No te lleves el pan, llévate al panadero.

(Éxodo 16: 4,5, 14-31).

La historia de cómo Dios alimentó durante 40 años en el desierto a la nación de Israel es asombrosa, verídica y milagrosa. Y hay en ella algunos detalles que no se deben perder de vista.

Primeramente Dios les ordenó que recogieran una porción de maná para cada día, la suficiente para cada uno, la que se quisiera comer, era autoservicio gratuito, pero sólo se debían servir lo del día, no podían guardar.

Sin embargo, no faltaron los que se las quisieron dar de muy inteligentes y tomaron para ese día y para el siguiente, “por si acaso”, pero resulta que al otro día el maná guardado tenía gusanos y olía mal.

En segundo lugar, Dios les ordenó que el día sexto recogieran el doble de maná para que al otro día, que sería el séptimo, descansaran, se quedaran guardando el día de reposo y no salieran de casa, porque ese tiempo no sería de trabajo sino de adoración para Dios. Además en esa fecha no caería pan del cielo.

Y como cosa curiosa en esa ocasión el pan adicional que habían llevado no había criado gusanos ni olía mal, sino que había amanecido fresquito. Sin embargo otra vez los que se las quieren dar de muy sabios salieron al campo a buscar el maná y no encontraron “maj na”, o nada más.

Nuestra mente humana y desobediente hoy en día estaría tratando de desarrollar algunos refrigeradores para congelar maná y venderlo en los días siguientes.

Seguramente aparecería el especulador que lo escondería para subir después el precio. Y otros conseguirían una camioneta con altoparlante e irían de casa en casa ofreciendo el producto: “a llevar el maná fresco, a llevarlo, compre tres y pague dos, el manaaaaa”.

Pero lo que Dios quiere enseñarnos es que dependamos de Él, cada día, que confiemos en Él para cada una de nuestras necesidades. Él no quiere que dependamos de “un pan que cae del cielo”, Él quiere que dependamos del “Panadero” que nos suple en todas nuestras carencias.

Y esto es bien simple de entender, porque si lo que tú buscas es un milagro de sanidad y no al Sanador, entonces te darás cuenta que aunque hoy te sanaste del estómago, mañana tal vez necesites sanarte del corazón.

Y si lo que buscas es un milagro de provisión y no al Proveedor, te darás cuenta que aunque hoy pagaste al banco la mensualidad atrasada, en cuatro semanas tendrás que volver a pagar otra cuota.

Ya no busques el milagrito, busca al Dios de los milagros.

Sé sabio, no te lleves el pan del cielo, llévate al Panadero Celestial, hazlo tu Señor, tu Dios y tu Salvador.

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“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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¡Ay! Hay un adolescente ahí.

(Lucas 2:41-52).

Para muchos hogares un adolescente es un sinónimo de problema o conflicto al punto de que algunos erradamente asocian la palabra adolescente con adolecer, que significa causar dolencia o enfermedad, caer enfermo o padecer un defecto.

Pero adolescente no tiene nada que ver con adolecer, es otra palabra con otra etimología. Adolescente viene del latín “adolescere” que significa criarse, estar creciendo, madurar.

El vocablo está compuesto del prefijo “ad”, hacia, y el verbo “alescere”, crecer. En pocas palabras, es la etapa del crecimiento entre la infancia y la adultez y se ubica entre los 11 y 19 años.

Y según la Organización Mundial de la Salud por cada cinco habitantes del planeta uno de ellos es un adolescente y el 85% se haya en países pobres o de medianos ingresos.

Pero la adolescencia no tiene que convertirse necesariamente en un infierno para chicos y padres, sino que puede ser una transición saludable para ambas partes.

En la Biblia encontramos un breve relato en el que se menciona a Dios hecho ser humano y hecho un adolescente, sí, es increíble.

Y de esa porción de las Escrituras se podría hablar en abundancia, pero por motivos de espacio sólo enfocaré un aspecto: la obediencia a los padres.

Jesús, en plena adolescencia, crecía en sabiduría y estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.

No se puede uno imaginar a Jesús hoy en día con unos audífonos 24 horas al día en los oídos, desconectado del mundo como un autista, con un cuarto fétido, impenetrable y donde se encueva para no tener vida social con nadie y atado como con cordón umbilical a una computadora y un celular.

