Dios te pide unidad, no uniformidad.

(Juan 17:20-23).

¡Qué gran artista es nuestro Dios! ¡Cuán increíble es como creador! ¡El universo que Él ha hecho no tiene nada de monótono! ¡Jesucristo, el Supremo artífice, no es nada aburrido, ni ha hecho las cosas repetidas, ni en serie, ni en blanco y negro!

Al observar por ejemplo el reino animal, y dentro de ese reino la categoría de las aves, uno se sorprende de la gran variedad de especies que existen, con diferentes formas del cuerpo, patas y picos; y diferentes tamaños, colores, texturas y sonidos que emiten.

¿Por qué entonces los cristianos tienden a ser todos iguales, a hablar igual, a orar igual, a vestirse igual, a peinarse igual, a predicar igual? ¿Será pecado ser diferente? Sí, es pecado, pero no un pecado bíblico, sino cultural, por violar una costumbre, no un mandato bíblico.

Dios nunca pidió que los cristianos fuésemos iguales, lo que sí pidió encarecida y repetidamente fue que estuviésemos unidos. El Señor quiere la unidad de su iglesia, no la uniformidad. De manera que si los cristianos nos clonamos, nos volvemos aburridos, monótonos, rutinarios y repetitivos, no es por culpa de Dios, sino de nosotros, de la cultura religiosa, de la costumbre, de los hábitos de imitar lo que vemos y oímos en los demás.

Sobre la forma estereotipada como hablan algunos cristianos habría que acotar que jamás a una persona se le lleva a un salón de una iglesia y se le dice:

“Por favor, escribe en tu cuaderno estas palabras que son las que de ahora en adelante vas a usar siempre y así poder matar tu creatividad y asesinar el buen uso del castellano: amén, gloria a Dios, para la honra y gloria del Señor, cuántos están gozosos, levanta tus manos, dile al que está a tu lado, y a su nombre, quién vive, repite conmigo, cierra tus ojos, en esta preciosa mañana, oh mi amigo y hermano, qué tremendo, santo, es maravilloso, qué glorioso, etc.”

No, en las iglesias nunca se obliga a nadie a repetir ciertas fórmulas para hablar, ni se le exige a los nuevos que sean clones de los viejos. Lo que pasa es que las costumbres y formas religiosas se aprenden sin querer debido a que se hacen muy repetitivas, rutinarias y automáticas. Aparte de que no se incentiva la creatividad. Y los nuevos cristianos piensan que aprender la cultura evangélica es ser más espirituales, pero no es así, más bien lo que hacen es anular la singularidad que el Señor les ha dado.

Un expositor contaba que cuando por primera vez él y sus compañeros marcharon en el ejército, todo fue un desastre, se desorganizaron. El general entonces ordenó cerrar los ojos y guiarse sólo por su voz. Cuando los abrieron estaban todos derechitos, muy bien alineados.

¿Por qué? Porque dejaron de mirarse entre ellos y siguieron sólo la voz del comandante. ¡Qué bueno que dejemos de copiarnos los unos a los otros y sigamos sólo la voz de Dios! ¡Aceptemos nuestra singularidad! ¡Dios nos ha hecho originales!

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¿Con qué intención lo tocas?

(Lucas 8:40-48; Malaquías 4:2).

En los tumultos no falta el que quiere llegar primero, el que quiere robar una billetera, el que quiere manosear a una dama, el que quiere devolverse y el que necesita respirar. Un tumulto es una cosa de locos.

A Jesucristo no le fueron extraños los tumultos, inclusive en una ocasión, en uno de esos apretujones, pisotones y empujones de la gente, notó algo extraño, algo diferente a los acostumbrados nudos humanos, y es que en esta ocasión había salido poder de Él. Sí, alguien del gentío se había servido un milagro al estilo autoservicio, sin pedir permiso y sin esperar su turno.

