Abuelito dime tú.

 

(Juan 3:16; Juan 17:15; Santiago 4:4; 1 Corintios 10:12)

–         Abuelito, la verdad es que me confundo con esto del cristiano y el mundo. Unos dicen que no debemos estar en el mundo y otros que sí, porque somos testigos de Dios en él. La Biblia dice que no debemos amarlo, pero también menciona que Dios amó al mundo y dio su vida por él. ¡Qué enredo! Abuelito, dime tú, ¿qué entiendes?

–         Nietecita, voy a tratar de ser muy breve y didáctico, así aclararás estos conceptos de la manera más sencilla posible. Cuando la Biblia dice que Dios amó al mundo se está refiriendo a su gran amor por el ser humano, a quien ama profundamente, aunque aborrece el pecado de ese ser humano. Y cuando la escritura dice que no amemos al mundo no se refiere a las personas, sino al sistema de vida que ha desechado a Dios. El mandato de Cristo es amar al prójimo, sin necesidad de amar las obras perversas del prójimo. Y aunque los cristianos no pertenecemos al mundo sino que pertenecemos al Reino de Dios, sí tenemos que permanecer en el mundo. Y debemos estar en él como dos elementos, como la sal y como la luz. Como la sal porque evita la corrupción de ese mundo. Y como la luz porque alumbra las tinieblas de ese mundo.

Aprendamos la lección del barco, que fue hecho para estar en el mar, no en el muelle, pero cuidándose de estar sobre el mar, y no que el mar esté dentro de él, porque si no se hunde. El cristiano sí debe estar en el mundo, pero jamás permitir que el mundo esté en él, dentro de su corazón. Por eso Cristo le pidió al Padre que no nos quitara del mundo, sino que nos guardara del mundo.

A Jesús lo criticaron los religiosos de su tiempo por andar con publicanos y pecadores, pero Él no andaba participando de sus fechorías, sino llevándoles la luz a su oscuridad y salvando sus almas. Y quienes lo criticaban y se guardaban de no andar con tales personas, no tenían la pureza espiritual de Jesús que sí andaba con ellas. Esos eran sólo unos fanáticos religiosos que se ufanaban de su apariencia de santidad.

Nietecita, el peligro que debes evitar siempre al estar en el mundo es contaminarte con el mundo, por eso, si quieres estar firme, mira que no caigas, cuídate. Si ves que puedes darle la mano a una persona en un foso y sacarla, hazlo. Pero si ves que la persona es muy pesada y te va a arrastrar a ese foso, ve por ayuda.

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Se puede embriagar, pero no enloquecer.

(Efesios 5:18, Gálatas 5:22-23).

Rodrigo recuerda que cuando se emborrachó leyó en un letrero que se vendían madres sin sentimiento y que después llegó a tocar a la puerta de una casa y a hacer muchas preguntas sobre los que vivían allí y si la dirección que buscaba era la correcta, hasta que la persona que le abrió le dijo:

“Ya papá, ya no molestes más y éntrate a dormir. Y allí no dice que se venden madres sin sentimiento, allí dice que venden madera, zinc y cemento. Vamos Papá, ya quedaste otra vez sin un centavo y más enfermo que antes.”

El que se embriaga con licor pierde el juicio y no es dueño de sus actos, puesto que la bebida que llega al vientre pasa al torrente sanguíneo y luego al cerebro donde altera la percepción y la capacidad de razonar inteligentemente. A diferencia de embriagarse con vino embriagarse con el Espíritu Santo, llenarse de él, hace mucho más inteligente a la persona, pues su cerebro es dirigido ya no por una sustancia psicoactiva, sino por Dios mismo. Y como fruto de estar bajo el control del Espíritu Santo el individuo manifiesta una maravillosa transformación del carácter.

El fruto, no los frutos, sino el fruto de esa llenura espiritual, es tener nueve virtudes en sí mismo, las cuales son: el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y la templanza. Estas nueve características de estar llenos, embriagados del Espíritu Santo, se han dividido a su vez en tres grupos de tres componentes cada uno.

En el primer grupo están el amor, el gozo y la paz. Estos tres se experimentan interiormente y se manifiestan exteriormente hacia el prójimo y hacia Dios. Los tres que se evidencian en el trato hacia el prójimo son los del segundo grupo que lo conforman la paciencia, la benignidad y la bondad. Y los últimos tres que se evidencian en la relación hacia Dios están en el tercer grupo que lo conforman la fe, la mansedumbre y la templanza.

