca.

El consejo que Dios nos da en la Biblia es que sazonemos nuestro lenguaje con sal, para que no pudra ni los oídos ajenos ni los propios.

Que usemos palabras que tengan gracia, que sean dulces, amables, positivas.

De esta manera, si algún día nos tocara tragarnos esas palabras, no nos intoxicaríamos y nos sabrían deliciosas.

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Oye a tu padre y no desprecies a tu madre.

(Proverbios 1: 8-9).

Cuando el sabio Salomón escribe en su libro de Proverbios que un hijo debe seguir la instrucción de su padre y la dirección de su madre lo está diciendo dentro de un contexto judío en el cual el papá y la mamá no son unos delincuentes que abusan de sus hijos, sino dos seres de bien que están interesados auténticamente en el bienestar de sus descendientes y que están cumpliendo con el papel de educadores y guías espirituales dentro del hogar.

La ley de Moisés había enfatizado el hecho de que la instrucción temprana se debía dar en la casa, no endosársela ni a la iglesia, ni a la escuela, ni al gobierno.

Es por ello que el papá y la mamá no sólo preparaban a sus hijos para un oficio determinado en la vida, sino que le enseñaban todo lo concerniente a las leyes de Dios exigiéndoles que fuesen capaces de recitar de memoria “La Torá” (los libros de la ley) tal y como hoy en día un jovencito canta el himno de su país.

Por eso no debe extrañarnos que a los 12 años, como un típico chico de su edad, Jesús ya fuese capaz de hablar sobre la ley con los doctores en teología en Jerusalén, sin haber pasado por una escuela rabínica.

Aunque por supuesto Él rebasaba en inteligencia a sus amigos, pues según el relato bíblico no sólo hacía cuestionamientos muy inteligentes, sino que también respondía a preguntas difíciles, por lo cual asombraba a todos.

En contraste con la manera de pensar que recomienda el sabio Salomón a los hijos con respecto a los padres, un conocido chiste dice que los jóvenes evolucionan así:

“A los 8 años, mis padres son unos genios.

A los 15 años, mis padres no me comprenden.

A los 20 años, mis padres son unos anticuados.

A los 30 años, mis padres a veces tienen razón.

A los 40 años, mis padres tienen mucha experiencia.

A los 50 años, mis padres siempre tenían razón.

A los 60 años, lástima que mis viejos ya no estén, eran unos genios”.

No reaccionemos demasiado tarde, aprendamos a conversar con los padres, a oír sus consejos, a escuchar atentamente de sus experiencias, a beber de su sabiduría y a no despreciarlos u ofenderlos con gestos o frases hirientes, aunque no compartamos algunos de sus criterios.

Es una lástima que algunos hijos, por haber alcanzado mayores logros académicos o financieros que sus progenitores, se sientan superiores a ellos.

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La adoración no se hace se AASE

(Salmos 150).

Si eres de los que piensa que para adorar a Dios hay que leerse dos tomos de teología sistemática, o devorarse un diccionario de la lengua, o componer poemas como Rubén Darío o tocar el piano como Richard Clayderman o cantar como Steve Green, estás muy equivocado.

Porque no es ni la forma, ni el estilo, ni la instrumentación de la adoración, lo que enternece el corazón de Papito Dios, sino la actitud del adorador, pues una buena actitud trae como consecuencia una buena acción.

Si lo que deseas es adorar a Dios con todo tu ser sólo necesitas recordar algo sencillo: “la adoración no se hace, se AASE”.

La primera “A” nos habla de agradecimiento.

Una persona con la actitud de querer dar gracias al Señor por todo lo que le ha dado y por todo lo que no le ha dado, es decir, de lo que le ha librado, es una persona que ya está enchufada con el corazón de Dios.

La gratitud nos permite ver la bondad de Dios hasta en la respiración y en lo que comemos.

La segunda “A” nos habla de alabar, de elogiar, de reconocer los méritos o hazañas de alguien.

Cuando queramos adorar a Dios pensemos en dos cosas: primeramente, en lo que Él es. Y en segundo lugar, en lo que Él ha hecho, hace y hará.

