Haz el balance con balance.

(1 Samuel 12: 24-25).

Termina un año y llega el momento de hacer balance, de valorar qué fue lo bueno y qué fue lo malo que nos dejaron estos 12 meses vividos. Pero ese balance debe hacerse con “balance”, es decir, con justicia, sin caer en los extremos. No debemos irnos ni al polo de la derrota ni al polo del triunfalismo, ni al exceso del terrible pesimismo ni al borde del injustificado optimismo. Tampoco tropezar con la insatisfacción abúlica o el extremo opuesto de la permisiva complacencia. Y menos descender a la exageración de la crítica malsana o treparnos al borde de la aprobación exitista.

Conviene entonces, como decíamos ayer, hacer una retrospección y considerar las cosas buenas que nos quedan. Posiblemente hemos aprendido cosas nuevas, pues aún con los errores hemos ganado experiencia. Hemos llegado con vida hasta hoy. Nuestra salud es buena. Disfrutamos de la familia. Conservamos el empleo. No nos ha faltado el alimento. Pagamos deudas. Hicimos nuevos amigos, etc.

También dentro de esa mirada hacia atrás podemos incluir los saldos negativos, los negocios mal hechos, las relaciones de amistad que se fracturaron, los proyectos que ni siquiera despegaron, las deudas impagas, las visitas no realizadas, los correos no escritos, las palabras tiernas no pronunciadas, las críticas dañinas que hicimos, las obras de misericordia no realizadas  y las oraciones no elevadas. Luego de la retrospección hay que hacer una introspección, que es el mirarnos hacia adentro. Y como somos obras en construcción, debemos diferenciar las cosas  buenas que pudimos acometer y hacer de corazón, de aquellas que hicimos con mala actitud o que ni siquiera intentamos. Y también las cosas malas que no pudimos evitar pensar, decir y hacer, de las cosas malas que sí pudimos evitar. Son dos áreas de análisis diferentes, por un lado el bien que hicimos y el que no hicimos. Y por el otro, el mal que hicimos y el que no hicimos. Y es que la única forma de seguir mejorando es comprometiéndonos con la erradicación de lo negativo y el cultivo de lo positivo en nuestras vidas.

Pero estas dos tareas hay que hacerlas con esfuerzos diarios, aunque sean pequeños. Hay que perseverar en el debilitamiento de nuestras tendencias malignas y en el fortalecimiento de nuestras tendencias nobles. Y ello se logra al ocuparnos en sanas disciplinas tales como el deporte, el estudio, la meditación, la oración, la lectura bíblica y las sanas conversaciones.  También con el exponernos a factores influyentes como la música, la lectura, la radio, el cine y las páginas de internet que aporten valores. Y claro, por encima de todo esto, desarrollando una dependencia cada vez más estrecha de Dios, pues sin Él nada somos y nada podemos. El Señor debe conservarse siempre en el centro de nuestra voluntad. Ya es sabido que cuando el hombre se las da de autosuficiente, cae indefectiblemente. Mas cuando reconoce sus debilidades y acude a Dios, entonces se hace fuerte.

De la prospección y la proyección, por razones de espacio, no hay más que agregar a lo expuesto en el día anterior.

Y ahora, cerremos este año tomándonos un tiempo a solas para orar a Dios Padre. Y hagamos la oración agradeciendo al Señor por lo bueno, pidiendo perdón por lo malo y solicitando su ayuda para perseverar en mejorar nuestras vidas haciendo lo que es justo, santo y recto delante de sus ojos.

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Retrospección, introspección, prospección y proyección.

(Proverbios 13:4; 16:2-3).

 A las puertas de iniciar un nuevo año hay cuatro palabras que nos van a ayudar a hacer un ejercicio interesante y útil para:

–  Aprovechar los errores cometidos.

–  Superar los logros obtenidos.

–  Evaluar lo positivo y negativo de nosotros.

–  Considerar las posibilidades reales de lograr nuevas metas.

–  Y construir los caminos para alcanzar los objetivos.

Estas dichosas palabras son: retrospección, introspección, prospección y proyección. Ahora veámoslas en detalle, y poniendo todo esto en oración.

