No es cuánto caes, sino a dónde te manda el rebote.

(1 Juan 2:1).

Es automático, el niño se cae y de inmediato sale llorando y buscando los brazos de su padre. Él no se pone a pensar cómo lo va a juzgar su progenitor, ni si lo va a rematar como castigo por su imprudencia. Él lo que requiere es su consuelo, su beso sanador. El niño sabe interiormente que aunque su accidente pudo ser por desobediencia, ese acto, que fue malo, ni fractura la relación padre e hijo ni lesiona el amor que los une a los dos.

¿De dónde viene entonces la idea de que cuando un cristiano tropieza se esconde de Dios, no se atreve a orar, ni a leer la Biblia y menos a congregarse? ¿Acaso cuando alguien se enferma le huye a los doctores y siente vergüenza de ir al hospital? Claro que no. ¿Por qué entonces nos escondernos de Dios cuando más lo necesitamos?

El problema no es nuevo, es tan antiguo como el hombre, pues el mismo Adán se le escondió a Dios después de que pecó. Lo que sucede es que el pecado trae como consecuencia vergüenza, temor por el castigo, frustración, culpa. El pecado produce un corto circuito en la comunión con Dios. Pero entiéndase algo, aunque la comunión se rompa, la relación no. ¿Y qué quiere decir esto? Que aunque el pecado en que incurre un cristiano traiga ligados muchos sentimientos negativos y produzca lamentables consecuencias que se pudieron evitar, no por ello, jamás, provocará el que Dios deje de ser su Papá, o él deje de ser su hijo, y desaparezca el amor que los une a ambos.

Un padre se puede enojar con un hijo que está llorando por haberse tropezado en un acto flagrante de desobediencia, pero no por ello deja de ser su hijo ni deja de amarlo. Lo ama, sigue siendo su hijo, y es por ello que lo consuela, lo cura y lo reconforta. Aunque después vengan las medidas disciplinarias. Pero la disciplina no es porque lo odia y quiere destruirlo, sino porque lo ama y desea cuidarle y evitarle futuros males y dolores.

El apóstol Juan escribió en la Biblia:

“Hijitos amados, estos consejos que les doy es para que no pequen, no lo hagan por favor. Pero si llegan a meter la pata y se dan su buen golpe, jamás se olviden de que Papá Dios es papá, no un juez histérico y tirano. Y como buen Padre hasta les ha provisto un abogado defensor llamado Cristo”.

Si has tropezado, ¡Levántate! ¡Acércate a Dios! ¡Basta de lamentarte y atormentarte con vanos y malos recuerdos! ¡Deja el lloriqueo y el despertar lástima! No pienses más en cuánto caíste, sino a dónde irás a rebotar. A dónde te mandará esta experiencia. Qué buenas y valiosas lecciones aprendiste y cómo las vas a aprovechar para labrarte un mejor futuro.

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“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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Las marcas imborrables de los padres.

(Efesios 6:4)

Mi madre me enseñó lo que es un trabajo bien hecho: “si se van a matar háganlo afuera que acabo de limpiar”. Mi madre me enseñó espiritualidad: “mejor reza para que esta mancha salga de la alfombra”.  Mi madre me enseñó lo que es la ósmosis: “cierra la boca y come”. Mi madre me enseñó meteorología: “parece que un huracán pasó por tu cuarto”.

Mi madre me enseñó mesura: “Ya te he dicho un millón de veces que no seas exagerado.” Mi madre me enseñó el ciclo de la vida: “te traje a este mundo y te puedo sacar de él”. Mi madre me enseñó a ser ventrílocuo: “cállate y dime por qué lo hiciste”. Mi madre me enseñó ortodoncia: “me contestas y te estampo los dientes en la pared.”

Sí, se puede aprender mucho de los padres. Y algo que nunca se puede dejar de ver son las marcas que dejan de por vida en sus hijos. No las cicatrices de un abuso físico, sino las de un abuso verbal y psicológico. Padres y madres que profetizaron sobre sus hijos maldiciones: “Ya te veré llena de hijos y sufriendo y arrastrándote”. “Un bueno para nada, eso eres, un inservible”. “Tú fuiste mi peor error, no sé para que te traje a este mundo”. “Igualito a tu padre, así tenías que salir, miserable, mala clase.” “Igualita a tu madre, así saliste, rebelde y sinvergüenza”. “Jamás, óyeme bien, jamás, nunca en la vida vas a poder prosperar, toda la vida vas a ser un arrancado muerto de hambre”.