Lo que Dios es se refiere a los atributos morales de Dios, tales como ser omnipotente, omnisciente, omnipresente, amoroso, justo, santo, bueno, misericordioso, perdonador y muchos más.

Lo que Dios ha hecho, hace y hará, hace referencia a sus grandes obras o hazañas, tales como crear el universo, dar origen a la vida humana, ejecutar la obra redentora en Cristo, estar cuidándonos, protegernos, volver a la tierra en un futuro para llevarse a su iglesia, etc.

La “S” nos habla de sometimiento, de obediencia.

Para Dios es mucho más importante la obediencia que los sacrificios. Es mejor la obediencia que la excelencia de la música y la oración para Él.

Pero debemos cumplir sus mandamientos no por miedo al castigo, sino por amor a Él.

La obediencia debe ser un acto de adoración. Amarlo es obedecerlo, es renunciar a la rebeldía.

La “E” nos habla de enamoramiento.

Un corazón enamorado es un corazón enternecido que en ocasiones ni siquiera necesita de palabras bonitas o formas rebuscadas.

Quien se postra ante el Señor lleno de amor puede aún estar en silencio, derramando todo su ser, doblegando su ego, humillándose a sus pies.

Si de veras quieres adorar a Dios en espíritu y en verdad, recuerda cómo se “AASE”

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Presta como los bancos, con inteligencia.

(Proverbios 19:17).

Los bancos no son entidades de beneficencia, sino industrias sin chimeneas encargadas de hacer más dinero del que tienen. No son organismos filantrópicos, sino empresas que prestan sólo al que les puede pagar y con intereses.

Ellos no existen para apoyarte en tus gestiones y materializar tus sueños, aunque se gasten millones en publicidad para hacértelo creer, sino para incrementar su capital, ya que si no calificas para un préstamo nunca lo tendrás, no importa que tu propósito sea noble o tu idea sea muy brillante.

Los únicos bancos que realmente se interesan en la vida de la gente y no en el capital que tienen son los bancos de sangre, el resto sólo existen para hacer más y más dinero.

Pero el fin de esta reflexión no es desacreditar a este tipo de empresas, pues como negocio su idea es ganar dinero, y eso no es ni delito ni pecado, siempre y cuando se haga de manera justa.

El objetivo de este tema es meditar en la forma inteligente como operan los bancos, los cuales sólo le prestan dinero al que tiene la capacidad de devolvérselo en un tiempo predeterminado y junto con los intereses.

Y de este sistema financiero ya sabía Jesucristo, y así lo deja notar cuando refiere la parábola de los talentos y regaña al tercero de los siervos, al malo, acusándolo de negligente.

El Señor desaprueba el que él haya enterrado el talento que se le había dado en lugar de llevarlo al banco para que ganara intereses.

Y la moraleja no es que nos volvamos codiciosos, cosa que la Biblia condena, sino que seamos inteligentes, que aprovechemos al máximo los recursos que se nos dan.

La lección es para que ni siquiera tiremos las cáscaras de una fruta sino hasta cuando las hayamos exprimido completamente.

Para ser espiritual no hay que ser tonto, sino sabio. Y en este sentido hay un negocio que Dios nos plantea y que es excelente para el incremento seguro y efectivo del capital, no importa la cifra que se invierta.

Se trata de prestarle a Dios. Sí, darle dinero en calidad de préstamo para que Él nos lo devuelva con altísimos rendimientos.

Y no es que Dios esté pobre o sin flujo de caja, sino que nos pide que le demos al pobre, al desvalido, al necesitado, a la persona que no tiene quién le tienda la mano.

El Señor nos dice que cuando alguien le regala a una persona pobre y lo hace con amor, esas dádivas tangibles e intangibles son préstamos que le estamos haciendo a Él mismo.

Y añade el hecho de que Él mismo se encargará de devolvernos el préstamo.

¡Adelante! ¡Hagamos un buen negocio!

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Gracias a estos desgraciados disfruto de la Gracia.

