¿Le hago caso al corazón o a la conciencia?

(2 Timoteo 3:16-17).

Gilberto Santa Rosa, el cantante puertorriqueño al que llaman “El caballero de la salsa” , dice en su tema “Conciencia”: “Ella tiene la magia de un instante de amor y su mirada un toque de misterio. Cuando ella llega siempre suelo perder el control. No vuelvo a ser el mismo si la beso. La conciencia me dice que no la debo querer y el corazón me grita que sí debo. La conciencia me frena cuando la voy a querer. El corazón me empuja, hasta el infierno, al abismo dulce y tierno de sus besos.”

Por supuesto que bien cantada y con una majestuosa orquesta, esta simple letra cobra una vida espectacular. Y lo mejor de todo, o lo más peligroso de todo, es que cuando la canción se hace tan agradable, cualquiera puede saltarse el filtro del análisis y aceptar como verdadera su tesis, pues todo pareciera hacerse aceptable cuando se expresa de manera tan linda y con muchas repeticiones por radio y televisión.

El consejo bíblico del apóstol Pablo es que examinemos todo y retengamos lo bueno. Entonces, ¿qué hacer cuando la conciencia nos dice una cosa y el corazón nos dice otra? Primero que todo hay que auscultar el corazón, examinarlo, pues nada más engañoso y perverso que el corazón humano según lo dice el profeta Jeremías (Jeremías 17:9). Y aunque en muchas películas y canciones se nos dice que debemos seguir los dictados de nuestro corazón, nada más falso y peligroso que eso.

Por el contrario, si una persona quiere evitarse fracasos debe aprender a vigilar su corazón y a contradecirlo, pues no es nada confiable. ¿Debemos seguir lo que dice la conciencia? Sí, pero no siempre. Cuando la conciencia está sana y alumbrada por Dios, no hay problema, ella nos guiará como lo hace el semáforo al automovilista: “la luz roja nos dirá si hay peligro y debemos parar. La luz amarilla nos dará una advertencia. Y la luz verde nos dirá que podemos seguir”.

Pero a veces la conciencia no está sana, está influida por la tradición, la cultura, la religiosidad y hasta se ha podido cauterizar. En tales casos no es una buena guía. Por ejemplo, si una persona piensa que se va a condenar si no camina de rodillas ante una estatua a la que venera, la conciencia le podrá traer un gran malestar por no hacerlo. La conciencia sólo sirve cuando está sana e iluminada por Dios. Es por ello que la mejor guía, por encima del corazón y la conciencia, es la Palabra de Dios, la Biblia, pues es la voluntad expresa de Dios para toda circunstancia, en toda época y cultura.

Y aunque el cielo y la tierra pasen la Palabra de Dios nunca pasará. ¡Deja que ella te ilumine! Dios la usa para hablarnos. ¿Te gustaría tener una Biblia en este momento entre tus manos para leerla y escucharla? Hasta de internet se puede descargar gratis y legal.

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Usemos la caja de velocidades.

(Eclesiastés 3:1).

 La velocidad es algo que fascina, y eso lo saben bien motociclistas y automovilistas. La sensación del vértigo y las descargas de adrenalina acentúan el deseo de ir cada vez más y más rápido. Y así se ha tornado la vida moderna, pues está alcanzando ritmos vertiginosos. Y tendríamos que vivir en una cueva, aislados del mundo, para no entrar en ese tren de vida donde todo transcurre a velocidades supersónicas.

Toda esa aceleración tiene sus aspectos positivos, no todo es horrible. Es maravilloso calentar un alimento en sólo un minuto usando el microondas, mientras que a las abuelas lo mismo les tomaba 15 minutos. Es buenísimo ir de una ciudad a otra en media hora usando el avión, y no tener que viajar a caballo todo un día. Si deseamos ser competitivos en la actualidad tenemos que aprender a ser tan rápidos como una pizzería en mi ciudad cuya política es que si la entrega a domicilio se demora más de 30 minutos, la pizza te sale gratis.