Maldecir no es decir “te maldigo”, “maldito seas”, sino proferir sobre una persona malos deseos, declararle un futuro desastroso. Lo contrario es bendecir, o bien decir, que es declarar sobre su vida un futuro lleno de bienestar.

En la Biblia, la bendición de los padres hacia los hijos no era hacer la señal de la cruz con la mano derecha, sino ponerles las manos sobre la cabeza, cuando era factible, e invocar sobre ellos el favor de Dios. Y lo hacían recordándole al Señor promesas de bien que él había hecho a sus antepasados.

Tal vez pienses que tus hijos no son unas joyitas, sino unas espinas, pero aún así tú puedes dejar en sus vidas marcas que los van a acompañar toda la vida, hasta el día de su muerte.

Tú por ejemplo puedes declarar sobre ellos: “tu vida ya está en las manos del Señor, y quieras o no, jamás, nunca, podrás librarte de mi amor y del amor de Dios. Su favor siempre irá contigo. No importa lo que estés pasando ahora, llegarás  a los pies de Jesucristo y serás una persona de éxito”.

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Ganando sin palabra a los que no creen en la Palabra.

(1 Pedro 3:1-2).

Si convencer a alguien para que piense como uno usando meramente palabras es difícil, imagínese cómo será de complicado lograr que una persona no sólo quede convencida, sino que también nos siga. Para ser convincente con palabras hay que saber hilvanar argumentos de manera inteligente. Pero para lograr que nos sigan se necesita algo más poderoso que un discurso, se necesita ser un vivo ejemplo de lo que se dice.

Bien reza un aforismo popular: “si las palabras convencen el buen ejemplo arrastra”. Y es muy sabio, pues la gente quiere ver que lo que decimos con nuestra boca se evidencia en lo que vivimos. Y se podrá refutar un argumento, pero cómo contradecir un buen ejemplo. No hay manera, porque lo dicho se corrobora con hechos, hay una comprobación de lo expuesto.

El apóstol Pedro aconsejando a las mujeres cristianas acerca de cómo lograr que un marido testarudo se convenza de la verdad de la fe en Cristo y crea en él y le siga, les dice que no opten por el camino de sermonearle, de llenarle la cabeza con palabras y argumentos teológicos. Que en lugar de agarrarlo a bibliazos, decidan modelar sus tesis. Que no intenten conquistarlos verbalmente, sino luciendo el cristianismo en sus vidas. Les pide que ganen a sus esposos a la Palabra de Dios sin necesidad de decir palabras. Cosa difícil para una mujer, pero no imposible, puesto que por su diseño cerebral ellas tienden a verbalizar todo lo que piensan y sienten.

Es por ello que hay que predicar al estilo de la reina Esther, quien en su libro de la Biblia no menciona a Dios por ninguna parte, pero sí hizo para Dios su parte. Y libró a la raza judía de un exterminio aberrante.

La meta entonces debe ser no sólo convencer, sino arrastrar, lograr que el no cristiano al ver la veracidad de nuestros argumentos puestos en escena en la vida diaria, se rinda a Cristo.

Esto es predicar sin hablar, cosa muy extraña en los círculos cristianos, pues hemos creído que si no usamos terminología religiosa, sino disparamos unos cuantos versículos y si no decimos unos cuantos amenes y aleluyas, entonces nos estamos avergonzando del Señor y no estamos anunciando su Palabra.

Pero la verdad es que al proceder de manera tan imprudente nos tornamos en fastidiosos e indeseables para los demás. Es mejor que desde hoy decidamos hablar menos, modelar más y ganar más.

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Procesos y sucesos.

 

(Hebreos 6:15; 10:36).

El que espera, desespera, le dijo el abuelito a su nieto después que éste sembrara una semilla y se acostara en el piso boca abajo, con la mirada fija en el pequeño montículo de tierra, de donde su mente infantil suponía que saldría rápidamente una gran planta. Y así nos pasa a los adultos también, de igual forma tenemos ese tipo de suposiciones, queremos ver las cosas hechas de manera inmediata.

Nos hemos acostumbrado al tren bala, al jet, al microondas, al correo electrónico, a la comida rápida, al pago por internet, al café instantáneo y a las lavadoras y secadoras automáticas. Nada que sea de esperar o que sea lento nos agrada. Es por eso tan mortificante sentarse en una sala de espera en un consultorio, a pesar de los cerros de revistas, la televisión y las bebidas que te ofrecen.