La pregunta que entonces hace el Señor en voz alta es: ¿quién me ha tocado? Interrogante que deja perplejos a los apóstoles, pues están a punto de convertirse en puré humano.

¿Qué quiso decir Jesús? Lo que realmente quiso decir Jesús fue lo siguiente: ¿dónde está ese alguien de entre el tumulto que se ha acercado a mí en secreto, pero con plena convicción de que si tocaba el borde de mi manto de oración, que es algo muy sagrado de mi vestimenta, entonces, de inmediato, recibiría el milagro que ha estado esperando durante 12 años y que le ha costado todo su patrimonio?

Y esa persona no es cualquiera, es una que ha sufrido el desprecio familiar, social y religioso por ser inmunda, ya que el flujo de sangre que padece la hace inmunda y la obliga a gritar por la calle que es inmunda para que nadie se le acerque. Y todo lo que toca queda inmundo, hasta donde come.

Y también conoce la enseñanza rabínica de que el Mesías cumpliría la profecía de Malaquías 4:2 que dice que en sus alas traerá salvación, que es una referencia al manto de oración que el viento hace que se mueva como alas.

Es por eso que quien se hizo el autoservicio milagroso no venía a tocarme las sandalias, ni el cabello, ni el brazo, sino el manto de oración y en la parte más especial, el borde, en los tzitziyot, que son las borlas, cada una con ocho hilos y uno de ellos púrpura, puesto que simbolizan que somos una nación de sacerdotes y realeza, o real sacerdocio.

La persona que ha hecho que de mí salga un milagro podrá ser inmunda y estar arruinada, pero de tonta no tiene ni un pelo, pues usó su fe ante quien debía usarla y de manera bíblica. Y no la llamo para regañarla, sino para felicitarla.

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Dios actúa de manera particular con cada persona.

 

(Mateo 14: 1-13; Juan 11:38-45).

 Jesús resucitó a su amigo Lázaro que llevaba cuatro días de muerto, pero a su primo Juan el Bautista ni lo visitó en la cárcel, ni impidió su decapitación, ni fue al sepelio y menos aún procuró resucitarlo.

¿Por qué haría eso con su familiar? ¿Acaso Juan no le fue más útil que el mismo Lázaro? ¿No fue Juan quién le preparó el terreno ministerial y hasta lo bautizó? ¿Por qué Jesús lo trató así?

Estas preguntas no son un test, sino una motivación para no ser lectores de la Biblia sino escudriñadores, pescadores de perlas guiados por el Espíritu Santo. ¡Qué bueno poder usar la mente de Cristo, las neuronas espirituales, para pensar, discernir y juzgar conforme a la ciencia de Dios y no la natural!

Sobre el caso particular de la vida y misión de Juan el Bautista en contraste con la de Lázaro, es clave entender que Juan fue lleno del Espíritu Santo toda su vida, desde el vientre materno hasta el momento de su muerte, la cual fue por decapitación y por orden del rey Herodes.

Juan fue un hombre íntegro, fiel a Dios y fiel a la misión que Dios le trazó, la cumplió al pie de la letra. Su misión consistió en preparar el camino a Jesucristo, a su Señor y Dios, de quien él mismo dijo que no era digno de desatar la correa de sus sandalias.

Y otro punto clave en la historia de Juan el Bautista es el hecho de que de ningún otro ser humano en la Biblia Jesús hizo un comentario tan elogioso como el que formuló de él. De Juan dijo textualmente:

“De nacido de mujer no se ha levantado otro tan grande como Juan el Bautista”.

¡Impresionante! ¡Qué el mismo Dios diga eso de un ser humano! Y entonces, ¿por qué no lo resucitó como a Lázaro? La respuesta es cristológica. Porque la resurrección de Lázaro fue un hecho puntual en el ministerio de Jesús para acreditar su autoridad y para mostrar la gloria de Dios, aunque Lázaro volviera a morir unos años después. En cambio, con Juan el Bautista, su misión fue cumplida íntegramente y no era necesario alargarle la vida unos años más. Además su premio no era temporal, terrenal, sino celestial, eterno.