Además hablándoles a sus padres entre dientes, con frases cortas y con una cara de enfado tal que pareciera que lo estuvieran torturando para que confesara algo.

No, tampoco nos cabe en la cabeza a un Jesús diciéndole a José y María:

“Saben qué viejos, ustedes no están a mi nivel, ya tengo 12 años y sé más teología que ustedes, hablo hebreo, arameo y griego. Tengo poderes que los dejaría boquiabiertos. Yo no voy a ser un pobre carpintero fracasado como tú papá. Es más, ustedes tendrían que arrodillarse ante mí, porque yo soy Dios, me entendieron. Y sepan que desde hoy haré lo que se me dé la gana”.

No, ese no sería Jesús, sino el diablo.

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La fe y su ecuación: visión + oración + convicción = posesión.

(Hebreos 11:1).

Este devocional va dirigido a aquel que siempre ha querido una fórmula para aprender sobre la fe cristiana.

Lo complicado es que dicha fórmula debe tener las siguientes cinco características: que sea fácil de entender, rápida de asimilar, bíblica de principio a fin, que no sea aburridora y que nunca se nos olvide.

Pues bien, mientras se inventan cápsulas milagrosas para aprender sobre la Biblia, a los maestros nos tocará seguir orando a Dios para que nos ayude en esta tarea y para que a través del Espíritu Santo nos dé más creatividad.

Este es el intento de la fórmula para aprender sobre la fe bíblica:

La fe de la que habla la Biblia tiene una ecuación, para que nunca se confunda con el optimismo, con el ser positivo, con el poder de la mente y con la teología de la súper fe, que es la última moda y que dice que todo es posible si sólo lo deseas con vehemencia, lo crees en tu mente y lo confiesas con tu boca, porque siguiendo esos pasos a Dios no le queda más remedio que darte todo cuanto le pidas.

Así es que memoriza la siguiente declaración, que luego se sustentará bíblicamente para evitar herejías, como si un mago estuviera sacando doctrinas nuevas de su sombrero.

La fe y su ecuación: visión + oración + convicción = posesión.

La visión es lo que tú ves, pero no con los ojos físicos, sino con los ojos del espíritu. Si tú puedes ver algo materialmente, entonces no necesitas fe, porque la fe es para ver lo invisible.

Y tu visión debe ser clarísima y apasionada. Pero cuidado, esa visión no es producida por la mente ni es una sugestión, sino que es dada por el mismo Dios, es sobrenatural.

Es por eso que muchos, alentados por algunos conferencistas a tener sueños y visiones, no reciben nada, porque sus sueños y visiones no son los de Dios, sino los suyos.

Santiago 4:3 dice que eso es pedir mal y por ello Dios no concede nada.

La oración debe ser la que guía el Espíritu Santo, no la que nuestra mente caprichosa le dicta a Dios como si fuera un camarero que viene a tomarnos el pedido.

Juan 14:13, Romanos 8:26 y Judas 20 nos enseñan que el Espíritu Santo nos guía en la oración que hacemos al Padre en el nombre de Jesús. Así es que la fe siempre va sobre rieles divinos.

La convicción es la completa certeza, la seguridad, la total certidumbre de que estamos orando conforme a la voluntad del Padre, y por consiguiente, no hay ni la menor duda de que ya tenemos respuesta afirmativa de parte de Papito Dios.

Santiago 1:6 y 1 Juan 5:14-15 señalan que el que duda nunca va a recibir nada de Dios, pero que el que ora conforme a la voluntad del Padre ya sabe que fue escuchado y que tiene, no que tendrá, sino que tiene, lo que ha pedido en oración. Y a eso es a lo que llamamos tener posesión.

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El pecado de no disfrutar de los regalos divinos.

(Eclesiastés 5:18-20).

¿Por qué razón cuando se están repartiendo regalos el que ha dado uno espera ansioso a ver la reacción del que lo recibe?

¿Y por qué mientras el destinatario del paquete se toma todo su tiempo para abrirlo, quien se lo compró y se lo empacó se desespera y le dice: “ya, rompe ese papel”?.