¿Y cuándo se va a modernizar Dios e instalará los servicios de “Oración Express” y “milagros online”? Una versión actualizada para estos tiempos de las mismas oraciones y milagros que lograran personajes de la Biblia como Abraham, Jacob, Moisés y David. De esa manera si Abraham orase en tres minutos pidiendo un heredero, lo obtendría en 24 horas y no en 25 años.

Jacob, con una oración de 60 segundos, recibiría al momento una linda Raquel, en lugar de trabajar 14 años por ella. Moisés, con una oración de 120 segundos, podría entrar a la tierra prometida en cuestión de horas en cómodos coches cama, en lugar de tardarse 40 años y morirse a la puerta, viendo el lugar pero sin poder pasar.

Con este mismo servicio, hoy en día, el joven David oraría y grabaría un salmo en MP3 en cuestión de segundos y llegaría al trono de Israel llevado en un carro de bomberos desde su casa en Belén hasta Jerusalén, en lugar de esperar hasta los 30 años y tener que aguantarse las persecuciones de Saúl.

¿Pero sabes algo? Dios no va a instalar esos servicios simplemente porque en nuestra impaciencia se nos antoja que así sea. El Dios nuestro, el de la Biblia, es un Dios que sigue procesos para que se vean sucesos. Es el que hace el mundo en seis días y descansa uno.

Que espera hasta que Cristo cumpla 33 años en lugar de sacrificarlo a los 15. Que primero da una ley durante 1500 años, a través de Moisés, y luego, después que demuestra que nadie puede cumplirla y salvarse por medio de ella, envía a su Hijo como Salvador y a su Gracia como medio de salvación.

Este Dios es inmutable, no cambia, por eso es mejor que aprendamos paciencia, porque con paciencia y fe podremos vivir los procesos que Dios quiere que vivamos y, de esta manera, ver sus grandes sucesos.

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Un resucitado nunca se queda a vivir en la tumba.

(Juan 11:17-44).

Seguramente has escuchado historias de personas que clínicamente estuvieron muertas y luego volvieron a la vida. Y resulta interesante oírles contar sus experiencias y el cómo el espíritu se les salió del cuerpo y quedó flotando en el techo. Y veían a los médicos, abajo, tratando de revivir sus cuerpos sin signos vitales. Otros aunque técnicamente no murieron si estuvieron tan cerca de fallecer, en un accidente o por una enfermedad letal, que sintieron que volvieron a la vida.

Y un factor común en la experiencia de todos es el hecho de que después de ese evento, sus vidas ya no volverían a ser las mismas. De ahí en adelante tomarían mayor aprecio por cada día que Dios les concedería de existencia.

Qué bueno hubiese sido organizar una rueda de prensa con Lázaro, el amigo de Jesús al cual Él resucito después de cuatro días de muerto. Por lo menos 10 preguntas le habría hecho para el “Telenoticiero Jerusalén”. Imagínense a este hombre relatando paso a paso cómo falleció, a dónde fue, que vio y oyó, cómo escuchó la voz de Jesús ordenándole salir. Explicando igualmente cómo pudo levantarse y caminar si estaba envuelto como una momia, si el olor a difunto despareció o debió ser desodorizado, cómo veía la vida terrenal después de ese evento, si le tocó devolver el dinero del seguro y qué planes hizo para el futuro antes de fallecer otra vez.

Por supuesto que en ese tiempo no había televisión ni compañías de seguro, eso es fantasía, pero lo que sí es real es la resucitación de Lázaro. Y hay que decir resucitación y no resurrección, pues en teología se hace la diferencia. La resucitación es la de aquellas personas que vuelven a la vida terrenal pero luego fallecen otra vez. La resurrección, como la de Cristo, es aquella donde se fallece, se vuelve a la vida y ya nunca más se muere, por recibirse un cuerpo glorificado.

Volviendo al relato de la resucitación de Lázaro, es clave analizar los verbos que describen las acciones de Jesús frente a la tumba:

Lloró (el pesar de Dios por quien ama y ve en mala situación). Quitad la piedra (Dios remueve  los obstáculos de la persona que ama). No te he dicho que si crees, veras (Dios motiva a la fe a quien ama). Padre, gracias te doy (el Hijo obra en la voluntad del Padre, no en la suya, y así, en el Poder del Espíritu Santo, glorifica al Padre).  Lázaro, ven fuera (Dios nos llama con nombre propio a dejar la muerte y a recibir su vida). Desatadle (Dios ordena que el resucitado sea ayudado a renunciar a la tumba, a la podredumbre de su antigua vida, a los olores fétidos y a las ropas de muerto). Y dejadle ir (Dios nos insta a que dejemos vivir al resucitado una nueva vida en Cristo, en libertad, en lugar de ponerle nuevas ataduras tales como el legalismo o la religiosidad).