Y es importante hacer notar que la Biblia es muy clara al advertir que cuando una persona está embriagada del Espíritu Santo no pierde su personalidad ni sus capacidades de razonar y decidir. En otras palabras, el Espíritu Santo no robotiza a nadie, sino que lo inspira y guía para que todo lo que piense, haga y diga sea con decencia y orden. No hay excusas para que un cristiano incurra en extravagancias y luego se las achaque a la unción. Eso no es verdad.

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Mamá, qué sería lo que tenía el flaco.

 

(Colosenses 3:19).

Con la revista sobre la mesa y observando la foto en blanco y negro que ocupaba media página, Luisa le pregunta a su mamá que tenía de especial ese hombre a quien ella veía tan poco atractivo pero que había hecho suspirar a muchas mujeres de su época en tantos países.

–         De veras que no entiendo. Estoy leyendo la biografía de este señor y dice que tuvo diez esposas en su vida, sin contar todas aquellas con las que sostuvo romances. Inclusive la diva del cine mexicano, María Félix, quien también tuvo varios maridos, fue una de esas diez y confesó en su autobiografía que ningún hombre la había hecho tan feliz como ese hombre al que ella veía como un atractivo canalla. ¡Esto es muy raro! ¿Cómo pudo este flaco y feo, que parece un naufrago recién rescatado, con esa cicatriz que le cruza media cara, con esas facciones toscas, con esa vocecita ronca y nasal, con ese nombre tan largo y feo, con ese terrible pasado de pobreza y con la fama de haber hecho su carrera en cabarets y casas de lenocinio, haber cautivado no sólo a las chicas americanas y europeas, sino a los hombres que se hacían sus seguidores? Imagínate que este señor se llamaba Ángel Agustín Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón Lara y Aguirre. ¡No puede ser! ¡Parece un chiste! ¿Qué crees?

–         Bueno hija, la verdad es que él no fue de mi época, pero su música sigue sonando todavía por todas partes. Ese flaco feo que ves allí fue el famoso Agustín Lara, el compositor mexicano de éxitos como: “María Bonita”, “Solamente una vez”, “Noche de ronda”, “Granada” y 403 canciones más que acuñó hasta 1970, cuando murió. Y aunque la vida de este señor no es propiamente un modelo a seguir por cualquier joven, hay algo que vale la pena destacar en él y que responde a tu pregunta acerca de qué podía haber en él que hiciera suspirar a las mujeres. La respuesta es sencilla: su romanticismo. Eso es algo muy difícil de encontrar en un hombre, y no porque no sean románticos, sino porque no dejan que ese romanticismo les fluya, se sienten ridículos cuando lo son. Y ese romanticismo es lo que hace suspirar a cualquier mujer, aquí y en la china. Un hombre inteligente, se admira. Un hombre bonito, te atrae. Un hombre adinerado, te llama la atención. Un hombre espiritual, se sigue. Pero un hombre romántico, te hace suspirar.

¡Hoy es el día para recordar que debemos ser hombres fieles, de una sola mujer, y que Dios nos manda a amar a nuestras esposas con mucho, mucho romanticismo, ellas lo necesitan!

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Yo perdono, pero no olvido.

(Mateo 6: 14-15; Hebreos 10:17-18).

El perdón es un ejercicio espiritual que debemos practicar todos los días. ¿Y por qué? Porque los humanos somos imperfectos y fallamos. En las personas no cristianas el errar es la cosa más normal del mundo, pero en los cristianos, aunque también se yerra, dichos fallos presentan algunas diferencias.

La primera de ellas es que tenemos conciencia de que hemos fallado. La segunda es que dichos yerros se dan mientras vamos caminando hacia la perfección, son tropiezos durante el proceso. La tercera es que el pecado ya no se enseñorea de nosotros, pues aunque incurrimos en el pecado eventualmente ya no lo practicamos como estilo de vida. La cuarta es que Dios nos trata como a hijos y no como a enemigos, por ende nos disciplina, pero no nos retira la calidad de hijos, es más, el sólo hecho de disciplinarnos ya nos da a entender que somos hijos y no bastardos.  Y la quinta diferencia es que existe para el cristiano el arrepentimiento, lo cual nos permite apartarnos del mal, confesar el pecado y recibir un perdón perfecto.

