Ora a toda hora, cuando tengas ganas y cuando no tengas.

 

(Mateo 26:41; Lucas 22:46, 1 Tesalonicenses 5:17).

Por favor, ten muy presente que el siguiente párrafo que vas a encontrar en bastardilla y entrecomillado, no es verdad, es una gran mentira disfrazada de verdad. Y como sé que muchas veces nos distraemos y pasamos muy a prisa por encima de algo sin analizarlo bien, quisiera repetírtelo: el siguiente párrafo, en letra bastardilla y entrecomillado, no es verdad. Y aunque suene hermoso; y se vea, huela y parezca verdad, no lo es, cuidado.

“¡Cómo obligar a nuestra alma a que ore a Dios! ¡Eso jamás! La oración debe nacer de lo profundo del ser, debe emanar como fluye del manantial el agua fresca, transparente y pura. La oración no puede ser impuesta, no debe ser un fruto forzado, sino que debe ser un fruto que se toma su tiempo para germinar, madurar y saciar con su néctar la boca sedienta. No te obligues a orar. No exijas a otros que oren. Deja que la oración sea un presente que se ofrezca en el altar de la buena voluntad y no un sacrificio auto impuesto.”

El anterior párrafo, es una gran mentira. Puede sonar poético, bonito y convincente, pero es una gran mentira. Y así son todas las mentiras del diablo, hermosas y bien parecidas a la verdad, por lo cual es tan difícil distinguirlas. Si tú estás esperando que el enemigo de nuestras almas tenga una horrenda apariencia, como para noche de brujas, y que hable con voz macabra, como en las películas de terror, y que diga mentiras que tengan apariencia de mentiras, te vas a llevar una sorpresa. Lucifer también sabe aparecer hermoso, vestido como ángel de luz, con voz encantadora y cantando y bailando a la perfección.

Él sabe actuar de maravilla en el cine, caminar sobre alfombras rojas y dar entrevistas diciendo sus mentiras con convicción y aire de intelectualidad. Pero todo en él es mentira. Jesús dijo que el diablo es padre de mentira.

Y volviendo con el anterior párrafo referido a la oración y que es una absoluta mentira, aunque tenga apariencia de verdad, en él se nos insta a no orar si no tenemos ganas. Pero es el mismo Dios quien nos aclara en la Biblia que la oración es una necesidad para todo aquel que desee una vida espiritual próspera. Ningún hijo de Dios puede esperar hasta que le den ganas de orar para hacerlo. Esos deseos no son tan frecuentes.

Jesucristo enseñó que aunque el espíritu desea orar, el cuerpo, la carne, la naturaleza humana, se resiste, no quiere, por lo cual debemos forzarnos a hacerlo. El mandato es: orar sin cesar, aunque no tengas ganas. ¡Ora a toda hora!

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Si tienes mucha leña por cortar invierte la mitad del tiempo afilando el hacha. Parte II

 Talento

(Mateo 25:14-30).

Continuamos reflexionando en el texto bíblico de Eclesiastés 10:10 el cual dice que si tu hacha no tiene filo tendrás que golpear mucho más fuerte y que si quieres prosperar en la vida tienes que saber qué hacer y hacerlo bien. No podemos ser como el pato que corre, nada y vuela, pero en ninguna de las tres se destaca.

Si ya hemos podido identificar algunos de nuestros talentos gracias a la ayuda de Dios, a los conceptos que sobre nosotros han vertido nuestros cercanos y a la observación que hemos hecho de nosotros mismos, ha llegado entonces el momento de desarrollar dichos talentos para hacerlos productivos.

Cantar, tocar un instrumento, componer, pintar, escribir, hablar en público, practicar un deporte, diseñar, construir o tener cualquier otra habilidad, son condiciones naturales o adquiridas con el aprendizaje que deben cultivarse y llevarse a un nivel de destreza cada vez mayor.