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La divina póliza preventiva de accidentes.

(Salmos 91:11-12).

Gozar de la protección de Dios no es una licencia para buscar los más osados peligros y trasegar descuidadamente por la ruta de la irresponsabilidad. Sí, el Señor ha prometido cuidarnos y enviar a sus ángeles como custodios para que nos libren de toda clase de amenazas y allanen nuestro camino para que no suframos daño.

Pero ello no significa que podamos tentarlo buscándonos problemas y arriesgándonos innecesariamente para pretender que Él llegue, cual súper héroe de televisión, y nos rescate en sus brazos.

Tal fue la tentación del Diablo a Jesucristo. Le dijo que se tirara de cabeza desde el pináculo del templo, puesto que el Salmo 91 dice que Dios mandará sus ángeles para que nos cuiden y no nos lastimemos. La respuesta de Jesucristo también fue usando la Biblia: “no tentarás al Señor tu Dios”.

Satanás, para sorpresa de muchos, se sabe la Biblia, aún llega a predicarla, pero usando todo texto fuera de contexto para volverlo pretexto. Dicho de otra manera, usa la verdad para encubrir una mentira. Toma la mentira, le da un barniz de verdad y la presenta como verdad.

Él no predica la verdad, sino la mentira disfrazada de verdad. Usa la verdad para manipular y engañar, la acomoda de acuerdo a sus intereses y no de acuerdo a los intereses de Dios.

Jesús, en cambio, toma el texto dentro del contexto para evitar el pretexto. Usa la verdad para bien, no para mal, la aplica de acuerdo a los intereses de Dios y no de acuerdo a intereses egoístas. Él nunca usaría versículos para sacarle dinero a la gente, para ejercer dictaduras religiosas o para tentar a Dios.

Y claro que sabía que si se tiraba desde el templo, Dios enviaría ángeles para sostenerlo justo antes de estrellarse contra el piso, pero, ¿era esa la voluntad del Padre?

¿Le pidió el Señor subirse a esas alturas donde se sufre de vértigo y donde es resbaladizo, sólo para ver cómo cae y cómo los ángeles lo rescatan? Rotundamente no. Además, si tuviera que tirarse de cabeza para ver si Dios y sus ángeles lo preservaban no estaría demostrando fe, sino duda.

Cree que Dios y sus ángeles te van a cuidar siempre, en todo lugar y tiempo, pero no debes tentarle y asumir riesgos tontos.

Desde la copa del árbol, el sabio búho Antón, instó a los animales del bosque a escuchar su razón: “Vive tranquilo como si fueras don León, pero sé tan precavido como lo es el señor Ratón”.

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Cambia de aspiraciones o te mueres.

 Adicto

(Juan 8:31-32; Efesios 5:18).

La historia de Christian es la misma de millones de jovencitos que un día decidieron dar la probadita de las drogas sin saber que se embarcaban en un viaje sin retorno. La falsa filosofía de que hay que probar de todo en la vida es un terrible engaño, pues eso es lo que el distribuidor de drogas necesita, que el cliente potencial sólo le dé una probadita, una nada más, eso es todo.

Es por ello que insisten tanto en que el bobito de turno les reciba la primera dosis. Incluso están dispuestos a regalársela. Y hasta le encimarían un premio con tal de que se las reciba. Es allí donde las influencias juegan un papel clave, pues una chica bien hermosa, o un muy buen amigo, son los instrumentos ideales para convencer al que aún está dudoso. Y una vez que el incauto dio la probadita, listo, la misión se cumplió, ya fue esclavizado, porque de ahí en adelante su mismo cuerpo se encargará de exigirle más y más y más droga.

¿Y cómo conseguirla? Como sea, robando, prostituyéndose, o vendiéndola. Al fin y al cabo ya es un esclavo, aunque no lo admita. Afortunadamente para Christian su destino dio un giro de 180 grados el día en que se topó con un personaje que pudiera parecer cualquier malandrín, menos un predicador.