¡Cuántas veces desearíamos echar las manecillas del reloj hacia atrás para no haber hecho lo que hicimos! ¡Oh, cuánto dolor y vergüenza nos evitaríamos! Pero como no lo podemos hacer entonces echemos mano de la buena noticia del perdón, que es el recurso de borrar y olvidar, puesto que perdonar es cancelarla una deuda. Cuando Dios nos perdona se olvida. Él sufre de “amnesia voluntaria”, decide nunca más recordar algo de lo cual nos hemos arrepentido.

Para aquellos que dicen que perdonan pero no olvidan, hay que advertirles que se contradicen, pues perdonar es olvidar, es cancelar una deuda. ¿Cómo puede decir una persona que perdonó una deuda pero que no va a expedir un paz y salvo sino que va a conservar el pagaré para cobrarlo en cualquier momento? Si ya perdonó la deuda es porque la considera pagada, ¿cómo entonces va a cobrar algo que ya se le pagó? Eso es ilegal.

Y si Dios nos perdonó a nosotros también nosotros debemos perdonar a los que nos ofenden. Ya basta de hacernos las víctimas y guardar feos recuerdos de otros para exhibirlos cada que nos dé rabia. Perdonar es olvidar y punto. Y ese olvidar no significa literalmente que el recuerdo se borró de nuestra mente, sino que ya no pensamos en él, ya no nos duele, ya quedó sepultado.

Basta también de estar sintiendo pena o vergüenza por lo que alguna vez hicimos. Más bien mostremos nuestro arrepentimiento pensando en que si esas circunstancias horribles se nos volvieran a presentar jamás actuaríamos de la misma manera.

Y si el diablo quiere usar a alguien para sacarnos los “trapitos al sol” hagamos tres cosas: Primero, alabemos a Dios por su perdón, porque Él olvidó nuestro pecado. Segundo, pidamos por la salud de quien nos está evocando malos recuerdos, ya que esa persona está haciendo algo ilegal y se expone a un peligro al revolver basura. Y tercero, perdonémonos a nosotros y no nos martiricemos con pensamientos putrefactos. ¡Somos dichosos al ser perdonados!

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¿Será pecado disfrutar de los placeres de la vida?

 

(Eclesiastés 5:18-20; Romanos 14:17).

 ¿Todos los placeres son malos o pecaminosos? ¿Disfrutar del matrimonio, del trabajo, del estudio, de la belleza de la naturaleza, de orarle y cantarle a Dios, de mejorarle la vida a un ser humano, de los hijos y de la vida, serán pecado? ¿Si alguien se propusiera pasarla bien en su vida a pesar de las adversidades, estaría en pecado?

Se cuenta la historia de un pastor cristiano en un país escandinavo que llegaba los domingos a la iglesia patinando sobre sus esquíes, ya que la nieve era demasiada y él no contaba con uno de los típicos trineos tirados por perros. Debido a que el patinar sobre el hielo era considerado en esa cultura como una diversión, se desató una polémica entre la feligresía sobre si era correcto o no que en el día del Señor el pastor esquiara. Finalmente los ancianos de la congregación luego de debatir el asunto llegaron a una conclusión que comunicaron al ministro:  

“Pastor, usted bien sabe que el esquiar es considerado un acto de placer y no está bien que lo haga en el día del Señor. Pero por otro lado sabemos que no tiene otro medio de transporte y que debe llegar desde muy lejos. Es por ello que hemos concluido que si usted ve el patinar desde su casa hasta aquí como un trabajo, como un acto penoso y nada placentero, está bien. Pero si usted lo disfruta y lo ve como un placer, entonces no es correcto. La pregunta es: ¿disfruta usted el esquiar los domingos o lo ve como un trabajo?

Hoy en día podemos reírnos de esa situación pero para esa época y cultura el asunto era serio. Actualmente, en el inconsciente colectivo de muchos cristianos, aún persiste la idea de que todo placer es malo, que el matrimonio, el trabajo, la evangelización, la oración y la reunión cristiana deben ser actos de sufrimiento.

Es como si el ascetismo persistiera en nuestras mentes. Los ascetas aparecieron después del siglo IV en Europa y creían que si se aislaban del mundo, si se daban latigazos, comían desperdicios, vestían andrajosos y olían a “santidad”, eran mejores cristianos. Pero eso no es así, Dios es un Padre bueno y desea lo mejor para sus hijos.