Pero también hay ocasiones en que por las buenas o por las malas, tenemos que aprender a ir despacio, como cuando estamos en un trancón de tráfico, o esperando en el consultorio de un odontólogo, o haciendo la fila en un banco. Y hay otros momentos en donde deberíamos obligarnos a tomarnos todo nuestro tiempo, como por ejemplo:

Para sacar la billetera y pagar cosas que no son imprescindibles, ya que hay gastos que son producto de un impulso momentáneo. Para responder a alguien cuando estamos airados, pues enchufar el cerebro antes de accionar la lengua nos evitará montones de problemas.

Para comer despacio, ya que una buena digestión comienza con una buena masticación y la comida se disfruta, se saborea y no se traga como lo hacen los perros, eso nos enferma. Para dormir lo necesario, pues ello le permite a nuestro cuerpo y mente descansar, repararse y estar saludables, hermosos y más productivos.

Y para visitar el baño para nuestras necesidades. Algunos incluso se escapan a ese cuartito y se sientan en el “trono” simplemente a relajarse. Para prodigar y recibir amor íntimo con el cónyuge, pues esos momentos deben eternizarse y jamás interrumpirse o entrecortarse.

Y finalmente, para postrarse ante la presencia de Papá Dios y soltarse en sus brazos para que nos llene de su amor, perdón y fuerza. Ese es un momento en el que sin necesidad de salir del planeta, traemos el cielo a nuestras vidas.

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Ver y no tocar se llama respetar.

(1 Pedro 2:11-12).

Es muy gracioso y a veces vergonzoso ver cómo los niños se comportan con relación a las cosas ajenas, pues como aún no tienen incorporado el concepto de propiedad privada y respeto por lo ajeno, fácilmente se dejan llevar por sus instintos y agarran lo que les gusta. Por eso en el supermercado hay que decirles con énfasis que no tomen de la estantería ni los dulces ni los juguetes, y que no se coman nada que esté por allí sin antes haberlo pagado.

Y si es en un restaurante hay que estar vigilantes si se acercan a una mesa vecina, pues sin ningún problema estiran sus manitas y le sacan del plato las papitas, el pollo o la carne a algún desprevenido comensal. Y ni qué decir de los sustos que pasan los padres cuando los llevan de la mano por un centro comercial y de repente, cuando los mira, aparecen con un paquete en la mano. Hay que devolverse de inmediato a mirar de qué vitrina lo agarraron y a ofrecer disculpas al dependiente.

Una de las frases célebres de las mamás hacia sus hijos pequeños es: “ver y no tocar se llama respetar”. Y si que la remarcan cuando van de visita donde algún amigo. Le piden de mil maneras que se siente y se esté como maniquí, que respire nada más, que por favor no toque nada, que no le ponga las manos a la pantalla del televisor, que no hunda los botones de la computadora, que no agarre los juguetes del niño de la casa, y que si ve un florero de esos grandes y costosos, que por favor ni lo toque, ni le cambie de lugar.

Hoy en día uno puede atacarse de la risa si ya pasó por esa situación, pero si actualmente es el padre de un niño travieso o el que recibe la visita de uno de ese tipo, la angustia es terrible.  De manera que hay que tenerle paciencia a los chiquillos en tanto que aprenden a controlar sus instintos, a respetar lo ajeno y a no hacer todo lo que instintivamente desean.

Y así, igualito, le pasaba al apóstol Pedro con sus hijos espirituales, por lo cual les aconsejaba que se abstuvieran de dar rienda suelta a sus malos deseos, ya que éstos batallan contra el alma. Y que aprendieran a decirle no a sus malos instintos y más bien se enfocaran en hacer lo bueno.