El joven se le acercó y le invitó a darse unos “pases”, que es como le llaman los adictos a consumir una dosis de cocaína. Pero cuando estaban en la parte más escondida de un parque, el casual amigo sacó de su chaqueta de cuero un celular y con toda parsimonia abrió la aplicación de la Biblia Electrónica y leyó:

“Jesús se dirigió entonces a los judíos que habían creído en él, y les dijo: Si se mantienen fieles a mis enseñanzas, serán realmente mis discípulos;y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres”.

Luego le explicó que el Espíritu Santo es un ser real, sólo que es espíritu. Y que en el griego del Nuevo Testamento se le llama el “Pneuma” de Dios, lo cual significa soplo, aire, viento.

Por ello al médico especializado en los pulmones se le llama neumólogo. Y a las gomas de los autos se les llama neumáticos, por estar llenas de aire. Aspirar al Espíritu Santo en una buena dosis, cada día, y gratis, es la mejor adicción que alguien pueda tener, ya que no te mata, sino que te da vida, y vida eterna.

De esta manera Christian llegó a Cristo y pudo ser libre de su vicio. Y hoy, con la misma estrategia, él está rescatando a otros chicos.

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¡Tira la vaca al precipicio!

 

(Romanos 8:28).

Un maestro y su discípulo pasaron la noche en la casa de una humilde familia campesina, la cual, a pesar de sus pocos recursos, supo ser una muy buena anfitriona. A la mañana siguiente, después del desayuno, cuando los visitantes se aprestaban a despedirse, el maestro le preguntó al jefe del hogar cómo les estaba yendo, y éste le respondió que aunque no eran ricos, él, su esposa y sus dos hijos, no habían perecido de hambre gracias a una vaca que tenían.

La leche que producía la vendían en el pueblo junto con la mantequilla y el queso que también preparaban. Y con el dinero que recibían podían comprar las demás cosas que les eran necesarias.

Al despedirse de la familia y yendo por el camino el maestro le dijo al discípulo:

–         ¿Te has fijado en lo descuidada que está la casa, lo mal vestidos que están los niños, cómo la hierba ha crecido y el campo está sin labrarse? Ahora mira esa vaca, es el único sostenimiento que tienen. Tómala y tírala por el precipicio.

–         ¡Pero maestro! No, por Dios, cómo vamos a hacerle eso, si esa vaca…

–         No discutas, ve y haz lo que te he dicho.

Pasaron algunos años y el antiguo discípulo, convertido ahora en un nuevo maestro, pasó por el mismo sitio. Sólo que esta vez notó que en lugar de la casucha fea y vieja ahora había una vivienda grande y muy bonita, con varios autos estacionados afuera. Los campos estaban sembrados y había muchos animales en los corrales.

Se sintió peor que en todos los años anteriores cuando recordaba que él, por instrucción de su maestro, había matado la única vaca de esos campesinos. Temiendo lo peor tocó a la puerta para preguntar si sabían algo de los antiguos dueños. La sorpresa fue grande cuando la misma familia lo recibió. No lo podía creer. ¿Qué había pasado?

–         Verá, cuando se murió nuestra vaquita mi esposa y yo decidimos buscar otros ingresos. Yo me puse a cultivar la tierra y mi esposa a coser para la gente del pueblo. Hoy en día ella es la dueña de una próspera fábrica de ropa y yo he hecho de esta tierra una moderna y productiva hacienda con animales y maquinaria. Mis hijos fueron a la universidad, se casaron y hoy nos están visitando con nuestros nietos. ¡Dios nos ha bendecido! Después de la vista de ustedes, comenzamos a prosperar. Y todo se inició con la muerte de la vaca. Fue una oportunidad disfrazada de desgracia.

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¡Camina! Y si tropiezas, levántate y sigue caminando.

 

(Romanos 8:15-17; Gálatas 4:6-7; 1 Juan 3:1).

–         Doctor, le pedí a la enfermera que lo llamara porque es muy feo lo que le ha pasado a mi bebé, es terrible, usted debe entender que como madre primeriza que acaba de dar a luz deseo lo mejor para mi niño, para mi esposo y para mí. Y la verdad es…

–         Señora, estoy al tanto de lo que ha sucedido, pero entienda usted también, esto es algo normal, es parte de la naturaleza, es inevitable, y como madre usted debe estar preparada para asumirlo. Así es la maternidad, tiene su lado amable y su lado…

–         No, doctor, yo no puedo aceptar esto. Mi bebé estaba hermoso, rosadito, oliendo delicioso, vestidito con su ropita nueva que le compró la abuela y de repente…