Si un deportista no entrena, no tiene una dieta adecuada, no aprende más de su disciplina y no es dirigido profesionalmente, esa capacidad en bruto que posee no se expandirá a un nivel de excelencia y no lo sacará de la mediocridad elevándolo por sobre el promedio. Y esto se reflejará en pocos trofeos, poco reconocimiento y pobres contratos.

Un concertista decía que si él dejaba de practicar al piano un sólo día, él lo notaría. Si dejaba de practicar una semana, su representante lo notaría. Y si dejaba de practicar dos semanas, el público lo notaría.

Una noche, después de un concierto, una dama se acercó al famoso violinista Fritz Kreisler y le dijo emocionada: “maestro, daría mi vida entera por tocar el violín como usted”.

Y el músico austriaco le contestó: “Eso fue exactamente lo que yo hice”.

Algún día Dios nos pedirá cuentas por aquello que hicimos o dejamos de hacer con los talentos que Él nos dio. Si nosotros le damos a un panadero harina, huevos, mantequilla y un horno, lo lógico es esperar que nos dé un rico pan bien horneado, no que nos devuelva los ingredientes.

Y por eso podemos entender la frustración del hombre de la historia que contó Jesús, el cual le dio a su siervo un talento para que lo trabajara, pero  cuando regresó y le pidió cuentas, éste le devolvió exactamente el mismo talento. ¿Qué había hecho con ese talento? Lo había enterrado. El problema no fue que lo robó o lo perdió, sino que lo enterró. El pecado no fue deshonestidad, sino improductividad. Ahora vale la pena que te preguntes: ¿ante Dios soy alguien productivo?

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Si tienes mucha leña por cortar invierte la mitad del tiempo afilando el hacha. Parte I

 Talentoso

(Eclesiastés 10:10).

Una de las versiones de la Biblia dice en Eclesiastés 10:10 que si tu hacha no tiene filo tendrás que golpear mucho más fuerte y que si quieres prosperar en la vida tienes que saber qué hacer y hacerlo bien.

De algunos individuos se afirma que son aprendices de todo y maestros de nada, pues les pasa lo mismo que al pato, que corre, nada y vuela pero ninguna de las tres las hace bien.

¿No sería mejor investigar cuáles son las cosas para las cuáles tenemos talentos naturales, después dedicarnos a desarrollar esos talentos y finalmente ponerlos a producir para el sustento propio y el bien de otros?

Un conferencista decía: “Piensa en qué es lo que te gusta hacer en la vida. Estudia eso, dedícate a ello, vuélvete un especialista, destácate y disfruta de su ejercicio de forma tal que ya no tendrás que vivir la angustia del domingo por la tarde pensando que se acabó el descanso, que viene el lunes y que tendrás que sufrir otra vez el malestar de ir a trabajar. Por el contrario, el domingo por la tarde te pondrás feliz de saber que llega el lunes y vas a ir a hacer aquello que tanto te gusta, en lo que te has capacitado y eres especialista, en lo que puedes servir a los demás y sentirte útil, y en lo que eres tan profesional que hasta te pagan por hacerlo. Mejor dicho, no sentirás que vas a trabajar, sino a divertirte y cobrar”.

Hace algunos años en las compañías se invertía mucho esfuerzo, tiempo y dinero en capacitar a un empleado para que desarrollara determinadas destrezas.

Hoy, primero se evalúa al empleado y se determina en qué aéreas tiene habilidades naturales para luego aplicarse al desarrollo de las mismas y llevarle a un nivel óptimo de productividad.

Las habilidades naturales son aquellas innatas, que surgen espontáneamente y sin esfuerzo. A algunos por ejemplo les resulta fácil hacer amistades y hablar en público, lo hacen naturalmente, sin esfuerzo, y lo disfrutan.

A otros les cuesta tener ese desenvolvimiento. Y aunque con capacitación lo puedan aprender, no alcanzan el mismo nivel del que tiene el talento de forma natural.