Eso es como querer pagarle a la mamá con un billete un espectacular almuerzo que nos ha preparado de cumpleaños. Juan el Bautista se fue a su casa, al cielo, a recibir su recompensa, de inmediato. El Padre lo recibió diciéndole: ¡buen trabajo, misión cumplida!

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Todo engañador será engañado por otro engañador.

 

(2 Timoteo 3:13).

El jefe de la mafia decidió contratar a un sordo mudo como su contador, sabía bien que él no escucharía nada que los pudiera delatar y que si alguna vez la policía lo quisiera interrogar él no podría hablar. Pero el sordo mudo se las quiso dar de listo y arregló los libros de cuentas para sustraerse una gruesa suma de dinero, la cual escondió en algún lugar.

Percatado el mafioso del robo del contador contrató a una chica conocedora del lenguaje de señas para que le sirviera de intérprete. Le pidió entonces a la joven que le preguntara al sordo mudo dónde estaba escondido el botín.

La joven tradujo todo y la respuesta que obtuvo fue que él jamás diría dónde estaba el dinero. Sacando su arma el criminal le solicitó a la intérprete que le dijera que si no confesaba de inmediato dónde estaba la caleta, le llenaría la cabeza de plomo. Y que ello no era una simple amenaza.

La joven, aterrorizada, le tradujo al detalle cada palabra. El contador entonces decidió revelar dónde estaba escondido el dinero:

“Toda la plata se encuentra en una maleta en la casa de mi cuñado, en la Avenida Libertadores número 1472, en el cuarto principal, debajo de la cama, removiendo unas baldosas que están sueltas. Nadie sabe que ese dinero está allí, sólo yo que lo escondí. La casa permanece sola casi todo el día y la llave de la puerta está debajo de un jarrón blanco con unas rosas rojas a la derecha de la entrada principal”.

Cuando el mafioso le preguntó a la traductora qué le había dicho el hombre, ella le contestó:

“Dice que nunca le revelará dónde está escondido el dinero, y menos a un miserable como usted, un cobarde que no tiene las suficientes agallas para dispararle a alguien como él.”

Por supuesto que el contador fue asesinado y su cuerpo desparecido al estilo de la mafia. La chica que hizo de intérprete se quedó con la fortuna que el mafioso había ganado vendiendo droga y asesinando. El mismo dinero que el contador había querido robar.

Pero sucedió que días después ella fue víctima del saqueo de un hombre del que se había enamorado y que era un drogadicto que se dedicaba a vivir de las mujeres. Mas ese vividor también fue estafado por otro criminal que se suponía le iba a vender un embarque de droga de buena calidad.

Y así continuó la cadena de maldición sin fin donde cada engañador siguió engañando y siendo engañado, tal y como lo sentencia la Biblia.

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En el supermercado un resucitado es el recomendado.

(1 Corintios 15:12-22)

Mientras doña Isabel hacía sus compras el viejo y malhumorado Esteban, quien atendía la sección de frutas y verduras, la desafió delante de las señoras, a que le dijera por lo menos tres motivos por los cuales la resurrección de Cristo debería significar algo para él, ya que según su criterio ese evento no era relevante hoy en día.

Pues verá usted don Esteban – le contestó la abuela – yo no soy una teóloga, sino una ama de casa, pero sí le puedo decir siete razones por las cuales la resurrección de Cristo le puede cambiar la vida:

Primero: Si Jesús resucitó entonces creemos en algo verdadero. El que se haya levantado de entre los muertos al tercer día significa que Él sí es Dios y no un farsante que se hizo pasar por Dios. Todos los grandes líderes religiosos murieron y sus cuerpos se pudrieron, pero Jesús es el único que ha vencido a la muerte.