La retrospección es el acto de evaluar lo que queda atrás, es valorar las experiencias que hemos tenido, buenas o malas, y aprovecharlas al máximo. El peor error es no aprender de los errores pasados. Y el peor desperdicio es no mejorar lo que ha sido bueno. La experiencia vale mucho, porque se adquiere pagando un alto costo de tiempo, dinero, esfuerzo y hasta sufrimiento. Pero no sólo aprendemos de nuestras fallas, sino de las ajenas, y es por ello que saber “qué es lo que no se debe hacer” es un gran capital que no se puede echar a la basura. Y también aprendemos del éxito pasado, pues allí están las bases para nuevos éxitos, ya que debemos batir nuestras propias marcas, hacer cada vez mejor lo que hemos hecho bien. La superación debe ser un propósito personal.

La introspección es la mirada hacia dentro de nosotros, es auscultarnos, es mirar con lupa dentro de nuestro corazón para sacar la mugre acumulada y para organizar lo que sí es útil pero que puede estar estorbando en lugar de estar ayudando. Pídele a Dios en la oración que estás haciendo en todo este proceso que te muestre todo aquello por lo cual debes arrepentirte y pedir perdón, y luego, lo que tú debes perdonarle a los demás.

La prospección es el análisis de posibilidades reales que tenemos de conseguir algo de acuerdo al nivel que ya hemos alcanzado y de acuerdo a la fe que tenemos en que Dios hará por nosotros aquello que no podemos hacer por nosotros mismos. Es mental y espiritualmente visitar la tierra prometida para espiarla y ver cómo podemos tomarla.

Y finalmente, la proyección, es el trazado del camino, son los planes y planos que Dios me muestra en oración, y que debo escribir y seguir cada día, para poder llegar a la ansiada meta final antes de concluir el nuevo año.

¡Manos a la obra! ¡Y empecemos con oración!

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Déjale las niñerías a los niños.

(1 Corintios 14:20).

No hay ningún problema en que los niños piensen en niñerías, hablen niñerías y hagan niñerías, el problema es que estando ya grandecitos sigan en sus niñerías, puesto que así como crecen sus cuerpos también deben madurar emocional, intelectual y espiritualmente.

Claro, ningún papá o mamá se asusta porque ve a su hijo estirarse corporalmente. Ni tampoco porque lo ve más interesado en su aspecto personal y en agradarle al sexo opuesto. O porque lo nota más calmado y procesando mejor la ira o la frustración. Eso es normal, hace parte del crecimiento.

Pero casi ningún padre de familia, y pocos líderes espirituales, se fijan en la maduración espiritual de los niños y jóvenes. ¿Te sorprende esto? Claro que debe sorprenderte, porque es un tema no tratado. El apóstol Pablo nos insta en la Biblia a madurar en nuestra vida espiritual, a dejar de pensar como niños en  los asuntos espirituales y a pensar como gente grandecita. Él dice que hay que ser niños en cuanto a la malicia, pero nunca en cuanto a la forma de razonar en los aspectos inherentes a la vida espiritual.

Doña María, ¿sabes por qué tu lindo Jorgito que era tan espiritual de niño, que vestía impecable y tenía buenos modales, ahora que lleva tres años en la universidad no quiere ir a la iglesia contigo y se ha convertido en un vago mechudo, barbado, de sandalias, lentes pequeños redonditos, mochila artesanal, y se la pasa tocando flauta, leyendo filosofía materialista, pintando grafitis en las paredes y diciendo que su papá es un proletario?

Porque no le ayudaste a madurar espiritualmente, sólo le enseñaste tu liturgia religiosa, lo llevaste a la iglesia a la fuerza y allí sólo escuchó cien veces la misma historia de la multiplicación de los panes y peces y pintó con crayones 100 veces el arca de Noé.

Y claro, cuando por fin llegó a la universidad, donde se supone que le enseñan a pensar, lo deslumbraron con filosofías anti espirituales y le hicieron sentir que por fin salió de la ignorancia y que ya es un ser ascendido intelectualmente.

¡Qué tristeza! Queda orar por lo menos 20 años hasta que se dé cuenta del error y vuelva a Dios, no a buscar la religión de sus padres, sino una relación vital con Cristo. ¿Qué tal si ayudamos a los chicos a madurar espiritualmente, a razonar y vivir la fe bíblica y a ser cristianos firmes, de convicciones y no de emociones?

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Que no te roben la alegría de dar.