A cada ser humano Dios le ha dado “talentos”, los cuales son capacidades naturales para desarrollar una tarea, profesión u oficio. ¿Conoces los tuyos?

Si no los conoces, entonces pídele a Dios poder identificarlos. Luego obsérvate, y pídele a otros que te observen, para así saber dónde te destacas y eres feliz.

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La pureza es clave, luego aspira su blancura y… ¡a volar!

(Hechos 2:1-4; Efesios 5:18).

“Pneuma” es una palabra griega que se traduce como aliento, aire, soplo, viento o espíritu. Por ello al médico especializado en los pulmones se le llama pneumólogo, a la infección de los mismos se le llama neumonía, a los cauchos inflables de los autos se les denomina neumáticos y al estudio del Espíritu Santo se le conoce como pneumatología.

En el original griego del Nuevo Pacto de la Biblia siempre que se usa “pneuma” es para referirse o al espíritu humano, o al espíritu de Satanás o uno de sus ángeles, o al Espíritu Santo o uno de sus ángeles. Es el mismo vocablo para las tres categorías, de manera que el lector es el que debe deducir por contexto a cuál se está refiriendo en cada caso en particular.

Y cuando las Escrituras dicen que los que escribieron la Biblia lo hicieron inspirados por el Espíritu Santo, lo que está diciendo es que estaban llenos de él, que es la tercera persona de la trinidad. Es como si lo hubieran inhalado. La respiración humana consta de dos actos: inhalación, que es tomar el aire, y exhalación, que es botar el aire.

Una persona inspira cuando absorbe el aire y lo envía a sus pulmones. Y espira cuando lo saca de los pulmones y lo arroja al exterior. Espirar, escrito con “s”, es botar el aire, pero expirar, con la letra “x”, es morirse, salírsele el aliento de vida, “colgar los zapatos”.

Cuando Dios sopló aliento de vida en Adán, que era un muñeco de barro, éste se convirtió en un ser vivo. De manera que cuando el aliento de vida se le sale a cualquier hijo de Adán, expira, su cuerpo vuelve al polvo de la tierra, de donde fue tomado. Y el espíritu, el aliento de vida, vuelve a Dios. Esto se encuentra declarado en la Biblia en Eclesiastés 12:7.

También es ilustrativo que cuando Jesús les dijo a sus 11 alumnos o apóstoles que recibieran al Espíritu Santo, sopló sobre ellos. Y cuando el Espíritu Santo llegó en el día de Pentecostés se escuchó un estruendo como de un viento recio que llenó el aposento donde estaban y todos fueron llenos del Espíritu Santo.

Así es que si deseas ser lleno de toda la presencia de Dios debes ponerte a cuentas con él y pedirle perdón por tus pecados, pues la pureza es clave. Luego aspirar su blancura, inhalar su santidad, que es el perdón. Y después inspirar su Palabra, que es la Biblia, orando con insistencia y fervor para que te llene con su presencia.

Cuando le pides al Padre Eterno que te sature con su Espíritu Santo él lo hace y te guía a volar a nuevos niveles espirituales. Porque no es suficiente con tener a la tercera persona de la trinidad habitando dentro de nosotros, hay que vivir llenos de él y controlados por él.

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¡Ah, si me besaras con los besos de tu boca!

(Cantares 1: 2).

Basta con encender la radio para que en menos de un minuto encontremos decenas de canciones que hablan del amor, pero lamentablemente, casi todas, enfocándose en el despecho. Es como si el consumo popular no diera para exaltar la parte positiva, el romance.

Canciones como “La Felicidad” del cantautor argentino Palito Ortega parecieran quedar en desuso y sonar cursis: “Antes nunca estuve así enamorado, no sentí jamás esta sensación, la gente en las calles parece más buena, todo es diferente gracias al amor. La felicidad, de sentir amor, hoy hace cantar a mi corazón. La felicidad, me la dio tu amor, hoy vuelvo a cantar, gracias al amor”.