Esta enseñanza del apóstol sigue vigente hoy en día, pues aunque el cristiano recibe un nuevo corazón, para hacer lo bueno, y dominio propio, para frenar lo malo, su instinto pecaminoso aún no ha sido extirpado. Por lo cual es necesario vigilarnos a nosotros mismos y no permitirnos de ninguna manera hacer o decir todo lo que se nos antoja.

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No es si tú lo conoces, sino si él te conoce.

 

(Mateo 7:21-23).

Una familia llegó hasta la perrera municipal buscando a la mascota que se les había extraviado días atrás. Después de describirles el can al empleado y presentarles algunas fotos fueron encaminados hacia el área de las jaulas, donde eran puestos todos aquellos animales que eran atrapados en la calle vagando sin dueño. Cuando el padre de familia se ofreció para ir adelante y reconocer al ejemplar, el encargado le dijo:

“disculpe señor, pero en esta parte no nos guiamos por lo que el dueño del perro dice,  sino por lo que el perro dice del dueño, ahora él será quien lo identifique a usted y no a usted a él.

Algo similar ocurrirá cuando todos los seres humanos comparezcamos ante Jesucristo, pues algunos dirán que lo conocen y lo llamarán Señor, Señor, y le preguntarán que si se acuerda de que en su nombre profetizaron, y echaron fuera demonios, e hicieron muchos milagros. Otros tal vez le dirán que si los recuerda en la radio y televisión y en grandes eventos dando conferencias magistrales. Y que si tiene memoria de los grandes libros que escribieron en su nombre.

Pero Jesús no les responderá si se acuerda o no de tales cosas, o si los vio en sus programas espectaculares y magnos eventos. O si leyó esos libros o si dichos milagros que hicieron en su nombre fueron operados por Dios o por el diablo. Jesús simplemente les dirá:“Nunca los conocí, apártense de mí, hacedores de maldad”.

Y aunque tales seres aleguen conocerlo a Él e inclusive enseñar sobre Él, lo que importará ese día es si Jesús los conoce o no. Imagínate ahora, por un momento, que admiras al cantante Luis Miguel, y que sabes todo sobre su vida, sobre su relación tortuosa con su padre Luisito Rey, sobre la desaparición de su mamá Marcela, sobre su distanciamiento con la familia, sobre sus novias, sobre sus hijos, etc.

Y llegas a conocer tanto de él que inclusive das conferencias sobre su vida. Un día él va a tu ciudad para una presentación en un estadio y tú aprovechas para visitarlo. Te acercas al grupo de seguridad y les expresas a los guardaespaldas que conoces a Luis Miguel y que quisieras ser llevado hasta su camerino para saludarlo. Es así que el jefe de seguridad te pone cara a cara con el artista y le pregunta a él si te conoce. Y por supuesto él dice que no sabe quién eres tú, lo cual es verdad.

¿Qué crees entonces que pasaría? Claro, te echarían a la calle y quedarías como todo un mentiroso. Es por eso que no basta con conocer de Jesús, sino conocer a Jesús, tener intimidad diaria con Él. Esto es necesario para que cuando te veas cara a cara con Jesucristo, Él te abrace y te diga: “Sí, te conozco, tú eres mi hijo, yo te redimí”.

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¡Aviso de advertencia!

(Marcos 4:35-41).

Sucedió un buen día que Jesús subió con sus alumnos a una barca para atravesar el lago de Galilea, pero una intensa tormenta se desató a tal punto que fueron a despertarlo a la parte de atrás para que tomara las precauciones debidas ante el inminente naufragio. Mas el Señor se levantó lleno de su paz y ordenó a la tormenta que se calmara, que se silenciara y que no molestara más. Luego miró a su grupo de estudiantes y les dijo:

“A medida que pasan los días hemos vivido todo tipo de peligros y de todos los he librado.  Ustedes están viendo milagros tras milagros, y aún así, ¿no confían en mí? Dicen que sí y hasta les enseñan a otros a confiar en mí, pero tan pronto se levanta una tormenta demuestran que no, y se angustian y se les aflojan las piernas y tiran la toalla”.

