La pureza es clave, luego aspira su blancura y… ¡a volar!

(Hechos 2:1-4; Efesios 5:18).

“Pneuma” es una palabra griega que se traduce como aliento, aire, soplo, viento o espíritu. Por ello al médico especializado en los pulmones se le llama pneumólogo, a la infección de los mismos se le llama neumonía, a los cauchos inflables de los autos se les denomina neumáticos y al estudio del Espíritu Santo se le conoce como pneumatología.

En el original griego del Nuevo Pacto de la Biblia siempre que se usa “pneuma” es para referirse o al espíritu humano, o al espíritu de Satanás o uno de sus ángeles, o al Espíritu Santo o uno de sus ángeles. Es el mismo vocablo para las tres categorías, de manera que el lector es el que debe deducir por contexto a cuál se está refiriendo en cada caso en particular.

Y cuando las Escrituras dicen que los que escribieron la Biblia lo hicieron inspirados por el Espíritu Santo, lo que está diciendo es que estaban llenos de él, que es la tercera persona de la trinidad. Es como si lo hubieran inhalado. La respiración humana consta de dos actos: inhalación, que es tomar el aire, y exhalación, que es botar el aire.

Una persona inspira cuando absorbe el aire y lo envía a sus pulmones. Y espira cuando lo saca de los pulmones y lo arroja al exterior. Espirar, escrito con “s”, es botar el aire, pero expirar, con la letra “x”, es morirse, salírsele el aliento de vida, “colgar los zapatos”.

Cuando Dios sopló aliento de vida en Adán, que era un muñeco de barro, éste se convirtió en un ser vivo. De manera que cuando el aliento de vida se le sale a cualquier hijo de Adán, expira, su cuerpo vuelve al polvo de la tierra, de donde fue tomado. Y el espíritu, el aliento de vida, vuelve a Dios. Esto se encuentra declarado en la Biblia en Eclesiastés 12:7.

También es ilustrativo que cuando Jesús les dijo a sus 11 alumnos o apóstoles que recibieran al Espíritu Santo, sopló sobre ellos. Y cuando el Espíritu Santo llegó en el día de Pentecostés se escuchó un estruendo como de un viento recio que llenó el aposento donde estaban y todos fueron llenos del Espíritu Santo.

Así es que si deseas ser lleno de toda la presencia de Dios debes ponerte a cuentas con él y pedirle perdón por tus pecados, pues la pureza es clave. Luego aspirar su blancura, inhalar su santidad, que es el perdón. Y después inspirar su Palabra, que es la Biblia, orando con insistencia y fervor para que te llene con su presencia.

Cuando le pides al Padre Eterno que te sature con su Espíritu Santo él lo hace y te guía a volar a nuevos niveles espirituales. Porque no es suficiente con tener a la tercera persona de la trinidad habitando dentro de nosotros, hay que vivir llenos de él y controlados por él.

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¡Ah, si me besaras con los besos de tu boca!

(Cantares 1: 2).

Basta con encender la radio para que en menos de un minuto encontremos decenas de canciones que hablan del amor, pero lamentablemente, casi todas, enfocándose en el despecho. Es como si el consumo popular no diera para exaltar la parte positiva, el romance.

Canciones como “La Felicidad” del cantautor argentino Palito Ortega parecieran quedar en desuso y sonar cursis: “Antes nunca estuve así enamorado, no sentí jamás esta sensación, la gente en las calles parece más buena, todo es diferente gracias al amor. La felicidad, de sentir amor, hoy hace cantar a mi corazón. La felicidad, me la dio tu amor, hoy vuelvo a cantar, gracias al amor”.