Segundo: Si Jesús resucitó entonces todos mis pecados han sido perdonados, pues esa es la evidencia de que su sangre me lavó de todas mis culpas y de que me dará entrada al cielo.

Tercero: Si Jesús resucitó entonces existe la resurrección, no es un engaño como la reencarnación. Y nosotros resucitaremos algún día.

Cuarto: Si Jesús resucitó entonces yo no tengo una religión en la que adoramos a un dios difunto del cual recordamos sus enseñanzas. Si Jesús está vivo entonces yo puedo desechar la religión y tener con Él una relación diaria en la que le yo le adoro y él me da su amor.

Quinto: Si Jesús resucitó, entonces tengo a un Dios que está conmigo para atenderme en todas mis necesidades y ayudarme en todas mis tribulaciones, pues Él las vivió en carne propia y las superó todas, aún la de la muerte, y muerte de cruz.

Sexto: Si Jesús resucitó entonces está a la diestra del Padre, es el Rey del universo y va a regresar por segunda vez a este mundo, pues ya demostró que todo lo que ha anunciado lo cumple.

Y Séptimo: Si Jesús resucitó entonces vale la pena que los cristianos proclamemos a un Dios vivo y actual, sin avergonzarnos, tal y como yo lo estoy haciendo en este supermercado en este momento. Eso era lo que hacían los apóstoles, ellos no invitaban a iglesias o a una religión en particular, ellos sólo anunciaban a Jesús resucitado e invitaban a la gente a rendirle sus vidas a Él.

Gracias don Esteban por darme la oportunidad de decirle a usted y a las señoras que están aquí escuchándome por qué la resurrección de Cristo no debe ser una fiesta más en el almanaque, sino un motivo de transformación de la vida. Si yo creo en la resurrección de Cristo ya no puedo seguir siendo la misma persona, pues no tengo un dios muertito, pobrecito y colgado detrás de la puerta y al que muevo como a un muñeco, sino que tengo un Dios vivo y activo, un Dios poderoso y que reina por siempre.

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“Eso de que Cristo resucitó al tercer día es un cuentico chino”.

 Sepulcro

(Mateo 12:39-40; Hechos 10:39-42).

“¿Vos me vas a venir con el cuentico de que Cristo estuvo tres días muerto y sepultado y que luego resucitó? ¡Noooo papaaa! ¡Eso es un cuentico chino! ¿Cómo es que todo mundo celebra la muerte de Cristo el viernes y el domingo ya celebra la resurrección? ¿No dizque tenía que estar en la tumba tres días? ¿Explicame eso?”

La inquietud de este caballero es seguramente la de muchas personas que en la religión y en las tradiciones notan muchas inconsistencias, pero que igual las pasan por alto. La respuesta al interrogante de si Cristo estuvo tres o dos días en la tumba tiene su explicación. Pero antes es importante advertir tres cosas:

Número uno, que la doctrina cristiana no se puede construir con base en cuentos, tradiciones o decretos de hombres, sino con base en la Biblia. Número dos, que cuando estudias la Biblia debes hacerlo con la mente judía de los tiempos bíblicos, no con la mente de un occidental actual. Y número tres, que la Biblia interpreta a la Biblia, y lo hace teniendo todo texto dentro de un contexto, porque si no, se vuelve un pretexto. Ahora sí, pasemos a la explicación.

Es importante que sean tres días, porque esa era la señal del profeta Jonás, que así como él estuvo tres días y tres noches en el vientre de un gran pez, Jesús debía estarlos en el sepulcro antes de resucitar. Pero cuidado, para el judío el día comienza al caer el sol y termina al otro día al caer el sol. Por eso en Génesis se repite varias veces: “fue la tarde y la mañana de un día”.