Cuando se lee en la Biblia el libro El Cantar de los Cantares, nombre que es un hebraísmo y que significa el más hermoso de todos los cantos, lo que apreciamos es romanticismo del bueno, galanteo y coqueteo entre el Rey Salomón y su esposa, la Sulamita. Aunque proyectando este cuadro escatológicamente ellos están tipificando a Cristo y su novia, la iglesia cristiana. No obstante, sin perder de vista el romance, esta especie de ópera, que tiene seis cánticos repartidos en ocho capítulos, nos pone en escena al amado, la amada, sus amigos y un coro de mujeres de Jerusalén. Allí lo esposos se declaran amor mutuo, admiración, ternura y pasión. ¡Qué buena lección para los matrimonios de hoy, los cuales se formalizan haciendo un pacto ante Dios y firmando un contrato conyugal ante las leyes civiles!

El matrimonio no fue diseñado para matar el amor, sino para darle un marco en el que se pueda desarrollar y expresar libre y sinceramente. Es un espacio en el que los contrayentes prometen no dejarse por ningún motivo y no abandonar la nave por más difíciles que sean las circunstancias. Es una empresa y una relación fundada para crecer juntos. Es un pacto de sangre, la sangre que derrama la virgen al consumar el matrimonio; sangre como la del pacto de Cristo con la iglesia, la cual se recuerda en la Santa Cena, pues con ella selló el Nuevo Pacto de Dios con el hombre para poder salvarlo.

Cuando un hombre se casa con la mujer de sus sueños le está prometiendo que jamás la abandonará ni a ella ni a sus hijos. Que su dinero, compañía, ternura, caricias y todo su cuerpo serán propiedad exclusiva de ella hasta que la muerte los separe. Y claro, la mujer promete exactamente lo mismo. Es por ello que ni la más sensual secretaria, ni el más hermoso de los vecinos, ni la más antipática de las suegras, ni el más fastidioso de los hijos, ni la más cruel de las crisis económicas o enfermedades, podrán impedir que marido y mujer se sigan amando. Tampoco ningún fuego de hechicería podrá apagar ese amor. Ni siquiera las imperfecciones de ambos.

Lo que el Señor desea es que marido y mujer se sigan amando aún en la vejez. Que se sigan deseando, que se besen, que se emocionen bailando juntitos, que se miren, que se coqueteen, que se acaricien y que disfruten el santo placer conyugal. Además les ordena respetarse, tolerarse, perdonarse, acompañarse, congregarse, orar, leer la Biblia y adorarlo en espíritu y en verdad.

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Gracias por haberme hecho sentir como una cucaracha.

(2 Samuel 16:5-13).

Papito Dios, hoy he decidido conversar contigo por escrito, aunque la mayoría de mis oraciones son habladas, pero en esta ocasión quiero conservar esta nota en un lugar privado para cuando necesite recordar lo que en ella te digo. Claro que tú ya sabes lo que te voy a decir, tú sabes todas las cosas antes de que te las digamos, pero eso no es motivo para no orar, pues lo que tú esperas de nosotros es intimidad, es estar en tu presencia, es dejar que nuestro corazón se abra de par en par para que tú puedas limpiarlo.

¿Sabes? La forma en que ese sujeto me trató me dejó bien herido. ¿Qué se ha creído ese prepotente? ¿Acaso piensa que es la gran cosa? Y con qué altanería que habla. Y lo mira a uno como si uno fuera la suciedad de un perro.

De verdad que da ganas de partirle un palo en la cabeza. O de pedirte que mandes fuego del cielo y lo quemes, y que mientras se consume le hables con tu voz bien potente y le digas: “Eso es para que aprendas a no meterte con mis hijos, abusador”.