(2 Corintios 9:7)

Estando muy confundido sobre lo que es el dar un joven le preguntó a su guía espiritual el por qué razón se sentía frustrado si se suponía que dar es un motivo de alegría, que compartir con el necesitado es un motivo de regocijo y que apoyar la obra de Dios es un gozo y a la vez una acto de siembra para cosechar abundantes frutos en el futuro.

El maestro cristiano le explicó a su discípulo que lo que decía sobre el dar era verdad y estaba respaldado por la Biblia. Pero que el sentirse frustrado era algo negativo que no debería permitir en su corazón.

¿Y por qué te sientes frustrado? La razón es porque al levantarte esta mañana pusiste la radio y escuchaste al locutor que invitaba a llamar y hacer un donativo para la estación. Luego tu esposa te preguntó si podrías ayudar a tus sobrinos comprándoles algunos libros que tu hermano no había podido costear debido a sus bajos ingresos.

Pasado un  tiempo, cuando prendiste el televisor, viste al presentador que te persuadía para que llamaras y dieras una ofrenda. Después sobre la mesa encontraste el sobre que te dieron en la iglesia para apoyar la construcción de nuevas aulas para los niños.

Y cuando llegaste a tu trabajo te salieron al encuentro unas damas solicitando un donativo para los enfermos de cáncer. Y ni qué decir de los mendigos y otras personas que pidieron tu colaboración para muchas causas nobles.

Amigo, hoy en día hay miles de posibilidades de dar, de manera que hazlo conforme nos enseña la Biblia. Hazlo con gozo y de acuerdo a lo que has propuesto en tu corazón, pero en el corazón tuyo, no en el de los demás, por cuanto esta es una decisión personal.

Y ten presente que primero que todo debes responder económicamente por tu familia, luego por tu iglesia y después por todas las demás cosas que el Señor te muestre que debes respaldar.

Por supuesto que dar es mejor que recibir. Así lo enseñaban los apóstoles de Cristo, sólo que ellos no abusaron de esa premisa, o sino imagínate la confusión que se habría formado si cada apóstol, de manera independiente, hubiese estado pidiendo donativos para diferentes actividades.

Claro que eso nunca pasó, nunca hubo una colecta por cada apóstol, sino que se ponían de acuerdo sobre lo que iban a pedir. Por ello es que no se disputaban a los dadores ni había competencias a ver quién ofrecía más milagros a cambio de un aporte.

Sencillamente enseñaban que dar es adoración, no transacción. Que dar es fe en acción, no coacción. Que dar es gozo, no acoso. Que al dar importa la calidad y no sólo la cantidad. Que dar es sembrar y no arrebatar. Y que dar es amar, no manipular. ¡Nunca pierdas el gozo de dar!

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Las tres etiquetas de todo ser humano.

(Efesios 2:10; Salmos 138:8).

Todos los productos de las industrias que usted consigue en cualquier comercio, tienda o supermercado, vienen con etiquetas del fabricante. Bien sea la que dice: “Hecho en Corea”. O la que dice: “Consúmase antes de…” O la que dice: “Consérvese refrigerado”. O una que reza: “No incluye baterías”.

El ser humano, quien ha sido manufacturado por Dios mismo, tiene también tres etiquetas que son invisibles al ojo humano y que dicen así:

“Hecho en Jesús”. Esta etiqueta tiene como finalidad que el producto terminado no olvide jamás que ha sido hecho por Dios y que a Dios ha de volver algún día para rendir cuentas por sus actos. No es ni un mono evolucionado ni el producto de un accidente químico, sino que es el resultado de un acto deliberado del Señor. Su aparición en este planeta y en esta época se planificó desde antes de la fundación del mundo.

Y además se le ha equipado con unas capacidades y unas condiciones particulares para que pueda llevar a cabo su misión y cumplir con el propósito por el cual Dios le concedió el don de la vida.

Millones de espermatozoides quisieron ocupar su lugar, pero en la dura prueba sólo él logró llegar primero hasta el óvulo, fecundarlo y convertirse en el ser humano que es.

“Consúmase antes de (fecha de expiración)”. La finalidad de esta etiqueta es que el producto manufacturado por Dios y llamado ser humano entienda que no es eterno, como lo dice el cantante colombiano de la música de despecho Darío Gómez.

Si vamos en cuenta regresiva hacia nuestro día de fallecimiento lo mejor es que nos pongamos las pilas y decidamos cumplir con la misión que Dios nos ha encargado. ¿Y cuál es?