En la Biblia un día comienza en la tarde y termina en el día. Así es que aunque pienses que un jueves a las 6 de la tarde aún es jueves, para un judío está comenzando el viernes. Y Jesús comió la Pascua el jueves 14 de Nisán, según el calendario hebreo, iniciándose el día, aunque para nosotros fuera miércoles en la tarde. La Pascua se sacrificaba entre las tardes del jueves y el viernes, antes que se iniciara el viernes (Exodo 12:6; Levítico 23:5; Números 9:3, 5, 11).

Luego el Señor fue crucificado y murió el jueves 14 de Nisan a las tres de la tarde, tres horas antes de iniciarse el viernes. Después, a las seis de la tarde de ese jueves, que ya es viernes para los judíos, el Señor fue sepultado. Así es que desde la tarde del viernes hasta la mañana del viernes ha pasado un día sepultado.

A las seis de la tarde del viernes, que es el comienzo del sábado, Jesús inició el segundo día sepultado, el cual terminó a las seis de la tarde de ese sábado. Y en ese preciso momento arrancó el día domingo, que es cuando el Señor comenzó el tercer día sepultado, por lo cual, en la mañana, cuando las mujeres fueron al sepulcro, lo hallaron resucitado.

En resumen, Jesucristo sí estuvo tres días y tres noches en el sepulcro, ese no es ningún cuentico chino, es la verdad. El Señor pasó en la tumba la noche y la mañana del viernes 15 de Nisan. La noche y la mañana del sábado 16 de Nisan. Y la noche y la madrugada del domingo 17 de Nisan, pues al amanecer… ¡resucitó!

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Todo mundo celebra, aunque no sepa qué celebra.

Celebrar

(Deuteronomio 4:9; 6:21-22; 2 Timoteo 1:5).

Hay cantidades de cosas en la vida que uno hace sin tener la más leve idea de por qué las hace, sencillamente porque es costumbre o tradición. Por ejemplo, ¿por qué comer lo que comemos? Porque eso nos dieron a comer desde niños y acostumbramos nuestro paladar a esos sabores. Y claro, lo seguiremos comiendo hasta que algún día el dietista nos diga qué es lo que debemos ingerir para seguir vivos.

Igual acontece al escoger al equipo deportivo de nuestros afectos, sencillamente lo adoptamos sin revisar su curva de rendimiento en los últimos 20 años. Y hay cientos de actividades en las que nos envolvemos sin saber por qué. Bien dice el refrán: “¿Para dónde va Vicente? Para donde va la gente”.

Pero, en materia espiritual, sí que es importante saber en qué creemos y por qué lo creemos. Si no nos hacemos las preguntas adecuadas y obtenemos las respuestas adecuadas, no estaremos fomentando la convicción, sino la superstición. La convicción es el fruto de la reflexión en lo que creemos, mientras que la superstición es ignorancia. El cristiano está llamado a pensar en lo que cree, no a creer en lo que piensa.

Cuando creemos en  Cristo y nacemos de nuevo, hacemos todo por la fe, pero luego el Espíritu Santo nos guía a toda verdad y nos enseña acerca de esa fe que poseemos.

El cristiano no está llamado a vivir en la oscuridad, sino en la luz, y por ello se le da la mente de Cristo y se le alumbra el entendimiento, para que discierna los misterios de Dios.

Pregúntele a cualquier desprevenido qué se celebra en la semana santa, y tal vez escuche respuestas como: “Creo que es la época del conejo de pascua y de buscar huevitos con chocolates”. “Me parece que es la época en que matan a Dios, pero luego resucita, algo así”.

Mas la verdad, la que debemos explicar a nuestros hijos y nietos, es que la semana santa no es una celebración bíblica. El conejo de pascua, los huevitos y las procesiones, no son más que la adopción de fiestas paganas. Por ejemplo, “Easter” (pascua, que en Inglaterra se pronuncia Istar) era en verdad el nombre de la diosa babilonia Istar. Y los huevos y el conejo hacían parte de milenarios cultos a esta diosa de la fertilidad.