La respuesta es: porque tan emocionante como el recibir, es el dar.

Por eso, si tienes oportunidad de participar en una entrega de regalos, fíjate bien que el que pide que el obsequio se abra de inmediato es quien lo ha dado.

Y si miras los rostros del que dio y el que recibió, notarás que la emoción es de parte y parte.

Advertirás igualmente que la mejor recompensa que recibe quien ha dado un regalo es que quien lo recibe se alegre, halague lo que se le ha dado y lo disfrute.

Pero cuánta frustración queda cuando sucede lo contrario, cuando la persona a la que le hemos dado algo toma nuestro obsequio y lo pone con desgano en otro lugar y dice algo como:

“gracias, está bueno, voy a dejarlo aquí, más tarde lo miro.”

Y eso es exactamente lo que mucha gente hace con Dios, lo ofende y lo entristece al no darle las gracias con buena actitud y al no disfrutar de sus dádivas.

Dios, como buen Padre, procura siempre lo mejor para nosotros, y su anhelo es vernos felices disfrutando de todo aquello que Él nos ha provisto.

Es así como se toma todo su trabajo en protegernos del mal, en darnos el alimento diario, en prepararnos techo y ropa, en cuidar nuestra salud corporal, mental y espiritual, y en completar la obra de perfeccionamiento que un día inicio en nosotros.

¿Y cómo le pagamos algunos de nosotros? Quejándonos por el sol y quejándonos por la lluvia. Lamentándonos porque sí y lamentándonos porque no.

Comiendo nuestros alimentos como si fueran un purgante. Vistiéndonos con el mayor desgano del mundo y tratando nuestra vivienda como si fuera una pocilga.

Además, viviendo la vida con complejo de mártires, esperando a ver quién nos ofende o nos roba, para así poder decir:

“mírenme, qué miserable soy, pobre de mí, el Señor me tiene en duras pruebas, este mundo en un calvario, ¡ay, ay, qué dolor!”

Ese es el tipo de personas que no se aguantan ni ellas mismas, que van para el cielo y van llorando.

Se pregunta uno: ¿qué les hará felices, cómo extirparles el lamento, cómo librarles del complejo de mártires?

¡Ayayay! Esa gente es difícil, es mejor a veces ni encontrársela, porque no se sabe cómo reaccionarán.

Si les saludas, se enojan y piensan que estás tramando algo, porque es sospechosa tanta amabilidad. Si no les saludas también se enojan y dicen que eres un grosero.

Y si hablan contigo, te narran todos sus sufrimientos desde que nacieron, pues les encanta coleccionar ofensas y desconocer que existen un perdonar, olvidar y seguir adelante.

Por favor, entendamos que cuando Papito Dios nos da algo, nos lo da con amor, para que lo disfrutemos.

Por eso, la mejor recompensa que le podemos ofrecer es serle agradecidos y disfrutar de sus dones.

Ya no cometamos el terrible pecado de no gozar de sus dádivas.

¡No le ofendamos ni entristezcamos con más quejas e ingratitud!

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No busques el error, porque lamentablemente lo encontrarás.

(Filipenses 3: 14).

La frase es del Dr. Luis Romero Perego, de Venezuela: “el ser humano es el único que cuando se ve con lupa, empequeñece”.

Y es una gran verdad, cuando alguien se propone buscarle defectos a otra persona, puede tener la plena seguridad de que los encontrará, pues no existe ni un solo ser humano que sea perfecto.

Y esto explica el porqué cuando admiramos a alguien y llegamos a conocerle sin detalle, podemos encontrar en su vida motivos para apreciarle, elogiarle y hasta amarle.

Mas cuando nos adentramos en su intimidad examinándole minuciosamente, como con una lupa, entonces aparecen ante nuestros ojos cientos de defectos que no habíamos percibido a simple vista, y esto desemboca en el desencanto, el reproche y la crítica malsana.

Es así que de un momento a otro, a aquella persona a la que admirábamos, ahora la criticamos sin  ninguna piedad.

Pero resulta curioso que quien acusa, critica y se queja de las imperfecciones de alguien, también está lleno de fisuras y de motivos para criticarle, acusarle y quejarse de él.

