Está remordido, porque lo volvieron a morder.

(Mateo 27:3).

¿Se arrepintió Judas de haber traicionado a Jesús? Pareciera que sí, según se desprende de algunas traducciones al castellano de Mateo 27: 3 en la Biblia, donde dice que Judas devolvió arrepentido las treinta piezas de plata que le habían dado por entregar a Jesús.

Pero la verdad sea dicha, Judas no se arrepintió, sólo se remordió.

El verbo griego “metameletheis”, nos habla de una persona que siente dolor por haber hecho algo malo, por haber tenido una conducta incorrecta, pero dicho malestar no pasa de ser una incomodidad.

Por su parte, la palabra griega “metanoia” nos habla también de un dolor por la ofensa causada, pero acompañada de un cambio de mente y de vida.

“Meta” se refiere al después de, implicando un cambio, y “nous” es mente.

En palabras simples arrepentirse es cambiar de mente, es sentir dolor por el mal proceder y por lo tanto cambiar de manera de pensar y actuar.

Es dar media vuelta e ir en sentido contrario al que se venía.

Judas nunca se arrepintió, simplemente se remordió, se dolió, vivió la angustia de una conciencia que lo acusaba, y como no pudo anestesiar esa conciencia y extirpar el complejo de culpa, fue y se ahorcó.

En el caso de Pedro, que también cometió un terrible pecado al negar a Jesús tres veces y con maldiciones, hubo un genuino arrepentimiento, pues no sólo se dolió por su pecado, sino que cambió de manera de pensar y de conducta.

Y luego se hizo tan fiel a Dios que no sólo lo predicó como apóstol, sino que hasta murió por Él.

El remordido sólo quiere calmar la conciencia, el arrepentido busca el perdón y restaurar su comunión íntima con Dios.

¿Cómo saber si una persona está remordida o arrepentida? Veámoslo con el ejemplo de aquel a quien mordió un perro y llora del dolor.

El arrepentido, jamás se le volverá a poner en frente a un can que no conozca. Él aprendió la lección, sufrió, cambió de mentalidad y de comportamiento.

El remordido, en cambio, tan pronto se le haya pasado el malestar, volverá a ponerse en frente de otro perro, por lo cual, lo volverán a morder, y así demostrará que es un remordido, no sólo porque no cambió de mentalidad y comportamiento, sino porque lo volvieron a morder, será un “re mordido”.

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Te amo con todas mis tripas.

(1 Juan 3:16-18; Santiago 2:15-16).

Los antiguos orientales pensaban que los sentimientos humanos se originaban en las vísceras, en las tripas, en las entrañas, es por ello que expresiones tales como odio visceral, amor entrañable, de lo profundo de mi ser, hondo aprecio e intrínseco fervor, se hacen entendibles aunque ya no se tomen literalmente sino en un sentido figurado.

Es igual que cuando nos referimos al corazón, ningún joven enamorado mira a su chica y le dice con voz queda al oído: “mi vida, te amo con todo mi músculo bombeador de sangre”.

Eso sonaría anti romántico. Más bien le dice: “te amo con todo mi corazón”. Y la señorita suspira sabiendo que su cariño es profundo, no con sangre, venas y arterias.

El apóstol Juan, quien es conocido como el discípulo del amor en la Biblia, fue también muy gráfico al expresar que no debemos amar a los hermanos en la fe de palabra, ni de lengua, sino de más adentro del cuerpo, de corazón, con las entrañas, con las tripas.

Un amor superficial, de labios nada más, es el de aquel que te toma la mano, te la acaricia, luego te abraza, te masajea la espalda, te mira a los ojos y te dice con misticismo:

“¡oh mi amado! ¡Oh mi hermano! ¡Cuánto te amo! Dios ha puesto sobre mí una carga especial por ti y un gran afecto por tu vida.

Te bendigo con la bendición sacerdotal y con todos los favores de los patriarcas para que tu vida reboce con la gloria del Señor”.

¡Uaoo! Después de semejantes palabras uno queda flotando en el aire. Lo único lamentable es no haber tenido una grabadora a la mano para guardar ese fraseo. Ni siquiera Neruda se hubiera expresado de manera tan bella.

Y esas palabras no tienen nada de malo, ya quisiéramos escucharlas con frecuencia. El problema está en que no sean refrendadas con hechos y que el que las dijo se escurra entre la gente y se vaya sin importarle si hemos comido o no, o si tenemos algún problema familiar o laboral, o si estamos tristes o enfermos.

De tales cristianos dice el apóstol Juan: ¿cómo podemos decir que mora el amor de Dios en ellos?

Y Santiago en su epístola añade: “Si usted le dice cosas bien espirituales pero no le ayuda a suplir su necesidad material, de qué le servirá”.

Sin llegar al extremo de permitir que abusen de nosotros o nos expriman, nuestro deber es amar entrañablemente, con las tripas, con hechos, no de lengua solamente, porque el amor se dice y se demuestra.

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El circuito divino de la oración.

(1 Juan 5:14-15).

El ciclo hidrológico es el proceso por el cual el agua del planeta se mantiene constante en cuanto a su cantidad y movimiento. El mismo se inicia cuando el agua de los océanos se vuelve gaseosa por la evaporación, va a la atmósfera y desde allí se precipita sobre la tierra en forma líquida o sólida para pasar por la escorrentía superficial o subterránea.

En la superficial el agua se evapora sin penetrar en el suelo y en la subterránea el agua se filtra en la tierra y a través de los ríos regresa al océano, donde otra vez se evapora.