¿Y qué pide Cristo que celebremos? Sólo dos cosas: la cena dominical, para recordar su muerte, y el bautismo en agua. Y hay que explicar bíblicamente el por qué y el cuándo de cada celebración.

La tradición y la religión popular pueden celebrar lo que deseen, pero si alguien quiere hacer la voluntad de Dios debe ceñirse a lo que dice la Biblia, aunque no sea fácil, pues aún el mismo Jesús enfrentó muchos problemas por descalificar algunas tradiciones religiosas de su época.

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La bendición de la oración.

(1 Tesalonicenses 5:17).

Para tener una mejor comprensión sobre la bendición que es la oración inicialmente hay que contar qué significa la palabra Sion.

Es primeramente el nombre de una de las cumbres de la cadena montañosa del Hermón. Igualmente una colina sobre la que se levanta la ciudad de Jerusalén y por ello también la misma Jerusalén. Después vino a significar el templo que Salomón construyó en el monte Moria. De igual manera es el nombre para la nación judía.

Y también, en sentido figurado, es la patria celestial, de forma tal que cuando un cristiano dice que su ciudadanía no es de este mundo sino de Sion se refiere a que por la fe pertenece al cielo, donde tiene su morada eternamente.

Habiéndose entendido el significado de Sion he aquí una breve canción que con pocas palabras terminadas en “cion” describe la bendición que es para el ciudadano de Sion practicar la disciplina espiritual de la oración, haciéndola siempre con devoción y sin ninguna  interrupción.

Si ves que en tu vida no hay manifestación de la presencia del Espíritu Santo que es la misma unción, recurre de inmediato a Dios en oración, porque en ella siempre habrá un recurso de inspiración, también te proveerá  suficiente iluminación, y para la toma de decisiones la necesaria orientación.

Ella es para el enfermo el toque de sanación, para el necesitado la chequera de provisión y para el que está atemorizado una segura protección. Y cuando el ego emerge y requiere crucifixión en la oración están la victoria y la consecuente resurrección.

Y esto no es solamente una mera impresión sino que es la enseñanza de su Revelación, la cual es su Palabra, y una contestación a las preguntas del hombre que busca salvación.

Ya ha llegado el fin de esta canción usada como método de recordación para enseñar la importancia que tiene la oración y animar a la gente a practicarla en toda ocasión.

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No por imperfecto, sino por ignorante, sinvergüenza o tonto.

(Isaías 55:1-7).

Nadie en absoluto podrá ir al cielo por ser perfecto, pues ningún ser humano lo es ni lo será. Es por ello que Papá Dios planeó la salvación para regalársela a los pecadores, pues no tenemos otra opción. Y así como el Padre la planeó, Jesucristo la ejecutó, la hizo una realidad muriendo en la cruz en sustitución de nosotros.

Éramos nosotros, por ser pecadores, los que debíamos morir de la manera en que la hizo el Señor Jesús, pero Él se echó encima nuestros pecados y nos reemplazó en la cruz pagando una deuda que era nuestra, no de él, dejándonos a paz y salvo por nuestros pecados. Y esa salvación que el Padre planeó y que Cristo ejecutó, es la que hoy en día el Espíritu Santo aplica a cada ser humano que se lo permite.

Imaginemos que hay un virus que está matando a todos los humanos en el planeta, por lo cual el Padre Celestial inventa un antídoto, pero dicho antídoto es fabricado con la única sangre pura que existe, la de su hijo Jesús. Él entonces sacrifica la vida de su unigénito dando su sangre para que el antídoto se pueda fabricar. Y se produce, es perfecto, dicho antídoto ya es una realidad, sólo que falta un detalle: que la gente se lo aplique, porque es la única forma de salvarse.