Cuando se lee en la Biblia el libro El Cantar de los Cantares, nombre que es un hebraísmo y que significa el más hermoso de todos los cantos, lo que apreciamos es romanticismo del bueno, galanteo y coqueteo entre el Rey Salomón y su esposa, la Sulamita. Aunque proyectando este cuadro escatológicamente ellos están tipificando a Cristo y su novia, la iglesia cristiana. No obstante, sin perder de vista el romance, esta especie de ópera, que tiene seis cánticos repartidos en ocho capítulos, nos pone en escena al amado, la amada, sus amigos y un coro de mujeres de Jerusalén. Allí lo esposos se declaran amor mutuo, admiración, ternura y pasión. ¡Qué buena lección para los matrimonios de hoy, los cuales se formalizan haciendo un pacto ante Dios y firmando un contrato conyugal ante las leyes civiles!

El matrimonio no fue diseñado para matar el amor, sino para darle un marco en el que se pueda desarrollar y expresar libre y sinceramente. Es un espacio en el que los contrayentes prometen no dejarse por ningún motivo y no abandonar la nave por más difíciles que sean las circunstancias. Es una empresa y una relación fundada para crecer juntos. Es un pacto de sangre, la sangre que derrama la virgen al consumar el matrimonio; sangre como la del pacto de Cristo con la iglesia, la cual se recuerda en la Santa Cena, pues con ella selló el Nuevo Pacto de Dios con el hombre para poder salvarlo.

Cuando un hombre se casa con la mujer de sus sueños le está prometiendo que jamás la abandonará ni a ella ni a sus hijos. Que su dinero, compañía, ternura, caricias y todo su cuerpo serán propiedad exclusiva de ella hasta que la muerte los separe. Y claro, la mujer promete exactamente lo mismo. Es por ello que ni la más sensual secretaria, ni el más hermoso de los vecinos, ni la más antipática de las suegras, ni el más fastidioso de los hijos, ni la más cruel de las crisis económicas o enfermedades, podrán impedir que marido y mujer se sigan amando. Tampoco ningún fuego de hechicería podrá apagar ese amor. Ni siquiera las imperfecciones de ambos.

Lo que el Señor desea es que marido y mujer se sigan amando aún en la vejez. Que se sigan deseando, que se besen, que se emocionen bailando juntitos, que se miren, que se coqueteen, que se acaricien y que disfruten el santo placer conyugal. Además les ordena respetarse, tolerarse, perdonarse, acompañarse, congregarse, orar, leer la Biblia y adorarlo en espíritu y en verdad.

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Gracias por haberme hecho sentir como una cucaracha.

(2 Samuel 16:5-13).

Papito Dios, hoy he decidido conversar contigo por escrito, aunque la mayoría de mis oraciones son habladas, pero en esta ocasión quiero conservar esta nota en un lugar privado para cuando necesite recordar lo que en ella te digo. Claro que tú ya sabes lo que te voy a decir, tú sabes todas las cosas antes de que te las digamos, pero eso no es motivo para no orar, pues lo que tú esperas de nosotros es intimidad, es estar en tu presencia, es dejar que nuestro corazón se abra de par en par para que tú puedas limpiarlo.

¿Sabes? La forma en que ese sujeto me trató me dejó bien herido. ¿Qué se ha creído ese prepotente? ¿Acaso piensa que es la gran cosa? Y con qué altanería que habla. Y lo mira a uno como si uno fuera la suciedad de un perro.

De verdad que da ganas de partirle un palo en la cabeza. O de pedirte que mandes fuego del cielo y lo quemes, y que mientras se consume le hables con tu voz bien potente y le digas: “Eso es para que aprendas a no meterte con mis hijos, abusador”.

Pero sí, sí, ya lo sé. Tú no vas a mandar fuego del cielo para consumir a nadie, puesto que yo soy un cristiano lleno de amor, que sabe perdonar y bendecir a los que le hacen mal. Ya sé que no tengo una religión para oprimir y hacer volar en pedacitos a los que no piensan como yo. Que el Espíritu Santo que has puesto en mí no es ni para hacer terrorismo ni proselitismo, sino para amar y servir.

Es por eso Papito Dios que hoy te doy gracias por siete cosas que ese hombre, que me hizo sentir como una cucaracha, forjó en mí.