En cambio, Dios, quien es santo y perfecto, y quien sí tiene motivos para acusarnos, criticarnos y quejarse de nosotros, más bien decide amarnos y aceptarnos sin ningún problema.

¡Increíble! Somos los pecadores los que armamos el escándalo por notar que otros son tan pecadores como nosotros.

Pero cuidado, el que Dios nos ame y acepte no significa que nos va a dejar exactamente igual que como nos encontró. Dios no nos ama por ser pecadores, sino que nos ama a pesar de ser pecadores.

El ser pecador no es el motivo por el cual Dios nos ama, sino que su amor es tan grande que puede pasar por alto el hecho de que seamos pecadores.

Nadie puede decir: “voy a pecar para que Dios me ame”. Mas bien debería decir: “Dios me ama tanto que aún sabiendo que soy pecador no ha dejado de amarme.”

Es el mismo caso de la mamá que abraza a su hijo a pesar de toda la suciedad que éste lleva encima. No es que el amor de madre la haya hecho ciega y no vea la mugre, sino que a pesar de esa mugre no puede evitar amarle.

Pero como es una madre que cuida y desea lo mejor para su hijo, entonces le saca la suciedad, lo baña y lo viste con ropa limpia.

Los mismo hace Dios con nosotros, nos acepta a pesar de ser pecadores, pero luego nos limpia de pecado, nos da una nueva naturaleza de santidad, pone dentro de nosotros al Espíritu Santo, nos rodea de ángeles para que nos cuiden y nos nombra coherederos con Cristo de todas sus inmensas riquezas.

Este es el Dios de la Biblia, el que nos ama para santificarnos, en lugar de santificarnos para amarnos.

Es mejor que pongamos los pies sobre la tierra y entendamos que nunca vamos a encontrar ni cónyuges, ni padres, ni hijos, ni iglesias, ni cristianos perfectos.

Aún así, debemos amarnos y amar al próximo como a nosotros mismos. La imperfección no es una excusa para seguir mal, sino un motivo para mejorar.

Y aunque no seamos perfectos, sí estamos llamados a caminar hacia la perfección, diciendo como el apóstol Pablo: “no que lo haya alcanzado ya, pero prosigo a la meta”.

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Cómo fue que una perra cautivó el corazón de mi padre.

(Proverbios 18:24).

Terminada la cena la familia entera pasó a la sala a ver la televisión, pero como la energía eléctrica se fue en todo el barrio, el momento se hizo propicio para conversar bajo la luz de una pequeña vela colocada sobre un plato en la mesa de centro.

Y fue en ese día y en ese lugar que Luis Alberto les confesó a sus hijos y  a su esposa cómo fue que una perra cautivó su corazón.

“Mi primera profesora de relaciones humanas no fue la de la escuela primaria, sino una perra de la televisión, se llamaba Lassie. Era una ejemplar canina de la raza Collie que nos divertía todas las tardes.

Tan pronto terminábamos de hacer las tareas escolares nos tirábamos al piso a ver en la televisión, que en esa entonces era en blanco y negro, las aventuras de este animalito que era genial.

Y recuerdo que un día, cuando terminó uno de los capítulos de la serie, mi mamá apagó el televisor y nos dijo por qué le gustaba mucho que Lassie fuera nuestra profesora en la casa, porque esa mascota sí sabía lo que era la amistad.

En primer lugar porque era muy fiel a su amo, no lo abandonaba ni lo traicionaba.

En segundo lugar, porque no se iba a la calle a andar con otros perros sin permiso, sino que esperaba a que su dueño la sacara a pasear.

En tercer lugar, porque era afectuosa, siempre que venía su amo le demostraba su cariño moviendo la cola, brincando y ladrando, actitud que es muy diferente a la de los hijos y amigos que no expresan su amor, que cuando llega el papá a la casa ni siquiera van a saludarlo y a preguntarle cómo le fue.

En cuarto lugar, porque cuando veía un peligro, avisaba, en lugar de quedarse callada esperando que el mal viniera sobre las personas. Un amigo verdadero no es el que se tira con uno al peligro, sino el que nos advierte sobre las consecuencias del mismo.