¿Acaso los padres no llegan incluso hasta el sacrificio sólo para ver a sus hijos disfrutar de buena comida, ropa y salud? ¿O crees que Dios es un padre pervertido que sólo quiere verte sufrir? Jesucristo ha venido para que tengamos vida y vida en abundancia. Más bien el pecado es despreciar y no disfrutar de los santos, puros y agradables placeres que Dios nos da; eso sí lo ofende y lo entristece.

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Los ricos, poderosos y famosos también van al baño.

(1 Samuel 24:1-12).

Por muy rica que sea una persona, por muy poderosa y famosa, en cualquier momento de su vida, como cualquier ser humano, tendrá que ir y tomar su lugar en el excusado, el lugar a donde todos llegamos para cumplir con una necesidad fisiológica. No importa si el baño es de oro o si la persona que lo usa es una celebridad, la tarea es igual en todos y está desprovista de todo glamur. Aunque el momento puede ser menos desagradable si el baño está bien decorado, iluminado, aseado y perfumado.

Aunque el tema de hoy parezca carente del candor que debe tener un devocional, no obstante subyace en él una interesante reflexión. En cierta ocasión el rey Saúl, según el relato bíblico, salió a perseguir a David y a sus hombres al desierto llevando consigo a tres mil soldados cuidadosamente seleccionados. Estando en la cumbre de los peñascos, por donde andan las cabras monteses, su majestad entró solito a una cueva por cuanto precisaba eliminar el desecho de la exquisita comida real.

El eufemismo bíblico dice que ingresó a cubrirse los pies, lo que en lenguaje coloquial quiere decir evacuar el vientre, ya que al agacharse para eliminar las heces en el suelo, el borde de su vestido baja y le cubre los pies. Y justamente cuando Saúl está sin ningún edecán o escudero, sin corona, sin arma en la mano, agachado, pujando, con el rostro colorado y totalmente indefenso, los guerreros de David que estaban con él escondidos en esa cueva le aconsejan que aproveche la situación y lo mate, que ese es un regalito que Dios le ha puesto en bandeja de plata.

Pero David sabe que si él cobra venganza por su mano, Dios ya no obrará su propia justicia y él de ahí en adelante deberá arreglárselas a su manera y no con la bendición de Dios.

Además dice que es incapaz de levantarse contra el escogido de Dios, lo cual no quiere decir que se haga ciego y tolerante ante las injusticias de un ministro de Dios, sino que su causa ya está siendo juzgada bajo principios divinos y no bajo la ira animal que clama sangre de venganza.

Qué bueno que podemos aprovechar la ocasión en que una personalidad cae en nuestras manos en un momento crítico de su vida para darle una lección de justicia y respeto, así como la recibió de David el apuesto, alto, corpulento e imponente rey Saúl.

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Yo no la resisto, yo huyo de ella.

(1 Corintios 10:12-14).

Raúl se acercó al conferencista para plantearle con la mayor sinceridad cuán fuertes eran sus luchas para poder vencer las tentaciones que le asediaban como joven. Pero éste le sorprendió con una sinceridad aún mayor, pues le habló con su corazón abierto, con la autoridad de un padre, con la comprensión de un amigo, sin santurronería y con fervor:

“Te agradezco que me cuentes cosas tan personales Raúl y confío en que Dios me use para ayudarte de manera práctica. Mira, cuando dices que te parezco una persona muy santa, muy sabia y que no tengo tentaciones como los demás seres humanos, es porque esa es la imagen idealizada que te has hecho de mí a partir de mis escritos y charlas que te parecen muy divertidas y espirituales, pero no porque me conozcas internamente.

Si vieras dentro mí sabrías que soy exactamente igual a ti y a todos los demás. No existen cristianos que no tengan tentaciones, todos las tenemos, hasta Jesucristo las enfrentó. Y tendremos ese problema hasta que nos muramos. ¿Cómo crees que me siento cuando se me acercan esas mujeres despampanantes que huelen espectacular y me abrazan y me dicen que me admiran y que nadie habla tan lindo como yo? Primeramente tengo que concentrarme en mirarlas a los ojos y no hacia otras partes de su cuerpo. Porque ni soy ciego, ni soy de piedra, ni soy homosexual ni tengo problemas hormonales. Soy tan hombre como el resto de los mortales.