Primero, que probara lo que le hago sentir a la gente cuando me las doy de importante y pisoteo los sentimientos de los demás. Este golpe me hizo aterrizar y darme cuenta que no soy más que nadie, que no importa mi raza, mi dinero, mi preparación académica, mi presencia física o mi posición social y laboral, soy un ser humano como todos los demás y debo respetar a cada persona.

Segundo, me enseñó que aunque no soy más que nadie debo hacerme respetar y no permitir que se me pisotee, una cosa es ser humilde y otra ser tonto, por eso debí poner en su lugar a este ofensor.

Tercero, aprendí que me has dado dominio propio, por eso no insulté ni di golpes, sólo puse los puntos sobre las íes con toda calma y decencia.

Cuarto, le di un buen testimonio a esta persona, mi ejemplo fue más poderoso que miles de sermones.

Quinto, pude ejercitar el perdón y limpiar mi corazón de toda raíz de amargura.

Sexto, me has hecho valorarme ante los demás, pues aunque no debo ser orgulloso, tampoco debo despreciar los dones y talentos que me has dado, los cuales no son para presumir, sino para servir y para darte la gloria a ti.

Y séptimo, porque sigues perfeccionándome.

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Madurar, no envejecer, hagamos la diferencia.

(Hebreos 5:12-6:3).

Imagínate esta escena:

–      Muy bien hijo, te felicitamos, tu papá y yo estamos muy orgullosos de que te hayas graduado de la primaria

–      Gracias mamá, ustedes han sido muy especiales conmigo y me han ayudado. Si no fuera por su apoyo no estaría graduándome por quinta vez de la escuela primaria.

–      Hijito, ¿y no te gustaría mi cielito hacer tu secundaria y después ir a la universidad?

–      Gracias mami, pero prefiero repetir por sexta vez los cinco años de primaria. Tú sabes que para mí lo más importante es sostenerme, estar firme, poder afianzarme.

Esto es como para desternillarse de la risa. ¿Pero sabes? Sucedía lo mismo con algunos cristianos del siglo primero a los cuales el escritor de la epístola a los Hebreos les hala las orejas. Él les dice que se pongan las pilas, que dejen de repetir la primaria cristiana y que maduren, que dejen de ser niños espirituales y que sigan creciendo en conocimiento, en santidad y en trabajo para el Señor.

No era posible que a esas alturas, cuando debieran ser maestros, todavía estuviesen aprendiendo los rudimentos del cristianismo y viendo las mismas lecciones una y otra vez.

Y lo triste es que en la actualidad, en pleno siglo 21, la situación no ha cambiado. La gente no está madurando en su vida espiritual, sino que está envejeciendo. No se sabe dónde leyeron en la Biblia que en el cielo hay premios por antigüedad. No señores, no erremos, al cielo se entra por gracia, por regalo de Dios, pero los galardones hay que ganárselos con maduración espiritual y buenas obras.

Y si piensas que el único objetivo de Dios era llevarnos al cielo, pues entonces ya deberíamos de estar muertos y disfrutando del cielo, desde hace mucho tiempo. Pero no  es así, Dios nos ha dejado en este planeta, siendo salvos, no para hacer la primaria cristiana eternamente, sino para que cada día vayamos de gloria en gloria, para crecer, madurar, ser mejores que antes. Su propósito es que cada día nos parezcamos más a Cristo y hagamos las obras que él preparó desde antes de la fundación del mundo para que anduviésemos en ellas.

Basta de trabajar para tener dinero para comer, para recuperar fuerzas y volver a trabajar, para tener dinero para comer, para recuperar fuerzas y volver a trabajar, para… ¡Corta ya ese círculo vicioso!

¡Qué tristeza perder la vida en la misma rutina y sin hacer aquello para lo cual Dios nos ha dejado con vida! ¡Ánimo! ¡No te conformes con estar a flote, atrévete a nadar, a llegar a alguna parte! ¡Ahora ponte en las manos de Dios y deja que él te use!

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¡Ya no hables más del río, tírate!

(Romanos 8:26).