Pero sí, sí, ya lo sé. Tú no vas a mandar fuego del cielo para consumir a nadie, puesto que yo soy un cristiano lleno de amor, que sabe perdonar y bendecir a los que le hacen mal. Ya sé que no tengo una religión para oprimir y hacer volar en pedacitos a los que no piensan como yo. Que el Espíritu Santo que has puesto en mí no es ni para hacer terrorismo ni proselitismo, sino para amar y servir.

Es por eso Papito Dios que hoy te doy gracias por siete cosas que ese hombre, que me hizo sentir como una cucaracha, forjó en mí.

Primero, que probara lo que le hago sentir a la gente cuando me las doy de importante y pisoteo los sentimientos de los demás. Este golpe me hizo aterrizar y darme cuenta que no soy más que nadie, que no importa mi raza, mi dinero, mi preparación académica, mi presencia física o mi posición social y laboral, soy un ser humano como todos los demás y debo respetar a cada persona.

Segundo, me enseñó que aunque no soy más que nadie debo hacerme respetar y no permitir que se me pisotee, una cosa es ser humilde y otra ser tonto, por eso debí poner en su lugar a este ofensor.

Tercero, aprendí que me has dado dominio propio, por eso no insulté ni di golpes, sólo puse los puntos sobre las íes con toda calma y decencia.

Cuarto, le di un buen testimonio a esta persona, mi ejemplo fue más poderoso que miles de sermones.

Quinto, pude ejercitar el perdón y limpiar mi corazón de toda raíz de amargura.

Sexto, me has hecho valorarme ante los demás, pues aunque no debo ser orgulloso, tampoco debo despreciar los dones y talentos que me has dado, los cuales no son para presumir, sino para servir y para darte la gloria a ti.

Y séptimo, porque sigues perfeccionándome.

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Madurar, no envejecer, hagamos la diferencia.

(Hebreos 5:12-6:3).

Imagínate esta escena:

-      Muy bien hijo, te felicitamos, tu papá y yo estamos muy orgullosos de que te hayas graduado de la primaria

-      Gracias mamá, ustedes han sido muy especiales conmigo y me han ayudado. Si no fuera por su apoyo no estaría graduándome por quinta vez de la escuela primaria.

-      Hijito, ¿y no te gustaría mi cielito hacer tu secundaria y después ir a la universidad?

-      Gracias mami, pero prefiero repetir por sexta vez los cinco años de primaria. Tú sabes que para mí lo más importante es sostenerme, estar firme, poder afianzarme.

Esto es como para desternillarse de la risa. ¿Pero sabes? Sucedía lo mismo con algunos cristianos del siglo primero a los cuales el escritor de la epístola a los Hebreos les hala las orejas. Él les dice que se pongan las pilas, que dejen de repetir la primaria cristiana y que maduren, que dejen de ser niños espirituales y que sigan creciendo en conocimiento, en santidad y en trabajo para el Señor.

No era posible que a esas alturas, cuando debieran ser maestros, todavía estuviesen aprendiendo los rudimentos del cristianismo y viendo las mismas lecciones una y otra vez.

Y lo triste es que en la actualidad, en pleno siglo 21, la situación no ha cambiado. La gente no está madurando en su vida espiritual, sino que está envejeciendo. No se sabe dónde leyeron en la Biblia que en el cielo hay premios por antigüedad. No señores, no erremos, al cielo se entra por gracia, por regalo de Dios, pero los galardones hay que ganárselos con maduración espiritual y buenas obras.

Y si piensas que el único objetivo de Dios era llevarnos al cielo, pues entonces ya deberíamos de estar muertos y disfrutando del cielo, desde hace mucho tiempo. Pero no  es así, Dios nos ha dejado en este planeta, siendo salvos, no para hacer la primaria cristiana eternamente, sino para que cada día vayamos de gloria en gloria, para crecer, madurar, ser mejores que antes. Su propósito es que cada día nos parezcamos más a Cristo y hagamos las obras que él preparó desde antes de la fundación del mundo para que anduviésemos en ellas.