Y el encargado de aplicarlo es el Espíritu Santo, aquel que convence al ser humano de que está infectado y que debe ir hasta la camilla para inyectarse el remedio. Pero muy poca gente está llegando a tratarse, motivo por el cual se le pide a todos aquellos a los cuales se les suministró el antídoto y se salvaron, que corran la voz, que vayan por todas partes informando a la población que hay una cura, que por favor no se dejen morir de manera tan miserable, sobre todo porque el Hijo de Dios ya sufrió la muerte para que ninguno la tenga que sufrir.

Lamentablemente aquellos que ya fueron salvados se niegan a cumplir con la gran comisión de regar la noticia. Y los pocos que sí se atreven a hacerlo se encuentran con que un reducido número responde a la invitación,  es así como el balance muestra que millones siguen pereciendo por simple ignorancia, porque nadie les habló de la inyección.

Otros que sí son informados no van a la cita, por ser sinvergüenzas, porque a sabiendas de que se pueden morir insisten en seguir viviendo infectados sólo por el placer de ser rebeldes. Y finalmente otros, no reciben el tratamiento, por ser tontos, porque no valoran algo tan maravilloso y gratuito.

Hoy es el día para que tú le permitas al Espíritu Santo aplicarte el antídoto, sólo tienes que pedirle perdón a Jesús por todos tus pecados e invitarle para que entre en tu corazón y sea el Señor y Salvador de tu vida.

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Aprende a vivir reflexionando sobre el morir.

(Eclesiastés 7:2).

Juan había llevado el sábado anterior a todos los adolescentes de su grupo a un paseo un poco extraño, pero el cual siempre resultaba muy enriquecedor, motivo por el que los padres de los jóvenes autorizaban dicha excursión sin que sus hijos sospecharan a dónde iban y de qué se trataba la salida, simplemente abordaban los autobuses muy de mañana con todo su equipo para un supuesto día de campo en las afueras de la ciudad.

Reunidos en el gran salón, como acostumbraban cada sábado en la tarde, Juan les hablaba a sus discípulos:

“Bueno chicos, yo sé que nuestra salida a un cementerio del sábado anterior primeramente fue de sorpresa, después de rechazo, luego de enojo, posteriormente de reflexión y ahora, una semana después, todavía sigue siendo de rico aprendizaje.

Y me alegra mucho. Creo que ahora cada uno de nosotros puede entender qué fue lo que quiso expresar el sabio Salomón cuando escribió en Eclesiastés 7:2 que es de mayor aprendizaje ir a la casa del luto que a la casa del banquete, pues la muerte es el fin de todos los humanos y por ello es conveniente que lo recordemos mientras vivimos.

La muerte tiene para cada persona un significado diferente. Para los dueños de funerarias es un negocio. Para los cineastas un tema de terror. Para los reporteros una información y para los poetas un motivo de inspiración.

Pero para los cristianos la muerte no es el final, sino el comienzo. No es la llegada, es la partida. No es abandono, sino graduación. Y no es fracaso, sino promoción.

Pero no por ello debemos procurarla antes de tiempo, ni atraerla por descuido, imprudencia o irresponsabilidad, sino tomarla como una transición de una vida temporal en la tierra a una vida eternal en el cielo.

Eso es lo que creemos los cristianos y no es ficción. Y quiero felicitarlos jóvenes por las excelentes reflexiones que me entregaron, de veras que hay comentarios notables sobre cómo vivieron esa experiencia. Por ejemplo, alguien de ustedes escribió que para estar muerto no hay que llegar a la tumba, sino dejar de tener un motivo para vivir.

Otro dijo que morir es cambiarse de ropa, dejar un vestido de carne y hueso mortal para ponerse un traje inmortal, lo cual es una verdad teológica. Otro dijo que aprendemos a vivir cuando aprendemos bíblicamente sobre lo que es el morir. Y alguien más dijo que morir con Cristo es vivir, pero vivir sin Cristo es morir. Los felicito, han hecho ustedes muy buenos aportes. Muchas gracias.”

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