En quinto lugar, porque cuando el amo u otra persona estaban en aprietos, Lassie les ayudaba o salía corriendo a buscar la ayuda de otros, en lugar de quedarse mirando y gimiendo.

En sexto lugar, porque se comía todo lo que le servían sin estar criticando o renegando.

Y en séptimo lugar, porque divertía sanamente a sus amigos de todo el mundo, no tenía que hacer locuras o estupideces para ganarse su aprecio.

Bueno, ya les confesé cómo fue que una perra se robó el corazón de papá”.

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La máxima nota en el examen final.

(1 Corintios 15:21, 22, 45, 47).

El Dr. Anestesia tenía fama de ser el profesor más estricto y cascarrabias de toda la facultad de derecho de la universidad.

Su nombre no era anestesia, sino que lo habían apodado así por ser monótono y dormir a sus alumnos a los cinco minutos de empezar la cátedra.

Se ufanaba al decir que él no le calificaba la máxima nota a ningún alumno, que la máxima nota era para el profesor, motivo por el cual sus exámenes hacían temblar aún a los más estudiosos.

Para el examen final del semestre les dijo a sus alumnos que debían estudiar todo lo concerniente a la reforma al código laboral, desde su extenso articulado hasta las correcciones al viejo código y los nuevos beneficios.

El día de la prueba llamo a lista e hizo firmar a cada estudiante la hoja de asistencia. Luego los acomodó bien distantes el uno del otro para evitar fraudes y les entregó el examen que debían contestar en 55 minutos.

Sacó su cronómetro y se sentó a vigilar todo mientras un caballero con el uniforme de servicios generales hacía una reparación eléctrica detrás de su escritorio.

Terminada la jornada puso el cartapacio en su maletín y se fue sin despedirse.

Una semana después las calificaciones figuraban en la cartelera del pasillo central. Lo curioso es que aparecía, por primera vez en la historia de su cátedra, un alumno con la máxima nota, pero no estaba su nombre.

Así es que el comentario general era: ¿quién fue el que logró la máxima calificación?

Algunos verificaron la lista de asistentes al examen y concluyeron que estaba completa. No faltaba nadie. Así es que había una prueba de más, de algún estudiante anónimo, o de algún fantasma.

El día en que el Dr. Anestesia se reunió con todo el grupo debió obligatoriamente referirse al asunto, pues la curiosidad ya no era sólo de los alumnos de su curso, sino de toda la universidad, incluyendo al resto de docentes y a los cuadros administrativos.

“Apreciados alumnos, es mi deber reconocer a mi edad que en el examen final alguien tomó la prueba y sacó la máxima nota, pero quien hizo eso no es un alumno regular, sino este caballero que está aquí.

Él, fingiendo hacer unas reparaciones eléctricas ese día, llenó las hojas y las colocó sobre mi escritorio. Él es realmente un magistrado y en su época de legislador escribió toda la reforma al código laboral.

Es también un viejo condiscípulo que junto con algunos amigos me dieron una muy buena lección. Lástima que su examen no haya sido a nombre de alguno de ustedes”.

Esta historia ilustra lo que Cristo hizo por nosotros, sólo que la máxima nota de Él sí nos la han puesto a nosotros.

Él, el autor de toda la ley y el ser más santo, se vistió de humanidad y vino a corregir lo que nuestro padre Adán hizo mal.

Jesucristo cumplió toda la ley a nuestro favor, hizo el examen por nosotros y nos dio la máxima nota.

Por eso a Cristo se le llama el postrer Adán, porque aunque el primer Adán trajo el pecado al mundo y con él la muerte, Cristo, el último Adán, pagó con su muerte por nuestros pecados y nos dio vida eterna.

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Envejeciendo de cuerpo y alma y rejuveneciendo de espíritu.

(Tito 3:5; 2 Corintios 4:16).

Con su buen sentido del humor Luciano Rodríguez, un apreciado amigo y abuelo de origen cubano y residente en Miami, dice cuando debe referirse a algún mal físico que le ha sobrevenido que eso es un problema del alma.

¿Del alma?”, le pregunta uno incautamente, y él, con una amplia sonrisa, contesta: “sí, del almanaque”, y luego vienen las risas estentóreas.