Pero cuando llego al hotel termino de rodillas al lado de mi cama reconociendo mi debilidad y pidiéndole al Señor que su Espíritu Santo que mora en mí, me fortalezca en mi ser interior y me llene de su presencia. Después llamo a mi esposa y fortalezco mi amor y comunión con ella para que mis ojos sean sólo para ella y no para otra persona.

Yo no quiero jugar al fuerte. Yo reconozco mi debilidad y clamo “Al Fuerte” de los fuertes para que me socorra. No quiero oír la voz de la fama que me dice que me baje de la cruz, donde estoy crucificado con Cristo y viva la vida loca. No, yo sí quiero seguir muerto con Cristo, porque es la única manera de vencer con Cristo, además, porque Dios no puede confiar en vivos.

Yo jamás enfrento la tentación, yo no la resisto, yo huyo de ella, la evito a más no poder. Lo mejor no es decir que aguantaste valientemente una tentación, sino que la evitaste, que nunca le diste la ocasión para que te destrozara la vida”. Después de escuchar atentamente los consejos del orador Raúl sintió que un inmenso peso le fue quitado de encima, por lo cual respiró aliviado y se fue contento.

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Y si tú fueras Adán.

 

(Génesis 2:18-24)

Sólo por un momento imagina la locura de que Dios te montara en una máquina del tiempo y te llevara al huerto del Edén justo al momento antes de que te mandara un sueño profundo. Te tiras bajo la sombra de un frondoso árbol, te quedas dormido, y unas cuantas horas después te despiertas y allí está, una mujer, una maravillosa varona. Dios te cuenta que mientras dormías Él te sacó una costilla y de ella te hizo una ayuda idónea, una preciosa Eva para que esté contigo para siempre. Así es que tímidamente decides abordarla.

“Hola, mucho gusto, mi nombre es Adán. No, no me digas el tuyo, ya lo sé, Dios me lo acaba de contar todo. Me ha dicho que te llamas Eva y que te ha sacado de mí, que no has salido del lodo de la tierra, sino que has salido de una costilla mía. ¿Pero sabes? Jamás me imaginé que de un huesito mío pudiera salir algo tan hermoso.

Sí Eva, tú eres hueso de mis huesos y carne de mi carne, y eres lo más lindo que mis ojos han visto en este huerto. Eres la chica más bella de este planeta, y no es exageración, porque no existe otra para mí, eres la única habitante. Jamás tendrás el problema de que mis ojos se distraigan mirando a una vecina. Y menos aún tendrás que competir por lucir mejor que tus amigas. Y al no usar ropa no sabes cuántos sufrimientos nos vamos a evitar cada mañana cuando abras tu ropero y te la pases renegando y probándote uno por uno de tus trajes.

Y jamás tendrás que estarte mirando al espejo para buscarte canas o gorditos o venas salidas. Jamás pensarás en dietas o cirugías. Nunca tendrás que enojarte porque no he llegado del trabajo, puesto que juntos trabajaremos en este huerto. Y como no tengo madre nadie vendrá a fijarse en qué me das de comer o si la casa está bien cuidada.

Todos los días me tendrás a tu lado para mimarte, acariciarte suavemente y decirte tiernas palabras al oído. Inclusive los sábados y domingos estarás recostada en mi pecho, pues no hay transmisiones deportivas en la televisión. Y como yo no uso ropa nadie te molestará por ropa manchada, mal lavada o mal planchada.

Y como no hay enfermedades jamás tendrás dolores de cabeza y yo nunca te roncaré. Tampoco hay que pagar cuotas de nada, este huerto y todos los animales están libres de deudas. ¡Es el paraíso! Eva, bésame eternamente, como si sólo existiéramos tú y yo”.

Ahora salgamos de este cuadro al que nos ha llevado nuestra imaginación y pensemos: ¿Habrá algo en esta historia que podamos rescatar para llevar a la práctica y hacer mejor la vida de pareja?

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Habitación desordenada, golpe seguro.

(2 Tesalonicenses 3:6-12; Salmo 37:23).

Iván estaba tirado en el sofá haciendo gestos de dolor mientras su madre le masajeaba el pie que se había torcido cuando accidentalmente pisó uno de los patines que estaban tirados en su habitación provocándole una terrible caída.

–         Ahí tienes las consecuencias de tu desorden, yo te lo había dicho decenas de veces, organiza tu cuarto, porque en habitación desordenada, golpe seguro. Vamos a ver si ahora sí le prestas atención a tu madre y la organizas. 