(Génesis 45: 4-13)

El deseo de vengarse puede ser un combustible que te motive a triunfar en la vida para así tener la satisfacción algún día de mirar a la cara a todos aquellos que te hicieron la vida amarga y decirles:

“Miren, pedazos de alcornoque, aquí estoy, cosechando éxitos, saliendo adelante a pesar de haberse negado a ayudarme, a pesar de sus burlas e incredulidad. Y como me hicieron la vida miserable, ahora se las voy a cobrar una por una”.

El grave problema con el deseo de vengarse es que es un veneno que causa daños mucho más graves en quien lo ha guardado que en quien es vaciado.

El que está herido emocionalmente pude sentirse motivado a triunfar para cobrar revancha, pero al final, en lugar de saborear la miel de sus logros, se autodestruirá con la hiel de su amargura.

Una historia ejemplar es la que relata la Biblia en el libro de Génesis sobre José, el hijo de Jacob. Este chico sufrió la envidia y el odio ni más ni menos que de sus hermanos de sangre.

Aunque quisieron matarlo, prefirieron venderlo como esclavo a Egipto, lugar donde sufrió muchas calamidades, aunque después de unos años llegó a convertirse en el primer ministro de esa potencia de la época.

¡Qué sorpresa se llevaron sus hermanos cuando él se descubre ante ellos! Quién se iba a imaginar que el niñito consentido de Jacob era ese mismo señor poderoso que estaba allí manejando la economía mundial.

La oportunidad para cobrar venganza le vino como anillo al dedo. Ahí los tenía, para torcerles el cuello y hacerles pagar cada una de sus fechorías a esos sinvergüenzas, a esos desgraciados.

Sí, desgraciados porque no estaban disfrutando la gracia de Dios, la bondad de sus mercedes. Y eso fue lo que entendió José, por eso su actitud fue otra, la del perdón.

Y por ello de inmediato les calmó los nervios y les dijo que no se asustaran, que todo lo que le había sucedido, aunque fuese desagradable en un principio, había sido para el bien de él y de ellos, pues fruto de su situación privilegiada ahora estaban todos a salvo bajo su cuidado y protección.

Gracias a esos desgraciados, él disfrutaba de la Gracia de Dios.

Sí, el deseo de vengarse puede ser un combustible para la motivación a triunfar, pero es venenoso.

Por eso, usa otro combustible que es mejor: el de compartir tus bendiciones.

Sólo recuérdalo por si te hieren en la familia, en el trabajo, en el amor, o hasta en la iglesia.

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Cuando se es prestado se cuida mejor.

(2 Corintios 5:6-10).

Cuando las cosas son prestadas las cuidamos con más esmero que cuando son propias, pues al fin y al cabo de lo que es nuestro no tenemos que darle cuentas a nadie, pero de lo que es ajeno sí debemos responder, razón por la cual tomamos toda la precaución en no ir a perder o dañar lo que se nos ha confiado por breve tiempo. Además siempre tenemos presente la idea de que lo que es prestado está más expuesto que lo propio.

Deberíamos de pensar así con respecto a algunos beneficios que recibimos de parte de Dios para nuestro provecho pero que en ningún momento dejan de ser de su propiedad para pasar a ser de nosotros.

Vale mencionar por ejemplo la vida, la cual siempre le pertenecerá a Dios, pero la recibimos para que la disfrutemos, la enriquezcamos, la aprovechemos al máximo y la usemos como algo preliminar a la eternidad en el cielo.

Y si la vida es prestada no dispongamos de ella como si nos perteneciera, sino cuidémosla, pues tendremos que dar cuenta de qué hicimos con ella todo el tiempo que se nos confió mientras estuvimos dentro de un cuerpo material en este planeta tierra.

Sí, básicamente los seres humanos somos un espíritu metido dentro de un vestido material llamado cuerpo, el cual nos es provisto por unos 80 años en promedio para que podamos desenvolvernos en este mundo material, pero tanto el espíritu, que ha sido dado por Dios, como el cuerpo, que lo ha tomado Dios del polvo de la tierra, volverán a sus fuentes tal y como lo declara Eclesiastés en la Biblia en el capítulo 12 versículo siete:

“Y el polvo vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio”.