No es algo que acontece todos los días. Y para ser sincero, no es algo frecuente, pero cuando pasa, hay que darle toda la importancia que se merece. Sí, cuando vienen unos deseos irrefrenables de tirarse de rodillas y orar y derramar el corazón delante de Papito Dios, hay que hacerlo, de inmediato, sin importar lo buena que esté la película, o que el celular esté timbrando o que haya decenas de correos por atender en la computadora.

Cuando el Espíritu Santo pone un fuego de oración de intercesión o de alabanza en el corazón de un cristiano, es porque las alarmas espirituales se han disparado y hay que responder de inmediato. Es igual que en el cuartel de los bomberos, cuando suena la campana hay que salir de inmediato, a prisa, sin importar lo que se esté haciendo en ese momento.

Y esto acontece a nivel espiritual porque una de las tareas del Espíritu Santo en el planeta tierra es ser intercesor. Sí, sólo que no lo hace directamente, sino a través de un hijo de Dios que esté dispuesto a dejarse guiar por Él.

El Espíritu Santo intercede por nosotros pero no de manera independiente, sino a través de nosotros. Si no fuera así, entonces no necesitaríamos orar, puesto que esa sería la tarea del Espíritu Santo. En tal caso podríamos decir que si Él va a interceder por nosotros entonces: ¿para qué oramos?

Pero lo que enseña la Biblia es el que Espíritu de Dios nos ayuda, no que nos reemplaza. Él no patrocina la pereza, sino que apoya en la debilidad. Y cuando el Espíritu Santo ve una situación en el espectro espiritual nuestro, o en el de alguien cercano, que requiere atención urgente, entonces, de inmediato, activa la alarma y pone un deseo quemante en un cristiano para que vaya y se postre delante de Dios y se deje usar en oración de intercesión o en alabanza.

¿Pero qué decir? ¿Sobre qué asunto orar? La verdad es que no siempre el Espíritu Santo revela los motivos exactos. A veces sí, pero otras veces no. Sin embargo, lo correcto es dejar que Él nos use, bien sea gimiendo, llorando, pidiendo perdón, cantando y hasta en completo silencio. Se trata de estar delante de la presencia del Padre.

Si el Espíritu Santo nos ha llevado ante el Padre es por algo importante y bueno para todos, no lo dudes. Si hoy eres llevado al río de su presencia, tírate, sumérgete, y no hables tanto de la teoría.

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¡Ojo con la lengua!

(Proverbios 20:19).

Cuando una persona te confía un secreto es como si te hiciera un depósito muy valioso, por lo cual deberás poner todo tu empeño en no ir a divulgarlo por todas partes. Un secreto es eso, un secreto, no un boletín de prensa que deberás poner en circulación.

Y si alguien te abrió su corazón de par en par y te dejó ver sus intimidades fue porque supuso que en ti había la suficiente discreción y lealtad como para ir a sufrir una traición de tu parte. De  manera que por favor, guarda el secreto, sé confidente, no infidente. Y si un buen día se resquebraja la amistad con aquella persona que te confío un asunto privado, y hasta te enteras de que ella sí anda contando las cosas que tú le referiste como personales, aún así, guarda su secreto. Dale una lección de lealtad, no le pagues con la misma moneda, aprovecha la oportunidad para enseñarle qué significa ser fiable.

Y si el caso es de haber iniciado una nueva relación sentimental y tu nueva pareja insiste en que le cuentes detalles de lo que pasó con la anterior y qué se hacía y que no se hacía y que se decía y que no se decía, ponle los puntos sobre las íes y aclárale que tú no tienes el derecho de andar divulgando asuntos que pertenecen a otra persona y que todo aquello que se te confió fue bajo la clasificación de secreto. Con esta actitud estarás demostrando que además de ser una persona en la que se puede confiar, igualmente eres alguien que ha sabido romper con el pasado y empezar a construir una nueva relación sobre bases de respeto y fidelidad.

El consejo del sabio Salomón en el libro de Proverbios en la Biblia es que no te entremetas con gente chismosa, pues al hacerlo corres dos peligros:

El primero es que te veas tentado a revelar secretos ajenos, que no son tuyos, que no te pertenecen.