Es inevitable que el almanaque nos indique que cada vez nos vamos aproximando hacia la vejez, no importa que se tengan 20 ó 40 años, de todos modos el deterioro físico y mental es inevitable.

Pero a nivel espiritual, en el cristiano, se da otro fenómeno curioso, el cual es llamado: “la renovación”.

Esa renovación es algo así como un remozarse, un rejuvenecerse. Y aunque la palabra no es castiza usaré la licencia del poeta para incluir una que describe lo que pasa a nivel espiritual: “enniñecer”, irse volviendo niño.

En tanto que el cuerpo y el alma envejecen, el espíritu… “enniñece”.

El apóstol Pablo, escribiéndole en la Biblia a su discípulo Tito le dice que Dios nos salvó por su misericordia, no por merecimiento nuestro, y que dicha salvación se ha producido por dos actos diferentes del Espíritu Santo en la vida de un discípulo: la “Regeneración” y la “Renovación”.

La “Regeneración”, traducción de la palabra griega “Palingenesia”, es el nuevo nacimiento, un proceso que se da una sola vez al inicio de la vida cristiana y por el cual morimos a nuestra antigua vida de pecado, por la fe, y nacemos engendrados, espiritualmente, por el Espíritu Santo para una vida nueva.

Esta regeneración es la misma de la cual Jesús le hablaba al famoso teólogo Nicodemo cuando le refería que nadie puede entrar al cielo a no ser que nazca de nuevo.

La “Renovación”, traducción de la palabra griega “Anakainosis”, significa hacerse nuevo otra vez.

Mientras que la “Regeneración” ocurre una sola vez, la “Renovación” se puede dar a diario.

Es por ello que el apóstol escribiéndole a los Corintios les dice que aunque el hombre exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día.

Eso es como decir que aunque por fuera estamos envejeciendo, por dentro estamos “enniñeciendo”. Pero ello no significa volverse terco o inmaduro, sino por el contrario, maduro, es perfeccionarse.

La renovación espiritual es un recurso que Dios le da a cada hijo suyo para que esté confesando sus imperfecciones y recibiendo perdón.

También para ventilar sus tentaciones, descargar sus frustraciones y exhalar el cansancio.

Es así como el Espíritu Santo le pueda purificar, confortar, insuflar nuevas fuerzas y llenarle.

Al igual que el sediento acude cada día a una fuente para calmar su sed física, el cristiano puede postrarse confiadamente delante de Papito Dios para que Él apague su sed y le fortalezca nuevamente.

Pero esta tarea no se debe dejar para cada fin de semana o mes, sino para cada día.

Si queremos disfrutar de una vida cristiana saludable recordemos que no es suficiente con nacer de nuevo, no, hay también que renovarse, y día tras día.

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Conocer el resultado de antemano puede tranquilizar.

(Juan 16:33).

Carlos y Gonzalo veían el juego de fútbol en la televisión, ambos gritaban en cada jugada emocionante, se abrazaban, celebraban, como también se asustaban y se mostraban preocupados por cada acción de peligro frente al pórtico de su equipo preferido.

Finalmente el partido concluyó y los dos quedaron exhaustos:

-    Oye Gonzalo, yo vi ese juego perdido en varios tramos del encuentro. De verdad creí que íbamos a perder

-     Bueno, yo sí sabía que íbamos a ganar

-     ¡Ah pues eres una persona muy confiada!

-     No, lo que pasa es que este juego se celebró en la mañana y vi el resultado en Internet. Ahora lo están pasando en diferido

-     ¿Y sabiendo eso estabas sufriendo conmigo? ¿No puede ser?

-     Sí sabía que ganaríamos, pero no sabía cómo, de qué manera. Lo que me tranquilizaba era saber que al final ganaríamos, pero no creas, se sufre también. Lo que pasa es que para no desesperarme debía tener presente que sucediera lo que sucediera, de todas maneras triunfaríamos.

Tal y como le sucedió a Gonzalo viendo el juego de fútbol en la televisión le acontece a muchos cristianos. Ellos ya saben que  son ganadores, que al final la victoria está asegurada, que el capitán que les guía, Jesucristo, ya tiene el resultado a su favor.

Pero, de todas maneras, aunque se sepan ganadores, no por ello dejan de jugar, no por ello dejan de afanarse en ciertos momentos, no por ello se sientan con la brazos cruzados.