Bueno, exactamente no fueron esas las palabras textuales que pronunció Jesús, pero como en teología se permite hacer paráfrasis siempre y cuando no se contradiga ninguna doctrina ni se descontextualice el texto, pues hagamos uso de tal libertad con un propósito pedagógico. Añadamos imaginariamente a la historia que Jesús y sus discípulos, antes de embarcarse aquel día, escucharon en los altoparlantes del muelle el siguiente anuncio:

“Queridos pasajeros sean ustedes bienvenidos a este viaje en bote por el Mar de Galilea, que es en realidad un inmenso lago en el provincia de Galilea, al cual las autoridades romanas han rebautizado como Lago de Tiberiades, en honor del emperador Tiberio. Por orden de la capitanía del puerto debemos advertirles que el pasaje es gratis, de manera que no se dejen engañar por unos pillos que revenden los tiquetes a la entrada.

Recuerden, siempre y cuando viajen con el capitán Jesús y en su barca, todo está pagado previamente. Es por GRACIA. Asegúrense por favor de llevar sus chalecos salvavidas, aunque nadie se va a ahogar entre tanto permanezca en la barca. Estos chalecos funcionan como las armaduras en tierra y les librarán en medio de tormentas infernales. Y como si fuera poco el Capitán Jesús es experto en transmitirles su completa paz.

El lago se ve inofensivo, luce maravilloso y da de comer a muchas familias, pero cuidado, en cualquier momento y sin previo aviso les rugirá como un león. Además les echará agua dentro de la embarcación, los mojará, les provocará frío,  los aterrorizará y les dará un buena zarandeada. Mas no se angustien, conserven la tranquilidad, con Jesús siempre irán seguros. Muchas gracias”.

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Lo que pasa es que…

(Juan 5:1-9).

Las excusas son argumentos que esgrimimos para explicar el por qué algo no salió como debió ser. Y aunque algunas son verdaderas justificaciones, la gran mayoría son sólo mentiras, pero tan bien disfrazadas de verdades que hasta uno se las cree.

Y entre las inconveniencias de las excusas están los hechos de que son adictivas, nos hacen mala fama, no nos dejan enfrentar el verdadero problema por el cual no hicimos o no dijimos lo que debimos, y frena la GRACIA de Dios, ya que no le da lugar para que pueda actuar y ayudarnos.

Aunque suene raro hay algo que Dios nunca podrá perdonar: las excusas. Sí, la sangre de Jesucristo se hace inocua ante las disculpas, pues dicha sangre sólo es efectiva ante los pecados confesos de alguien arrepentido. De manera que si una persona no admite su culpa, no es valiente y asume su responsabilidad, Dios queda maniatado y nada puede hacer. Pero claro, se trata del caso del que realmente ha pecado, no del inocente que nada debe confesar.

En cierta ocasión Jesús se acercó a un hombre paralítico que llevaba 38 años enfermo y que yacía junto a un estanque que en hebreo se llamaba Betzatá. No era él el único enfermo allí, sino que había otros tales como ciegos, cojos y paralíticos. Pero Jesús se acercó específicamente a él y le preguntó: “¿Quieres que Dios te sane?”

¿Y qué contestó el hombre? Se puso a explicarle el por qué no había sido sanado. Ese sujeto estaba frenando la GRACIA de Dios. Claro que era un pecador, el mismo Jesús, en el versículo 14, le dice que no peque más, de manera que se acercó a él a sabiendas de que era un pecador.

Pero Jesús no fue a él para restregarle su pecado y decirle que era un gusano miserable que se merecía estar allí tirado. No, Jesús fue a verlo para llevarle su GRACIA, su favor inmerecido, su amor. Ese personaje no merecía ser sanado, pero la GRACIA de Dios no se da por méritos, sino por misericordia.