Esa es la pregunta que debemos respondernos a nosotros mismo y buscar la respuesta cada día en oración ante Dios, pues el Señor no nos da el cronograma para toda la vida, sino que cada día nos da el horario a seguir para ese día, se trata de vivir un día a la vez.

“Lea el manual para un óptimo uso de este equipo”. Esta última etiqueta es para que el producto llamado ser humano deje de estarse oprimiendo botoncitos a ver qué pasa y haciendo experimentos con su vida, lo mejor es que lea la Biblia, el manual de Dios.

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La mejor manera de ganar es no dejando perdedores.

 

(Filipenses 3:12-17).

En la Copa Mundial de Fútbol la única manera de salir ganando es dejando como perdedoras a las 31 selecciones restantes, no hay otra manera. Así funcionan no sólo las competencias deportivas, sino muchas otras actividades de la vida, de manera que si deseas ser el ganador tendrás que pasar por encima de los perdedores. Si quieres saborear las mieles del triunfo, deja que un buen grupo, debajo de ti, saboree las hieles de la derrota.

La Biblia sin embargo nos plantea otra forma de ganar una competencia que resulta bien curiosa, pues la corona no se gana por llegar primero, sino por ayudar a otros a llegar a la meta. Ya lo había dicho en su canción ranchera el cantautor mexicano José Alfredo Jiménez: “también me dijo un arriero, que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar”.

Y así sucede en la vida cristiana, el corredor inicia la competencia, que es la vida cristiana, teniendo asegurada la salvación de su alma, puesto que ésta no es algo que se deba ganar en la competencia, sino que es un regalo inmerecido que recibe para que pueda estar en la competencia.

Dicho de otra manera, la competencia no es para que se salve, sino que se salva para que pueda entrar en competencia. A este extraño fenómeno Dios le llama GRACIA.

Y la gracia es un don gratuito e inmerecido que Dios te da para que puedas ser una buena persona, no una recompensa por haber sido una buena persona.

Teniendo claro entonces que ahora estás en la pista avanzando hacia la meta tu objetivo no es llegar primero, sino ayudar a otros corredores para que avancen hacia esa meta, sirviéndoles, apoyándoles, animándoles. Dios, el juez de la prueba, está mirando la manera cómo tratas a los demás participantes, está observando si tu ayuda es amorosa o si persigues objetivos egoístas; y está midiendo la grandeza que vas alcanzando por la pequeñez que te vas dando cada que sirves.

El día y la hora de llegada a la meta sólo la sabe Dios, pero cada día que te da de vida antes de esa meta es para que te ganes una mejor corona que él te está preparando como galardón final.

Qué bueno que esta forma de ganar la aplicáramos a los negocios, a la vida académica, a la vida laboral, familiar, social y amorosa, donde cuando ganamos hacemos ganadores a todos los demás, no hay lugar para los perdedores. Digamos entonces: “Cuando yo gano, todos ganamos”.

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Cumpleaños sin cumplimentado es sólo para el despistado.

 

(Lucas 2:10-11)

La palabra navidad significa natividad o nacimiento y con ella se denomina a la fecha del 25 de diciembre, cuando se celebra el nacimiento de Jesús, que es Dios mismo en forma humana. Su nombre Jesús o Jeshua, en hebreo, significa salvador, puesto que su misión al venir al mundo es salvar a los seres humanos que crean en Él. ¿Y salvarles de qué? De la condenación eterna. Y a cambio, llevarles al cielo para que vivan por siempre con Él.

Pero la navidad no siempre se ha celebrado el 25 de diciembre. En el siglo II se festejaba el seis de enero, que era la fecha de Epifanía del dios Dionisio. Y a partir del siglo IV, al imperio romano legalizar el cristianismo, y al mezclarlo con varias costumbres paganas, se decidió que en lugar de celebrarle el natalicio a Mitras, una deidad de origen persa, se le celebrara el nacimiento a Jesús, el Dios cristiano de origen judío.

Pero la verdad sea dicha y es que Jesús no nació en diciembre. En esa fecha en Israel están en invierno y no hay pastores ni ovejas en la pradera, sino que el ganado está guardado. Y según el relato bíblico al nacer Jesús los ángeles se les aparecieron a los pastores en el campo para darles las buenas nuevas de gran gozo.