Jesucristo, conocedor de que el ser humano vive esos altibajos de tener mucha fe ante ciertas circunstancias, pero desmoronarse ante otras, inclusive inferiores, dejó unas palabras de fe, de ánimo:

“Muchachos, esto que les digo es para que tengan paz, porque vendrán momentos de desesperación, pero tranquilos, no se afanen, confíen en mí.

Es más, les estoy confirmando que van a tener aflicciones, y no pocas, pero ánimo, no desmayen, porque al final el triunfo es nuestro.

Les anticipo algo que tal vez no entiendan, pero que es verdad, y es que yo ya obtuve  la victoria. Sí, cuando ustedes vayan a la pelea recuerden que yo ya gané.

Aunque apenas van a comenzar la lucha y no saben los detalles de lo que ocurrirá, sepan que yo ya estuve en el futuro y gané. ¡Créanlo!”. ¡Luchen con eso en mente!

Salta a la cancha de la vida sabiendo que la victoria es tuya, que será dura, pero segura.

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Hoy miércoles 10 de septiembre de 2014, transmitiré en vivo y en directo junto con Carolina Ansuini y Carlos Fushan, el programa de radio Noticias en Pijama” número 553. Podrás escucharnos y vernos dando clic aquí. El horario es de lunes a viernes de 8 a 10 de la mañana, hora de Miami.

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Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

 

Si me amas, guarda mis mandamientos.

(Juan 14:15; 1 Juan 2:3-5)

Estudiando historia uno puede darse cuenta de que los esclavos obedecían a sus amos por temor a los crueles castigos. Los soldados vencidos obedecían a los vencedores por temor a ser asesinados.

Las naciones chicas obedecían a las poderosas y les pagaban tributo por temor a ser invadidas y destruidas. Las civilizaciones antiguas obedecían a sus dioses por temor a la ira de éstos y que desataran violentos fenómenos naturales.

Hoy en día el temor sigue siendo uno de los principales motivos por el cual decidimos hacer las cosas: el empleado obedece al empleador por temor al despido. El alumno a su maestro por temor a perder el curso. El ciudadano a las autoridades por temor a la cárcel.

Y hasta el cristiano obedece a Dios por temor a los castigos terrenales tales como maldiciones, enfermedades, pobreza, desgracias, y finalmente, la condenación eterna en el infierno.

¡Temor! ¡Temor! ¿Debe ser ese el motivo por el cual hacemos lo correcto en la vida?  ¿Desea Dios que le obedezcamos por temor a sus represalias y al castigo en el infierno?

¿Y si lo que Dios desea del ser humano es que lo obedezca, por qué razón no lo programó como a un robot para que siguiera sus órdenes al pie de la letra?

Pensar de esta manera es no conocer el corazón de Dios. El Señor es amor y todo cuanto hace lo hace por amor.

Aún la disciplina para sus hijos se basa en el amor, porque es como un Padre que reprende a sus hijos pensando en el bien de ellos.

Por supuesto que Dios hubiera podido programarnos como a robots, pero hay un problema, y es que aunque el robot puede obedecer, no puede amar, y Dios desea la obediencia por amor, no por una programación maquinal o por temor.

Lo que Dios anhela es que cada ser humano disfrute del inmenso amor que Él le tiene, le corresponda y anhele con todo su corazón agradarle, hacer su voluntad.

En la ley de Moisés el primer mandamiento era “amar a Dios por sobre todas las cosas”.

En la Gracia que trajo Cristo y con la cual sepultó la ley, Dios nos demostró su gran amor muriendo por nosotros.

Ahora nuestra respuesta debe ser amarle porque Él nos amó primero.

Y obedecerle, ya que somos incapaces de despreciar su gran amor, pisotear su sangre derramada y contristar su Espíritu Santo.

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Hoy martes 09 de septiembre de 2014, transmitiré en vivo y en directo junto con Carolina Ansuini y Carlos Fushan, el programa de radio Noticias en Pijama” número 552. Podrás escucharnos y vernos dando clic aquí. El horario es de lunes a viernes de 8 a 10 de la mañana, hora de Miami.

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Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.