Y Dios estaba dispuesto a cambiarle la vida a ese paralítico, a sanarle su cuerpo, su alma y su espíritu. Aunque este hombre estaba tan acostumbrado a sacar excusas que pensó que Jesús le reprochaba el no haberse sanado.

Mas Dios mismo le estaba visitando para preguntarle si deseaba ser sanado. Y lo sanó. A pesar de que el interrogado nunca le dijo que sí quería ser sanado. ¿Qué tal si hoy dejas de inventar excusas, reconoces tu pecado y aceptas la GRACIA de Dios para ti? ¡Suéltale las manos a Dios y permite que pueda obrar a tu favor!

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Abuelito dime tú.

 

(Juan 3:16; Juan 17:15; Santiago 4:4; 1 Corintios 10:12)

–         Abuelito, la verdad es que me confundo con esto del cristiano y el mundo. Unos dicen que no debemos estar en el mundo y otros que sí, porque somos testigos de Dios en él. La Biblia dice que no debemos amarlo, pero también menciona que Dios amó al mundo y dio su vida por él. ¡Qué enredo! Abuelito, dime tú, ¿qué entiendes?

–         Nietecita, voy a tratar de ser muy breve y didáctico, así aclararás estos conceptos de la manera más sencilla posible. Cuando la Biblia dice que Dios amó al mundo se está refiriendo a su gran amor por el ser humano, a quien ama profundamente, aunque aborrece el pecado de ese ser humano. Y cuando la escritura dice que no amemos al mundo no se refiere a las personas, sino al sistema de vida que ha desechado a Dios. El mandato de Cristo es amar al prójimo, sin necesidad de amar las obras perversas del prójimo. Y aunque los cristianos no pertenecemos al mundo sino que pertenecemos al Reino de Dios, sí tenemos que permanecer en el mundo. Y debemos estar en él como dos elementos, como la sal y como la luz. Como la sal porque evita la corrupción de ese mundo. Y como la luz porque alumbra las tinieblas de ese mundo.

Aprendamos la lección del barco, que fue hecho para estar en el mar, no en el muelle, pero cuidándose de estar sobre el mar, y no que el mar esté dentro de él, porque si no se hunde. El cristiano sí debe estar en el mundo, pero jamás permitir que el mundo esté en él, dentro de su corazón. Por eso Cristo le pidió al Padre que no nos quitara del mundo, sino que nos guardara del mundo.

A Jesús lo criticaron los religiosos de su tiempo por andar con publicanos y pecadores, pero Él no andaba participando de sus fechorías, sino llevándoles la luz a su oscuridad y salvando sus almas. Y quienes lo criticaban y se guardaban de no andar con tales personas, no tenían la pureza espiritual de Jesús que sí andaba con ellas. Esos eran sólo unos fanáticos religiosos que se ufanaban de su apariencia de santidad.

Nietecita, el peligro que debes evitar siempre al estar en el mundo es contaminarte con el mundo, por eso, si quieres estar firme, mira que no caigas, cuídate. Si ves que puedes darle la mano a una persona en un foso y sacarla, hazlo. Pero si ves que la persona es muy pesada y te va a arrastrar a ese foso, ve por ayuda.

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Se puede embriagar, pero no enloquecer.

(Efesios 5:18, Gálatas 5:22-23).

Rodrigo recuerda que cuando se emborrachó leyó en un letrero que se vendían madres sin sentimiento y que después llegó a tocar a la puerta de una casa y a hacer muchas preguntas sobre los que vivían allí y si la dirección que buscaba era la correcta, hasta que la persona que le abrió le dijo:

“Ya papá, ya no molestes más y éntrate a dormir. Y allí no dice que se venden madres sin sentimiento, allí dice que venden madera, zinc y cemento. Vamos Papá, ya quedaste otra vez sin un centavo y más enfermo que antes.”