La fecha más indicada de nacimiento del Salvador fue el mes séptimo de los judíos, cuando celebraban la fiesta de las cabañas o de los tabernáculos. En nuestros almanaques eso equivale a los meses entre septiembre y octubre.

Y dicho cálculo se puede hacer tomando en consideración el nacimiento de Juan el Bautista, quien era seis meses mayor que Jesús, y la fecha del turno en que su padre, Zacarías, ministrara como sacerdote a Dios y le fuere avisado de parte del Señor que Elizabeth, su esposa, quedaría en embarazo de Juan, lo cual aconteció tan pronto regresaron a casa después de las fiestas religiosas.

Pero dejando a un lado los asuntos de las fechas, volvamos al mensaje central de la navidad, el cual es el milagro y misterio de la encarnación, lo cual quiere decir que Dios, que es Espíritu, tomó forma humana y vino a este planeta a vivir entre los humanos para salvarlos de la condenación infernal y regalarles a cambio una nueva vida terrenal y otra en el cielo que es eternal.

Que no se nos olvide que el verdadero motivo de la navidad es Jesucristo entre nosotros, y que ni el mítico Santa Claus, ni las fiestas, ni las luces, ni las comidas, ni los regalos, lo podrán reemplazar.

Celebrar la navidad, o la natividad,  o el nacimiento de Jesús, sin hacer de Jesús el centro de atención, es como celebrar un cumpleaños sin el cumplimentado, y eso es sólo para el despistado.

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¿Noche de paz o noche vivaz?

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(Lucas 2:1-20).

Noche vivaz, noche de alcohol, todo es ruido en derredor. Entre los autos que esparcen su luz, vienen los padres cargando en el bus, grandes regalos de más, que son las deudas de más. Perdón, esa no es la primera estrofa del famoso himno navideño “Noche de Paz” pero en esto se ha convertido la navidad en nuestra sociedad actual.

Cuando Joseph Mohr escribió esta canción en el tranquilo y pequeño poblado de Oberndorf, Austria, en 1818, seguramente pudo imaginarse la noche en que nació el Mesías de esta manera: “Noche de paz, noche de amor, todo duerme en derredor. Entre sus astros que esparcen su luz, bella anunciando al niñito Jesús. Brilla la estrella de paz, brilla la estrella de paz”.

Pero hoy en día es difícil encontrar a alguien que asocie la navidad con la palabra natividad o nacimiento y menos que medite en el relato bíblico del momento en que Dios, quien es espíritu, tomó forma humana y habitó entre los hombres para amarlos, servirlos  y redimirlos de sus pecados.

La navidad es para el común de la gente tiempo de fiestas, baile, licor, comidas, ofertas en los centros comerciales, viajes, carreras, afanes, ansiedad, tráfico pesado en las calles, bullicio, accidentes, luces de colores, ropa para estrenar y otros elementos que nada tienen que ver con Jesús naciendo en Belén de una virgen.

Y para el rigor histórico y teológico tendríamos que aclarar por lo menos tres cosas con respecto a la navidad. Lo primero es que Jesús no nació un 25 de diciembre. Lo segundo es que la navidad tiene un origen pagano y no cristiano. Y lo tercero es que Jesús nunca pidió celebrar su nacimiento, aunque tampoco prohibió enseñarlo y por ello quedó consignado en la Biblia.

Y si alguno en su celo religioso por algún motivo se siente molesto por el arbolito, el pesebre o los platillos de temporada, sepa que logrará mayor influencia espiritual siendo respetuoso y amoroso. Esto no significa traicionar sus convicciones, sino que en lugar de pedirle a Dios que caiga fuego del cielo y consuma a todos por no pensar como él, le suplique que los pueda amar.

Que esta temporada, en lugar de arrastrarnos a endeudarnos, enloquecernos con licor y exponernos a graves accidentes, más bien nos inunde de paz, de deseos de meditación en Dios, de unidad familiar, de oración, de estudio bíblico y de reposo.

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Date gusto y sin ningún costo.

(Eclesiastés 6:1-2; 8:15).

Con mucha frecuencia cuando una persona piensa en darse un gusto o salir a disfrutar de un buen momento viene a su mente la consabida frase de: “pero no tengo dinero”. Y sabes una cosa, hay muchos santos placeres que te puedes dar, en cualquier momento, y completamente gratis, sin que tengas que sacar un solo centavo de tu bolsillo.