–         Sí, sí, lo sé, lo sé. Mire, convénzase de algo, la maternidad es para toda la vida, y esto que ha pasado es algo insignificante. Es más, le aseguro que en cuanto su hijo crezca un poco, el percance de hoy desparecerá, ya usted no tendrá que lidiar con eso. Aunque sí tendrá otro tipo de percances que deberán ser manejados con cuidado y mucho amor. Un hijo es para toda la vida, tanto cuando está lindo para la foto como cuando está sucio y mal oliente. No dejamos de amarlo porque se ensució o hizo lo desagradable para nosotros, sencillamente lo limpiamos y le enseñamos lo correcto.

–         ¿O sea que ni usted ni nadie me puede prometer que un hijo no se ensuciará otra vez?

–          Es correcto. Y el hecho de que hoy tu bebé, delante de todos tus familiares y amigos, te haya orinado en la cara, te haya ensuciado hasta el cabello con sus heces y haya dejado un mal olor en todo el cuarto, sólo demuestra que es un niño. Eso es todo. No hay porque armar una tormenta en un vaso de agua. Además, cuando él madure ya no presentará este problema de no controlar sus esfínteres, sino que deberá enfrentar otro tipo de problemas, que igual tú y tu esposo le van a ayudar a resolver.

La anterior historia es mera ficción, elemental e irreal, pero ilustra una verdad bíblica: “Cuando eres hijo de Dios lo eres siempre, limpio o sucio. En el acierto o en el yerro. En obediencia o en desobediencia. En el gozo de la bendición o en la aflicción de la disciplina. Dios no está jugando a ser Papá. Él ha tomado su paternidad de manera muy seria y real. Dios te ama y te cuida. Además te conoce muy bien. Y a pesar de conocerte te ha recibido con todas tus imperfecciones y seguirá trabajando en tu vida para perfeccionarte”.

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¡Dios, guarda al infidente! … pero por favor, donde no lo encuentre nadie.

 

(Proverbios 11:13; 18:8; 20:19).

Un confidente es una persona en la que se deposita confianza, a la que se le puede contar cualquier secreto con la absoluta certeza de que no lo va a divulgar. No importa si algún día se enoja y arguye que ya no es nuestra amiga, lo que se le dijo a puerta cerrada permanecerá seguro.

Por el contrario, un infidente es al que no se le puede confiar nada, pues se muere de las ganas por contarle a todo el mundo nuestras intimidades. Es como si llevaran en sus frentes el letrero de los estudios fotográficos: “Aquí revelamos todos sus rollos, pase”.

Claro está que los chismosos han refinado sus técnicas y ya no ofrecen una imagen repulsiva, sino que se presentan como unas mansas palomitas. Ellos nunca dirán: “Oye, acércate un poquito que no me aguanto las ganas de contarte algo que me dijeron de cierta persona”.

No, más bien, con toda fineza, lo expresarán más o menos así: “Mira, a mí no es que me guste estar divulgando asuntos privados de otros, pero, debido al cariño que siento por la persona de la que te voy a hablar, y gracias a la confianza que te tengo, me gustaría comentarte un asuntito un tanto delicado, no para hacer chisme, sino para que me ayudes a orar y veas de qué manera el Señor te guía a bendecir a este individuo. Sucede que…”

Y como dice la Biblia en Proverbios, el chisme servido de esa manera, con esa apariencia y suavidad, se vuelve un bocado tan apetitoso que uno termina tragándoselo. Y lo hacemos sin darnos cuenta de que ya caímos en la trampa y terminamos inmiscuidos en una red de “lleve y traiga” que no tiene fin y que enreda a propios y extraños.

¡Qué horrible es el chisme! ¡Y qué fácil que caemos en él! Y no es que salgamos a la calle a buscar las informaciones, sino que éstas últimas noticias de nuestros amigos nos llegan hasta la puerta de la casa, sin que las hayamos invitado.

¡Huyamos del chisme! Propongámonos decirle a la persona que nos está compartiendo asuntos privados de otra que preferiríamos no ser partícipes de ese comentario. Y que si requiere oración por dicha situación, con gusto intercederemos sin necesidad de saber detalles que ya Dios conoce.

Puede ser que el infidente se sienta molesto, pero le estaremos huyendo a futuros problemas y demostrando que somos confiables. Los secretos de los amigos no los compartamos con otros, aunque dejen de ser amigos. ¡Demos una lección de lealtad!

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