El que se embriaga con licor pierde el juicio y no es dueño de sus actos, puesto que la bebida que llega al vientre pasa al torrente sanguíneo y luego al cerebro donde altera la percepción y la capacidad de razonar inteligentemente. A diferencia de embriagarse con vino embriagarse con el Espíritu Santo, llenarse de él, hace mucho más inteligente a la persona, pues su cerebro es dirigido ya no por una sustancia psicoactiva, sino por Dios mismo. Y como fruto de estar bajo el control del Espíritu Santo el individuo manifiesta una maravillosa transformación del carácter.

El fruto, no los frutos, sino el fruto de esa llenura espiritual, es tener nueve virtudes en sí mismo, las cuales son: el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la benignidad, la bondad, la fe, la mansedumbre y la templanza. Estas nueve características de estar llenos, embriagados del Espíritu Santo, se han dividido a su vez en tres grupos de tres componentes cada uno.

En el primer grupo están el amor, el gozo y la paz. Estos tres se experimentan interiormente y se manifiestan exteriormente hacia el prójimo y hacia Dios. Los tres que se evidencian en el trato hacia el prójimo son los del segundo grupo que lo conforman la paciencia, la benignidad y la bondad. Y los últimos tres que se evidencian en la relación hacia Dios están en el tercer grupo que lo conforman la fe, la mansedumbre y la templanza.

Y es importante hacer notar que la Biblia es muy clara al advertir que cuando una persona está embriagada del Espíritu Santo no pierde su personalidad ni sus capacidades de razonar y decidir. En otras palabras, el Espíritu Santo no robotiza a nadie, sino que lo inspira y guía para que todo lo que piense, haga y diga sea con decencia y orden. No hay excusas para que un cristiano incurra en extravagancias y luego se las achaque a la unción. Eso no es verdad.

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Mamá, qué sería lo que tenía el flaco.

 

(Colosenses 3:19).

Con la revista sobre la mesa y observando la foto en blanco y negro que ocupaba media página, Luisa le pregunta a su mamá que tenía de especial ese hombre a quien ella veía tan poco atractivo pero que había hecho suspirar a muchas mujeres de su época en tantos países.

–         De veras que no entiendo. Estoy leyendo la biografía de este señor y dice que tuvo diez esposas en su vida, sin contar todas aquellas con las que sostuvo romances. Inclusive la diva del cine mexicano, María Félix, quien también tuvo varios maridos, fue una de esas diez y confesó en su autobiografía que ningún hombre la había hecho tan feliz como ese hombre al que ella veía como un atractivo canalla. ¡Esto es muy raro! ¿Cómo pudo este flaco y feo, que parece un naufrago recién rescatado, con esa cicatriz que le cruza media cara, con esas facciones toscas, con esa vocecita ronca y nasal, con ese nombre tan largo y feo, con ese terrible pasado de pobreza y con la fama de haber hecho su carrera en cabarets y casas de lenocinio, haber cautivado no sólo a las chicas americanas y europeas, sino a los hombres que se hacían sus seguidores? Imagínate que este señor se llamaba Ángel Agustín Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón Lara y Aguirre. ¡No puede ser! ¡Parece un chiste! ¿Qué crees?

–         Bueno hija, la verdad es que él no fue de mi época, pero su música sigue sonando todavía por todas partes. Ese flaco feo que ves allí fue el famoso Agustín Lara, el compositor mexicano de éxitos como: “María Bonita”, “Solamente una vez”, “Noche de ronda”, “Granada” y 403 canciones más que acuñó hasta 1970, cuando murió. Y aunque la vida de este señor no es propiamente un modelo a seguir por cualquier joven, hay algo que vale la pena destacar en él y que responde a tu pregunta acerca de qué podía haber en él que hiciera suspirar a las mujeres. La respuesta es sencilla: su romanticismo. Eso es algo muy difícil de encontrar en un hombre, y no porque no sean románticos, sino porque no dejan que ese romanticismo les fluya, se sienten ridículos cuando lo son. Y ese romanticismo es lo que hace suspirar a cualquier mujer, aquí y en la china. Un hombre inteligente, se admira. Un hombre bonito, te atrae. Un hombre adinerado, te llama la atención. Un hombre espiritual, se sigue. Pero un hombre romántico, te hace suspirar.