Y el segundo es el que cuentes a una persona que no es de fiar aspectos privados que sí son tuyos, que son personales, que son de cuidado y que no se le pueden soltar a cualquiera.

Los chismosos son expertos en destruir matrimonios, quebrar empresas, dividir iglesias, lesionar amistades y arruinar reputaciones. Y son tan astutos, sutiles y hasta diplomáticos, que se saben ganar la confianza de otros y por ello acceder a sus secretos. Pero tú, resístelos, y resístete a ser como uno de ellos. ¡Sé una persona confiable!

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Rico, poderoso y famoso, pero orgulloso y leproso.

 

(2 Crónicas 26:16-21).

Por si no lo sabías, existió en Jerusalén un rey Uzías, que por orgulloso y no atender al sacerdote Azarías, toda la vida se le complicaría, pues contrajo una enfermedad que lo postraría dejándolo alejado de pompa, gobierno y compañía.

Lepra era lo que padecía, mal que a la tumba lo llevaría, debido a que de ese azote nunca se sanaría. ¡Qué tonto Uzías! Era un grande en sus días, pero por dárselas de agrandado, ¡qué duro que caería!

Esa es la historia de un rey en Jerusalén al que Dios le concedió gran prosperidad, pues mientras el profeta Zacarías estuvo con vida y le aconsejó y le enseñó a amar y respetar a Dios, este gobernante se condujo sabiamente y anduvo en los mandamientos divinos. Pero cuando ya no tuvo quien lo orientara espiritualmente, se corrompió.

Al verse  poderoso, rico, famoso, con un ejército inmenso, con una vasta extensión de territorio y con sus enemigos controlados por todas las fronteras, Uzías se ensoberbeció. Y es sabido que una persona orgullosa no es ser pensante, sino “ser…piente”, pues cae mal en toda parte y siempre está inoculando veneno.

Así que a este monarca se le ocurrió la insensatez de meterse al templo dizque a ofrecerle incienso al Señor, cuando esa es una tarea que le correspondía exclusivamente al sacerdote, tal y como la ley de Dios lo establecía.

Pero como a Azarías no le temblaron ni las piernas ni la voz, él, junto con 80 sacerdotes más, valientemente lo encararon y le dijeron que aunque fuera el rey, y aunque tuviera todo el poder del mundo, él no podía ofrecerle incienso al Señor, que esa era una labor que sólo ellos, los sacerdotes, los descendientes de Aarón, podían hacer. Así que le pidieron que por favor se saliera del templo en el acto.

El rey se molestó por el regaño que le habían dado, pero de inmediato, y ante la vista de todo el mundo, su frente se llenó de lepra, al punto que tuvo que salir corriendo ayudado por los sacerdotes, ya que entendió que ese era un castigo divino.

Al quedar leproso debió ser confinado en un cuarto aislado del resto del palacio, mientras su hijo Jotam asumía el gobierno. Cuando falleció ni siquiera se le concedió ser enterrado en el cementerio de los reyes, debido a que murió de lepra.

¡Qué triste ejemplo el de Uzías! ¡Y qué gran ejemplo el de Azarías, que no se vendió ni se arrodilló ante el poder!

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La ley de Dios nos hace pecar, nos maldice, mata y condena.

(Juan 1:17; Romanos 11:6).

La siguiente historia aconteció en un aula de clases donde los chicos presionaron al maestro para que les absolviera algunas inquietudes sobre la Biblia y la salvación del alma. “Las preguntas que ustedes me han hecho sobre la Ley de Dios son legítimas y están en todo su derecho de formularlas. Así es que les voy a responder dándoles los textos bíblicos y explicándoles cada pasaje en un lenguaje que hasta un niño pueda entender:

Juan 1:17 dice que la Ley vino por medio de Moisés, hace más de tres mil 500 años. La Ley, o “Torá” para los judíos, eran en realidad 613 mandamientos y no diez como muchos piensan. Por su parte Romanos 7:7 dice que la Ley vino para que conociéramos el pecado. No que no existiera el pecado, sino que no lo conocíamos, mas la Ley nos lo presentó y nos demostró que éramos pecadores porque no podíamos cumplirla. En Mateo 5:17 Jesús dice que Él no ha venido a anular la Ley, sino a cumplirla en sus más mínimos requerimientos, y es que Jesús es Dios hecho humano y cumpliendo la Ley a favor nuestro, que no fuimos capaces de cumplirla, ni nunca lo seremos. Por ello es que él la cumple por nosotros y luego la anula para dar paso a la Gracia, que es el método de salvación en el que no vamos al cielo por cumplir la Ley, sino por creer en Jesús, quien la cumplió por nosotros. Por eso Juan 1:17 dice que así como Moisés trajo la ley, Jesús trajo la Gracia hace más de dos mil años. Y Romanos 10:4 aclara que Dios ya no nos acepta por cumplir la Ley, sino por confiar en Cristo, porque con Cristo la Ley llegó a su cumplimiento.

Gálatas 3:24 nos enseña que la Ley fue nuestro ayo o un maestro parcial que nos llevaría a nuestro maestro definitivo,  que es Cristo, puesto que él es la única fórmula de salvación. Gálatas 3:10 dice que si estás en la Ley estás bajo maldición. Y Gálatas 4:1-3 agrega que la Ley es un sistema de esclavitud. Por su lado 2 Corintios 3:6 dice que la letra, que es la Ley escrita, nos mata. La Gracia, al contrario de lo que afirma la Ley, nos dice que somos salvos, que estamos bajo bendición, que somos libres y que hemos sido vivificados por el Espíritu Santo.

¿Y qué tiene que ver el Espíritu Santo en todo esto? Mucho, porque la salvación la planeó el Padre y la ganó Cristo para nosotros, pero el que la aplica a cada ser humano es el Espíritu Santo. Sólo podemos dejar la Ley y vivir en la Gracia cuando somos renacidos y guiados por el Espíritu Santo. Es por esa razón que Gálatas 5:18 dice que si somos guiados por el Espíritu Santo ya no estamos bajo la Ley. Y el Espíritu Santo no nos ha hecho perfectos, sino que nos está perfeccionando cada día. Y tengamos presente que al cielo llegaremos sin terminar el proceso. Sí llegaremos siendo justificados por la fe en Cristo, pero no siendo perfectos. En el cielo es donde seremos completamente santos, pues sin esa santidad nadie verá al Padre.

De manera chicos que la Ley vino básicamente para cuatro cosas: Para que conociéramos lo que agrada a Dios. Para que conociéramos el pecado o nuestra incapacidad de agradar Dios. Para llevarnos a Cristo quien es el único que ha cumplido la Ley, y a favor nuestro. Y para llevarnos al Espíritu Santo, quien es el único que, después de salvarnos, nos puede ayudar a vivir día a día agradando al Padre”.

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A la disciplina, di sí.

(Hebreos 12:5-13).

Dios, como padre amoroso y perfecto que es, está interesado en nuestro bien, en nuestro desarrollo espiritual saludable y en nuestra maduración, al punto de hacernos partícipes de su santidad. Y dentro de su labor educativa una de las herramientas que deberá usar es la disciplina, la corrección sabia y oportuna con el propósito terapéutico de sacarnos del error.

Es por ello que el autor de la epístola a los Hebreos en la Biblia insta a sus lectores a no desmayar cuando son disciplinados por Dios, pues dicha disciplina no es para mortificar, para destruir o para desahogar la ira de un papá neurótico, sino para nuestro bien.

Las correcciones divinas son para evitarnos dolores futuros, para evitarnos dañar a otros, para evitar dañarnos a nosotros mismos y para ponernos en la senda en la cual podamos cosechar mayores bendiciones.