–         ¿Pero mamá, cuál es tu empeño en que yo organice mi cuarto? ¿Qué tiene de malo? ¿Cuál es el problema con que parezca cueva de loco o que huela a jaula de mono? 

–         Te voy a decir porque desde pequeño uno debe aprender a ser organizado en la vida, aún en los mínimos detalles. Mira, cuando uno se acostumbra a no tener orden en cosas tan ínfimas como una habitación, la mente se ajusta a ese patrón de comportamiento y luego lo va a traducir en un estilo de vida desordenado. Te lo explico. El desorden se forma no en un día, sino en varios en que vas dejando cada cosa fuera de su lugar. No es que uno dice voy a hacer un desorden, sencillamente va dejando una cosa aquí y otra allá con la idea de que después las pondrás en su sitio. Pero mentira, pasan y pasan los días y cuando vas a ver ya está el desorden, lo fuiste construyendo poco a poco. Por eso es que sale más barato y rápido tomarse unos segundos para dejar cada cosa en su respectivo lugar.

Ahora, ¿cómo se traduce eso en la vida? Tu mente se acostumbra a que puedes hacer lo que quieras, cuando quieras y donde quieras, porque alguien aparecerá de algún lugar para poner orden en lo que tú no ordenaste.

Y así, en el amor, en el trabajo, en la familia, en el estudio, en el deporte y en cualquier actividad, vas dejando asuntos pendientes, sin atender. ¿Y qué pasa después? Que ese caos te estresa, te llena de tanta ansiedad que crees que es mejor ni pensar en eso, y dejas las cosas tiradas, sin resolver, porque ya no tienes capacidad para lidiar con ellas.

La gente que anda desordenadamente no sólo se afecta ella, sino que afecta a los demás. Por eso es que Dios nos pide que seamos ordenados. Y si no lo somos, Él nos ofrece ordenar nuestros pasos y aprobarnos.

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Cazando zorras pequeñas.

(Cantares 2:15).

Los pequeños malos detalles cuando se hacen frecuentes se tornan en muy peligrosos, pues por ser pequeños pasan inadvertidos por nuestro puesto de control, ya que cruzan de a uno por uno, pero cuando se juntan se convierten en un gigantesco problema.

Tal vez no le prestes atención a una hormiga que anda merodeando por un poco de miel que regaste sobre la mesa, pero si no exterminas esa hormiga y limpias las pequeñas gotas del dulce y te vas, cuando regreses ya no vas a encontrar una hormiga, sino un enorme ejército que ha hecho camino desde la pared hasta tu mesa de comedor.

Y así también acontece con esos minúsculos y odiosos detalles de nuestra parte cuando no se corrigen y se hacen repetitivos. Después de un tiempo dichas pequeñeces se convierten en enormes e inaguantables conductas que la gente no está dispuesta a soportar y que a nosotros nos cuesta superar, por cuanto se nos han vuelto hábitos.

Ese es el caso del amigo que se la pasa pidiendo favores y le gasta la paciencia a su compañero sin considerar que una cosa es la amabilidad y otra la obligación. O el del marido que confunde la amorosa atención de su esposa con el trabajo forzado de una esclava.

O el del hijo que no aprecia el voto de confianza que le dan sus padres y se imagina que el permiso para salir socialmente es un derecho que por fin se le reconoce. O el de la mujer que no valora los esfuerzos de su esposo para darle gusto y cree que a los hombres hay que exprimirlos para que saquen el dinero escondido. O el del vecino que barre la basura hacia la casa del lado y estaciona su auto tapándole la salida de la cochera a los otros y creyendo que la tolerancia es una autorización para ser abusivo.

Todos estos ejemplos y muchos más contienen esos pequeños detallitos que cuando se hacen constantes y se juntan provocan desastres. Sí, una pequeñez, una sola, se puede pasar por alto, pero cuando esas pequeñeces se repiten una y otra vez, y otra vez, terminan por minar la paciencia y provocan que en algún momento el globo no soporte más la presión y explote.

Las zorras pequeñas son las que echan a perder las grandes viñas, los lindos matrimonios, las viejas amistades, los buenos negocios y la vida espiritual del cristiano que de a poco va descuidando su vida devocional y se consuela pensando que al fin y al cabo falló sólo un día, un día, uno sólo y nada más. ¡Qué peligro! Sí, resulta muy, muy peligroso, no prestarle atención a esas pequeñeces.

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