La siguiente es una lista de 10 gustazos que te puedes dar hoy mismo si lo deseas. Y tiene como finalidad inspirarte para que hagas tu propia lista, y preferiblemente que sea de unos 20 puntos:

Tirarse boca arriba sobre la hierba verde, como si fuera una mullida alfombra natural, respirar profundo y mirar las nubes formando diferentes figuras.

Meter los pies descalzos en un riachuelo mientras te sientas a leer un buen libro o a escuchar tu música preferida.

Oler y saborear tu comida predilecta que un ser amado te ha preparado.

Sentir la diminuta lengua del cachorrito de tu perrita que ni siquiera ha abierto sus ojos y ya está lamiendo tu mano con la cual le sostienes suavemente.

Quedarse solo en el baño después de haber sido el último en una larga fila de espera.

Dejarse babosear por un bebé cuando se te acerca para darte un besito en la mejilla en tanto te rodea por el cuello con sus bracitos.

Apagar las luces, encender una vela, poner almohadones en el piso y acostarte con tu pareja en el suelo mirándose el rostro medio iluminado o las figuras en el techo, mientras escuchan las voces y los ruidos que vienen de fuera de la vivienda.

Dejarte alisar el cabello con un cepillo de cerdas muy suaves mientras los más adultos te cuentan historias de cuando ellos eran niños o muy jóvenes.

Comerse un rico alimento que acaba de salir humeando de la cocina y que se lo pasan a uno en la mano, antes de que lo sirvan a la mesa, y el cual uno muerde y sopla, muerde y sopla, para disfrutarlo evitando quemarse la boca.

Reunirse en un grupo de familiares o amigos en un campo abierto, en una noche estrellada, alrededor de una fogata, bien abrigados, con una bebida caliente y un buen guitarrista, para cantar temas que todos se sepan.

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¡Gracias maestros!

Efesios 4:11)

Algunos han abrazado la profesión de maestro porque de eso viven, no porque sea una vocación que les hace brotar espontáneamente el deseo de compartir el conocimiento con otras personas. Sencillamente cumplen el ritual de recitar la cátedra tal y como la recibieron y no les preocupa si alguien aprendió o no, puesto que se han enfocado en la enseñanza y no en el aprendizaje.

Ellos son empleados que certifican que tienen un conocimiento y venden su tiempo a una institución educativa. Además consideran que ya bastante tienen con la falta de predisposición de los alumnos como para complicarse la vida tratando de ser formadores de seres humanos. Ellos son pragmáticos, entran al aula, le dan “play” a sus lenguas y luego se van. Si se aprendió o no, no es su problema.

Pero no todos los maestros son así, gracias a Dios que no, porque los hay por montones que han dedicado toda su vida a formar de la mejor manera otros seres humanos. Y la verdad sea dicha, siguen haciendo una labor tan ejemplar que sus exiguos salarios no compensan el tamaño de la tarea.

Esos maestros comprometidos con el aprendizaje y no con la enseñanza no se limitan a recitar información dentro del salón, sino a cultivar seres humanos de bien. Les importa el alumno no como el objeto sobre el cual vacían una información, sino como la persona en proceso de construcción.

¡Gracias maestros! ¿Y saben algo? En la misma Biblia encontramos varios textos (1 Corintios 12:10; 12:28; Romanos 12:6; Efesios 4:11) que dicen que Dios les ha concedido a algunos hijos suyos el don de ser maestros.

La palabra don viene del griego “Charisma”, que es una habilidad sobrenatural dada por Dios para ejercer un servicio en favor de otros.

Los dones no son premios, sino herramientas que se dan gratis e inmerecidamente, aunque no a todos se les dan los mismos dones.

En Efesios 4:11, hablando sobre el tema de la unidad espiritual de los cristianos, se declara que el ser maestro, del griego “Didaskalos”, es uno de los dones dados por Dios para poder cumplir con un único ministerio: “edificar el cuerpo de Cristo”, que es la iglesia. Es decir, ayudar a perfeccionar la vida de los hermanos.

Quien tiene el don de maestro se distingue básicamente por cuatro cosas: entiende muy bien algunos temas de la Biblia, los explica muy bien, disfruta lo que hace y todos aprenden con él.

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