Es verdad que en el momento que se vive la disciplina ésta no es placentera, pues puede comportar pérdidas materiales, enfermedades o carencias, pero debemos asumirla con paciencia, porque una buena actitud hacia ella nos la hará mucho más llevadera.

Consideremos por eso los siguientes puntos positivos sobre la disciplina:

  1. Si Dios nos disciplina es porque somos sus hijos legítimos, en cambio, si no lo hace, debería asustarnos el que él nos tenga por bastardos.
  2. Si Dios nos disciplina es porque nos ama, de otra manera él sería un papá irresponsable al que no le importamos en absoluto.
  3. Si Dios nos disciplina es porque nos sigue educando para lo mejor, pensando en nuestro bien y no en nuestro mal.
  4. Si Dios nos disciplina es porque nos está evitando meternos en líos futuros donde perjudicaremos a otros y nos dañaremos a nosotros mismos.
  5. Y si Dios nos disciplina es porque nos está pasando por un periodo de siembra, del cual, sin lugar a dudas, saldremos a cosechar abundantes frutos. Podemos ver entonces a la disciplina como un buen negocio que trae altísimos rendimientos.

Alégrate de la disciplina. A la disciplina, di sí. Porque la única forma de librarte de ella es, o que seas totalmente perfecto, o que no seas un hijo de Dios. ¡Ánimo, tu Papá te ama!

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Mirar y hasta admirar, pero no codiciar.

(Job 31:1).

Job, conocido como el santo sufriente, es el personaje que da título al primer libro de la Biblia en escribirse, aproximadamente en el 1900 a.d.C. En su época este patriarca llegó a ser considerado tan rico y tan justo que Dios debió salvarlo de los peligros del orgullo y la autosuficiencia. Y lo logró, permitiéndole al mismo diablo que lo hiciera pasar por severas pruebas, las cuales también lo enriquecieron mucho más.

En lo espiritual, Job llegó a conocer personalmente a Dios, de quien sabía sólo de oídas, y a recibirlo como su Señor y Salvador, reconociendo que su propia justificación por obras era insuficiente para salvarse y que por ello necesitaba la justificación de Dios. Y en lo material, llegó a tener el doble de bienes que tenía antes, además de una hermosa familia y larga vida.

De este Job también podemos aprender un secreto para mantener la integridad en materia de pureza sexual: hacer pacto con los ojos. Job en el capítulo 31 versículo uno de su texto menciona que hizo un pacto con sus ojos, el cual consistía en negarles hacer miradas codiciosas o lujuriosas a chicas jóvenes y atractivas.

Este Job debería de darnos unas muy buenas conferencias hoy en día a todas las mujeres y hombres que nos enfrentamos al bombardeo constante de imágenes sensuales. Pues si él tuvo que hacer un pacto con sus ojos en una época en el oriente donde poco se veían mujeres en la calle y las pocas que se veían estaban más tapadas que una lata de sardinas, qué podremos decir nosotros. Pues en nuestro caso nos chocamos con escenas de hombres y mujeres semidesnudos y altamente atractivos en las imágenes de la televisión y el cine. También con fotos provocadoras en las vallas de la calle, en los kioscos del periódico, en internet, en las paredes de los talleres del zapatero y el mecánico y hasta en los revisteros de la caja del supermercado.

Es inevitable, no hay manera de escapar. Hombres y mujeres somos víctimas de la sobre estimulación. Y no se nos presentan hombres y mujeres normales, sino modelos perfectos en sus facciones, curvas y músculos. Algunas señoras en el shopping necesitan hasta chuzar con la uña o pellizcar para ver si lo que tienen en frente es un maniquí o un ser humano con músculos de verdad.

Y es aquí donde Job tendría que decirnos: “Puedes mirar, y hasta admirar, pero no codiciar”.

Un consejero moderno lo expresaba de esta manera:

Si mi cuerpo reacciona químicamente ante el estímulo, si siento gratificación, o si las fantasías comienzan a asomarse y me hago una película en la mente, entonces huyo o perezco. Porque soy cristiano, no un gay, ni un santurrón, ni un ciego, ni un hipócrita”.

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