Basta de trabajar para tener dinero para comer, para recuperar fuerzas y volver a trabajar, para tener dinero para comer, para recuperar fuerzas y volver a trabajar, para… ¡Corta ya ese círculo vicioso!

¡Qué tristeza perder la vida en la misma rutina y sin hacer aquello para lo cual Dios nos ha dejado con vida! ¡Ánimo! ¡No te conformes con estar a flote, atrévete a nadar, a llegar a alguna parte! ¡Ahora ponte en las manos de Dios y deja que él te use!

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¡Ya no hables más del río, tírate!

(Romanos 8:26).

No es algo que acontece todos los días. Y para ser sincero, no es algo frecuente, pero cuando pasa, hay que darle toda la importancia que se merece. Sí, cuando vienen unos deseos irrefrenables de tirarse de rodillas y orar y derramar el corazón delante de Papito Dios, hay que hacerlo, de inmediato, sin importar lo buena que esté la película, o que el celular esté timbrando o que haya decenas de correos por atender en la computadora.

Cuando el Espíritu Santo pone un fuego de oración de intercesión o de alabanza en el corazón de un cristiano, es porque las alarmas espirituales se han disparado y hay que responder de inmediato. Es igual que en el cuartel de los bomberos, cuando suena la campana hay que salir de inmediato, a prisa, sin importar lo que se esté haciendo en ese momento.

Y esto acontece a nivel espiritual porque una de las tareas del Espíritu Santo en el planeta tierra es ser intercesor. Sí, sólo que no lo hace directamente, sino a través de un hijo de Dios que esté dispuesto a dejarse guiar por Él.

El Espíritu Santo intercede por nosotros pero no de manera independiente, sino a través de nosotros. Si no fuera así, entonces no necesitaríamos orar, puesto que esa sería la tarea del Espíritu Santo. En tal caso podríamos decir que si Él va a interceder por nosotros entonces: ¿para qué oramos?

Pero lo que enseña la Biblia es el que Espíritu de Dios nos ayuda, no que nos reemplaza. Él no patrocina la pereza, sino que apoya en la debilidad. Y cuando el Espíritu Santo ve una situación en el espectro espiritual nuestro, o en el de alguien cercano, que requiere atención urgente, entonces, de inmediato, activa la alarma y pone un deseo quemante en un cristiano para que vaya y se postre delante de Dios y se deje usar en oración de intercesión o en alabanza.

¿Pero qué decir? ¿Sobre qué asunto orar? La verdad es que no siempre el Espíritu Santo revela los motivos exactos. A veces sí, pero otras veces no. Sin embargo, lo correcto es dejar que Él nos use, bien sea gimiendo, llorando, pidiendo perdón, cantando y hasta en completo silencio. Se trata de estar delante de la presencia del Padre.

Si el Espíritu Santo nos ha llevado ante el Padre es por algo importante y bueno para todos, no lo dudes. Si hoy eres llevado al río de su presencia, tírate, sumérgete, y no hables tanto de la teoría.

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¡Ojo con la lengua!

(Proverbios 20:19).

Cuando una persona te confía un secreto es como si te hiciera un depósito muy valioso, por lo cual deberás poner todo tu empeño en no ir a divulgarlo por todas partes. Un secreto es eso, un secreto, no un boletín de prensa que deberás poner en circulación.

Y si alguien te abrió su corazón de par en par y te dejó ver sus intimidades fue porque supuso que en ti había la suficiente discreción y lealtad como para ir a sufrir una traición de tu parte. De  manera que por favor, guarda el secreto, sé confidente, no infidente. Y si un buen día se resquebraja la amistad con aquella persona que te confío un asunto privado, y hasta te enteras de que ella sí anda contando las cosas que tú le referiste como personales, aún así, guarda su secreto. Dale una lección de lealtad, no le pagues con la misma moneda, aprovecha la oportunidad para enseñarle qué significa ser fiable.