Y es por ello que una visión de la vida como la del apóstol Pablo nos enseña a ver nuestro paso por este mundo como un préstamo por tiempo limitado. Un cristiano perfectamente puede decir:

“He venido a este planeta por un breve tiempo, pues Dios me ha concedido la vida, la cual es un préstamo que podré disfrutar todo el tiempo que el Señor permita que mi espíritu esté dentro de este estuche de carne y hueso que se llama cuerpo humano.

Y gracias también a que Jesucristo me ha concedido la salvación eterna de mi alma, sé que cuando abandone este estuche provisional, iré a vivir eternamente con Él en el cielo, donde recibiré galardones de acuerdo a las buenas obras que hice estando en el cuerpo”.

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¿Por amor o por lástima?

(Romanos 5:8; 8:32)

Cuando un limosnero se acerca a pedirte una ayuda económica lo hace apelando a tu sentimiento de lástima, es por ello que su apariencia, sus gestos, sus palabras y la historia que te cuenta son bien tristes, lastimeros. Él sólo dispone de un minuto en una esquina, en un semáforo, o en un parque, para impactar tus sentimientos y motivarte a desprenderte de algo que es tuyo para dárselo a él, simplemente porque logró que en tu mente dijeras: “pobrecito, qué pesar, qué lástima, cómo me duele”.

Si el limosnero viniera con un arma a pedirte, ya no sería un limosnero, sino un asaltante, ya no pediría una limosna, sino un botín, y ya no apelaría a tu lástima, sino a tu miedo. Si viniera con un abogado y un documento ya no te estaría pidiendo, sino exigiendo. Y si llegara ofreciéndote un producto o servicio ya no te estaría pidiendo, sino vendiendo.

Por el contrario, cuando un hijo o una persona a la que amamos con todo nuestro corazón se nos acerca y nos pide algo, nuestro mayor deseo es complacerla, dárselo de inmediato. Tal vez los únicos impedimentos que encontremos para satisfacer su demanda sea el que no tengamos lo que nos pide, o el considerar que lo solicitado no le es conveniente en ese momento. Mas por regla general son más las ganas nuestras por darle algo que las de él por recibirlo.

¿Y a qué se debe esa respuesta de parte nuestra? Al amor. No a la lástima, no al miedo, no a la obligación, no al pago de un producto o servicio, sino simplemente al deseo de complacerlo, de satisfacerlo, de hacerle feliz, por cuanto lo amamos. La persona a la que amamos no necesita hacernos llorar de lástima, o apuntarnos con un arma en la cabeza, ni traernos un abogado para exigirnos, o darnos una mercancía a cambio, sólo debe cultivar y mantener esa relación de amor que ya existe entre los dos.

La Biblia dice en la epístola a los Romanos que Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Y luego añade que si no fue capaz de negarnos a su propio Hijo unigénito, sino que lo entregó por nosotros, gracias al inmenso amor que nos tiene, cómo no nos va a dar todas las demás cosas que necesitemos. Eso es como decir que si tu papá ya te dio la casa, el auto, la empresa y el dinero en el banco, cómo no te va a dar una pequeña moneda de su bolsillo para algo que necesites.

A Dios no tenemos que hacerle sentir lástima para que nos dé algo, ni amenazarlo con un arma,  ni llevarle un abogado para exigirle, ni ofrecerle un producto o servicio a cambio. Lo único que precisamos es cultivar ese amor que Él ya nos tiene y que no necesitamos ganárnoslo, puesto que ya lo siente por nosotros. Dios nos ama, aunque no lo merezcamos, y por ello nos ha dado y dará lo mejor de Él. Lo único que podemos hacer ante tanta generosidad es corresponderle, amarle, exaltarle, obedecerle.

Claro, hay personas que no quieren tener una relación de amor con Dios, sólo quieren ver cómo le pueden sacar algo, cómo lo pueden usar a su conveniencia y luego desecharlo hasta que vuelvan a necesitar algo de Él. Es por ello que intentan despertar su lástima mostrándole heridas, contándole historias tristes y haciendo sacrificios como el de andar de rodillas de una ciudad a otra o subir un cerro descalzos.