¡Hoy es el día para recordar que debemos ser hombres fieles, de una sola mujer, y que Dios nos manda a amar a nuestras esposas con mucho, mucho romanticismo, ellas lo necesitan!

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Yo perdono, pero no olvido.

(Mateo 6: 14-15; Hebreos 10:17-18).

El perdón es un ejercicio espiritual que debemos practicar todos los días. ¿Y por qué? Porque los humanos somos imperfectos y fallamos. En las personas no cristianas el errar es la cosa más normal del mundo, pero en los cristianos, aunque también se yerra, dichos fallos presentan algunas diferencias.

La primera de ellas es que tenemos conciencia de que hemos fallado. La segunda es que dichos yerros se dan mientras vamos caminando hacia la perfección, son tropiezos durante el proceso. La tercera es que el pecado ya no se enseñorea de nosotros, pues aunque incurrimos en el pecado eventualmente ya no lo practicamos como estilo de vida. La cuarta es que Dios nos trata como a hijos y no como a enemigos, por ende nos disciplina, pero no nos retira la calidad de hijos, es más, el sólo hecho de disciplinarnos ya nos da a entender que somos hijos y no bastardos.  Y la quinta diferencia es que existe para el cristiano el arrepentimiento, lo cual nos permite apartarnos del mal, confesar el pecado y recibir un perdón perfecto.

¡Cuántas veces desearíamos echar las manecillas del reloj hacia atrás para no haber hecho lo que hicimos! ¡Oh, cuánto dolor y vergüenza nos evitaríamos! Pero como no lo podemos hacer entonces echemos mano de la buena noticia del perdón, que es el recurso de borrar y olvidar, puesto que perdonar es cancelarla una deuda. Cuando Dios nos perdona se olvida. Él sufre de “amnesia voluntaria”, decide nunca más recordar algo de lo cual nos hemos arrepentido.

Para aquellos que dicen que perdonan pero no olvidan, hay que advertirles que se contradicen, pues perdonar es olvidar, es cancelar una deuda. ¿Cómo puede decir una persona que perdonó una deuda pero que no va a expedir un paz y salvo sino que va a conservar el pagaré para cobrarlo en cualquier momento? Si ya perdonó la deuda es porque la considera pagada, ¿cómo entonces va a cobrar algo que ya se le pagó? Eso es ilegal.

Y si Dios nos perdonó a nosotros también nosotros debemos perdonar a los que nos ofenden. Ya basta de hacernos las víctimas y guardar feos recuerdos de otros para exhibirlos cada que nos dé rabia. Perdonar es olvidar y punto. Y ese olvidar no significa literalmente que el recuerdo se borró de nuestra mente, sino que ya no pensamos en él, ya no nos duele, ya quedó sepultado.

Basta también de estar sintiendo pena o vergüenza por lo que alguna vez hicimos. Más bien mostremos nuestro arrepentimiento pensando en que si esas circunstancias horribles se nos volvieran a presentar jamás actuaríamos de la misma manera.

Y si el diablo quiere usar a alguien para sacarnos los “trapitos al sol” hagamos tres cosas: Primero, alabemos a Dios por su perdón, porque Él olvidó nuestro pecado. Segundo, pidamos por la salud de quien nos está evocando malos recuerdos, ya que esa persona está haciendo algo ilegal y se expone a un peligro al revolver basura. Y tercero, perdonémonos a nosotros y no nos martiricemos con pensamientos putrefactos. ¡Somos dichosos al ser perdonados!

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