Y si el caso es de haber iniciado una nueva relación sentimental y tu nueva pareja insiste en que le cuentes detalles de lo que pasó con la anterior y qué se hacía y que no se hacía y que se decía y que no se decía, ponle los puntos sobre las íes y aclárale que tú no tienes el derecho de andar divulgando asuntos que pertenecen a otra persona y que todo aquello que se te confió fue bajo la clasificación de secreto. Con esta actitud estarás demostrando que además de ser una persona en la que se puede confiar, igualmente eres alguien que ha sabido romper con el pasado y empezar a construir una nueva relación sobre bases de respeto y fidelidad.

El consejo del sabio Salomón en el libro de Proverbios en la Biblia es que no te entremetas con gente chismosa, pues al hacerlo corres dos peligros:

El primero es que te veas tentado a revelar secretos ajenos, que no son tuyos, que no te pertenecen.

Y el segundo es el que cuentes a una persona que no es de fiar aspectos privados que sí son tuyos, que son personales, que son de cuidado y que no se le pueden soltar a cualquiera.

Los chismosos son expertos en destruir matrimonios, quebrar empresas, dividir iglesias, lesionar amistades y arruinar reputaciones. Y son tan astutos, sutiles y hasta diplomáticos, que se saben ganar la confianza de otros y por ello acceder a sus secretos. Pero tú, resístelos, y resístete a ser como uno de ellos. ¡Sé una persona confiable!

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Rico, poderoso y famoso, pero orgulloso y leproso.

 

(2 Crónicas 26:16-21).

Por si no lo sabías, existió en Jerusalén un rey Uzías, que por orgulloso y no atender al sacerdote Azarías, toda la vida se le complicaría, pues contrajo una enfermedad que lo postraría dejándolo alejado de pompa, gobierno y compañía.

Lepra era lo que padecía, mal que a la tumba lo llevaría, debido a que de ese azote nunca se sanaría. ¡Qué tonto Uzías! Era un grande en sus días, pero por dárselas de agrandado, ¡qué duro que caería!

Esa es la historia de un rey en Jerusalén al que Dios le concedió gran prosperidad, pues mientras el profeta Zacarías estuvo con vida y le aconsejó y le enseñó a amar y respetar a Dios, este gobernante se condujo sabiamente y anduvo en los mandamientos divinos. Pero cuando ya no tuvo quien lo orientara espiritualmente, se corrompió.

Al verse  poderoso, rico, famoso, con un ejército inmenso, con una vasta extensión de territorio y con sus enemigos controlados por todas las fronteras, Uzías se ensoberbeció. Y es sabido que una persona orgullosa no es ser pensante, sino “ser…piente”, pues cae mal en toda parte y siempre está inoculando veneno.

Así que a este monarca se le ocurrió la insensatez de meterse al templo dizque a ofrecerle incienso al Señor, cuando esa es una tarea que le correspondía exclusivamente al sacerdote, tal y como la ley de Dios lo establecía.

Pero como a Azarías no le temblaron ni las piernas ni la voz, él, junto con 80 sacerdotes más, valientemente lo encararon y le dijeron que aunque fuera el rey, y aunque tuviera todo el poder del mundo, él no podía ofrecerle incienso al Señor, que esa era una labor que sólo ellos, los sacerdotes, los descendientes de Aarón, podían hacer. Así que le pidieron que por favor se saliera del templo en el acto.

El rey se molestó por el regaño que le habían dado, pero de inmediato, y ante la vista de todo el mundo, su frente se llenó de lepra, al punto que tuvo que salir corriendo ayudado por los sacerdotes, ya que entendió que ese era un castigo divino.

Al quedar leproso debió ser confinado en un cuarto aislado del resto del palacio, mientras su hijo Jotam asumía el gobierno. Cuando falleció ni siquiera se le concedió ser enterrado en el cementerio de los reyes, debido a que murió de lepra.

¡Qué triste ejemplo el de Uzías! ¡Y qué gran ejemplo el de Azarías, que no se vendió ni se arrodilló ante el poder!

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