Otros individuos en cambio le quieren exigir. Y otros más le quieren prometer productos y servicios tales como velitas, flores, rituales, etc. No erremos, Dios nos ama, amémosle, porque si tenemos su corazón, tenemos todo de él.

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El consejo sabio sólo cobra valor cuando se sabe aplicar.

(Éxodo 14:15-16).

Si alguien te preguntara que significa la palabra “vela” lo más probable es que tengas que pedirle que te explique en qué contexto está, pues “vela” puede ser del verbo velar, o del verbo ver, o la lona de un barco de viento, o el cilindro de cera para alumbrar.

De la misma manera un sabio consejo sólo cobra valor cuándo se sabe aplicar. Tomemos como ejemplo las medicinas, todas ellas se han fabricado con el fin de sanar, pero sí una de ellas se aplica a la persona incorrecta o de manera incorrecta, puede matar.

Rodrigo escuchó de un conferencista que en la vida debemos movernos para que Dios nos guíe, en lugar de quedarnos quietos haciendo nada y alimentando la pereza.

Y que así como las ruedas de un auto se ponen duras cuando el auto no se mueve, pero se ponen suaves y manejables cuando éste se mueve, así las personas que deciden ponerse en acción le permiten de mejor manera al Espíritu Santo poder guiarles.

Luego leyó de cierto autor que cuando no sabemos a dónde ir lo mejor es que nos estemos quietos, tranquilos, en reposo, esperando que Dios nos confirme qué rumbo tomar, pues no podemos ir por la vida a toda carrera y sin guía dando tumbos. Y que si un barco no sabe a qué puerto llegar ningún viento le es favorable.

Ahora, después de confrontar ambos consejos, a Rodrigo le pareció que ambos eran muy buenos, sólo que no sabía cuál aplicar. Como resultado de lo anterior se quedó en punto muerto. Ya no sabía si moverse o quedarse quieto. ¿Qué hacer?

Aquí es donde viene la otra mitad de un sabio consejo: saberlo aplicar.

Y así como el médico debe escoger entre miles de medicinas cuál es la que ha de recetar y de qué manera se ha de tomar, así mismo la persona debe saber cuándo y cuál consejo es el que debe aplicar.

En el caso de Rodrigo lo que debe hacer primeramente es estarse quieto delante de Dios. No ir ni a izquierda ni a derecha. Orar y esperar a que Dios le muestre, le confirme y reconfirme hacia dónde encaminarse.

Una vez que tenga la certeza, no la emoción o el impulso, sino la convicción, de hacia dónde ir, entonces deberá moverse, de inmediato, aunque todas las circunstancias no estén perfectamente alineadas ni la ruta esté trazada con todos los detalles.

Eso fue lo que Dios le dijo a Moisés frente al Mar rojo:

“Oye Moisés, este no es el momento de orar, sino de actuar, ya sabes cuál es mi voluntad, así que dile al pueblo que marche, aunque las aguas no se hayan dividido todavía,  pero que caminen resueltos, y tú levanta la vara que te di, da las órdenes, y ya verás el resultado”.

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¿Y dónde están los artistas y científicos de Dios?

(Éxodo 35:31).

Es muy usual que cuando a alguien le mencionamos el Espíritu Santo inmediatamente piensa en religión, o en gente brincando, llorando, o cayéndose al piso.

Pero casi nadie asocia al Espíritu Santo con un laboratorio, o una universidad, o la facultad de bellas artes, o el congreso de un país, o una oficina de la ONU.

Sin embargo, cuando leemos la Biblia encontramos casos como el de Bezaleel y Aholiab, dos caballeros judíos a quienes el Espíritu Santo, de manera sobrenatural, convirtió en artistas y científicos, las dos cosas, para lo cual, milagrosamente, debió desarrollar ambos hemisferios de sus cerebros, tanto el izquierdo, para ser científicos, como el derecho, para ser artistas.

Y estos dos hombres nunca fueron a una universidad, pues eran esclavos en Egipto; sino que más bien fundaron una en el desierto, con la autorización de Moisés, para poder levantar a otros artistas y científicos que sirvieran en la obra del santuario para Dios.

Y hay otros casos como el del profeta Daniel, a quien el Espíritu Santo le dio sabiduría sobrenatural para que durante 72 años ejerciera un ministerio de consejería a reyes, lo cual hizo con siete babilónicos (Nabopolasar, Nabucodonosor, Evil-Merodac, Neriglisar, Labas-Marduk, Nabonido, y Belsasar), uno meda (Darío) y uno persa (Ciro).

Claro que si en esta época Daniel le dijera a sus líderes de la iglesia que el Espíritu Santo lo ha llenado para ir a la sede del gobierno de su país como asesor, seguramente lo pondrían en disciplina.

Y tal vez hasta él mismo pensaría que era una locura. Fue por ello que los babilonios lo secuestraron y lo llevaron al palacio real a estudiar en sus universidades ciencias y artes, aunque él jamás se contaminó con esa cultura que no se sometía ni a Dios ni a sus leyes, y lo hizo inclusive arriesgando su propia vida.

Bezaleel, Aholiab, Daniel y otros, son ejemplos de cómo Dios, a través del Espíritu Santo, le da dones (Charismas en el griego del Nuevo Testamento)  a una persona, para que cumpla un ministerio o servicio (Diakonia en el griego del Nuevo Testamento) como parte del trabajo de la iglesia de Cristo en el mundo.

Pero al hablar de iglesia no pensemos en la local, la del auditorio con sillas, instrumentos musicales y un púlpito; sino en la global, la que conforman millones de personas en el planeta tierra y que han sido redimidas por Jesús, el Mesías.

¡Déjate usar por Dios a la manera de Dios, no a la manera de la religión o la tradición!

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No vivas en el desierto, sólo visítalo

(Oseas 2:14; Marcos 6:30-32; Lucas 5:16).

En la cultura cristiana se tiene la idea generalizada de que “pasar por un desierto” significa estar enfrentando un tiempo de graves problemas o angustias, mas no siempre es así.

En términos espirituales el desierto no es sólo el lugar de la prueba, o de la tentación, o de la aflicción, es también el sitio de la soledad voluntaria, del retiro, de la meditación y del descanso.

Inclusive Jesús, aunque al comienzo de su vida ministerial fue llevado al desierto para ser tentado, regresó muchas veces a él, voluntariamente y por breves momentos, para escapar del tumulto, del ruido y de la actividad incesante; y así poder darse un respiro, un tiempo de meditación, oración y descanso.

Al consultar el diccionario de la Real Academia Española la palabra desierto aparece con cuatro acepciones, de las cuales la primera se refiere a un lugar despoblado, solo e inhabitado.

Y sólo la última la define como un territorio arenoso o pedregoso que por falta casi total de lluvias carece de vegetación o la tiene muy escasa.

Ir al desierto, de visita, no para vivir allí, tiene sus bondades terapéuticas en materia de salud espiritual.

El ser humano, y mucho más el cristiano, necesita momentos de quietud, de soledad, de descanso, de meditación, de silencio, de motores apagados.

Aunque algunos no tienen que apagar sus motores, sino sus turbinas, porque son demasiado hiperactivos, todo el tiempo están corriendo, hablando, gritando, hablando por celular o enviando textos, navegando en internet, corrigiendo a los hijos y haciendo más y más planes en unas agendas a las que ya no les cabe un compromiso más.

Estas son las personas que se tornan nerviosas, que se estresan, que pierden la paciencia fácilmente, que no tienen lucidez para pensar y que no pueden escuchar la voz de Dios porque están inmersas en tanto ruido que no la pueden discernir.

Son las mismas que dejan la estufa encendida, la plancha conectada, las llaves de la casa dentro del refrigerador y el celular en la cinta de la cajera del supermercado.

Cuantas ganas le da a Dios de amarrar a esas personas, taparles la boca, ponerles una Biblia en las manos y llevárselas a un lugar solitario para poder compartir un ratito con ellas y hablarles a su corazón y llenarles de amor.

¡Anímate, escápate al desierto un momentito, Dios te está esperando!

¡Ya verás lo fascinante que es!

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