Al igual que el ciclo del agua, la oración que agrada a Dios también cumple un circuito, el cual comienza cuando en el corazón de Dios Padre surge la iniciativa. Luego, a través del Espíritu Santo, esa plegaria es puesta en la mente y en los labios de un cristiano que se deja dirigir por Dios. Y cuando dicho intercesor se presenta ante Dios Padre, guiado por el Espíritu Santo, Jesucristo, el único mediador entre Dios y los hombres, toma esa oración y la presenta ante Dios Padre.

En resumen, la oración conforme al corazón de Dios es aquella que nace en el Padre y vuelve al Padre después de cumplir un ciclo.

Esta manera de ver la oración por supuesto que echa por tierra la idea popular de que orar es informarle a Dios mis necesidades, como si Él no las conociera, y solicitarle que cuanto antes se digne responder positivamente. Tal perspectiva de la oración presenta a Dios como el camarero de un restaurante que se nos acerca y no dice: “hola, ¿qué desean pedir para hoy?”.

Pero la Biblia en ninguna parte nos alienta a pensar así. Orar no es pasarle un memorial petitorio a Dios. Orar no es solicitarle al Señor que nos despache un pedido a domicilio.

Es por lo mismo que el apóstol Santiago les decía a sus discípulos que ellos pedían y no recibían nada porque lo hacían mal, para satisfacer sus deleites.

El apóstol Judas, por su parte, no el Iscariote, sino el hermano de Jesús, aconsejaba el orar en el Espíritu Santo, es decir, guiado por Él.

Y Pablo le escribía a los romanos diciéndoles que como no sabemos qué pedir, el Espíritu Santo intercede a través de nosotros, guiándonos inclusive a usar  lenguaje no verbal, y hasta gemidos indecibles.

¡Debemos orar, ante todo, para que Dios nos informe sus peticiones, no para nosotros informarle las nuestras!

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Cómo halar una oreja para que duela en el corazón.

(1 Timoteo 5:1-2; Tito 1:12-13; Santiago 5:19-20).

Llamarle la atención a una persona que ha cometido una falta es una tarea nada agradable tanto para el reprendido como para el reprensor.

Y cuando no se tiene el tacto o la delicadeza para hacerlo de manera adecuada el hecho puede degenerar en discusiones que haga que se pierda de vista el objetivo principal de la corrección, el cual es hacerle caer en la cuenta a la persona dónde fue que falló y animarla para que se decida a enmendar.

Cobra valor aquí los consejos que da la Biblia acerca de cómo poder ayudar a aquellos que han incurrido en un mal proceder.

Lo primero a tomar en cuenta es que no se trata de agredir al infractor, sino de hacerle ver su falta. El enemigo no es el enfermo, sino la enfermedad. Así es como Dios nos trata, pues ama al pecador y aborrece el pecado de ese pecador. Así es que si cambiamos de actitud y nos disponemos a corregir con amor y no con odio, ya alcanzamos la primera meta.

Lo segundo es librarnos del sentimiento de superioridad que usualmente adopta el corrector, pues es casi inevitable que hable con un tonito fastidioso y asuma gestos del que se da ínfulas de ser don perfecto. El apóstol Pablo dice que debemos corregir considerándonos a nosotros mismos, no sea que pasemos por la misma situación.

Lo tercero es no transigir, no rebajar la gravedad de la falta, si la falla es grave entonces no es un errorcillo, es una falta grave. Al pecado hay que llamarle pecado, aunque suene feo, pero hay que verlo como Dios lo ve. Dios siempre mostró su amor y misericordia con el que pecó, pero jamás le disimuló su error o le hizo una rebaja en sus demandas.

Lo cuarto es que debemos corregir a los ancianos o autoridades como si lo hiciéramos a nuestro propio padre o madre, con respeto, sin groserías o malas maneras, ni siquiera hay que reprenderlos, sino exhortarlos, aconsejarlos. A los jóvenes debemos tratarlos como a hermanos. Y a las jovencitas como a hermanas, con toda pureza. Si se trata de chicos muy jóvenes o personas bajo nuestra autoridad, hay que reprenderles como si fueran nuestros hijos.

Y lo quinto y último es que seamos firmes. Firmeza no es altanería, es sólo aclarar que nuestra posición no cambiará más tarde cuando tengamos otro estado de ánimo.

¡Decidámonos a ganar al infractor, no a perderlo! Pero corrijámoslo sabiamente, para que le duela en el corazón y no la cabeza.

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Las señales del envejecimiento y las de la madurez.

(1 Corintios 2:5-7).

Hay siete señales claras y visibles de que alguien está envejeciendo: el cabello se va poniendo canoso, la piel se va arrugando, el cuerpo se va encogiendo, la vitalidad física se va mermando, la memoria se va perdiendo, se habla más del pasado que del futuro y hay cada vez más velas en la torta de cumpleaños.

Hay siete señales claras y visibles de que un cristiano está madurando, aunque esté tan joven como un adolescente, pues la madurez espiritual no tiene nada que ver con la edad de la persona:

  • Tiene mayor control sobre los deseos pecaminosos que batallan contra su alma y es capaz de negarse a sí mismo y hacer la voluntad de Dios.
  • Cada vez le gusta más hablar con Dios de otras personas que estar con otras personas hablando de Dios, pues al inicio de su vida espiritual era al contrario, sólo quería estar hablando de Dios, pero muy poco con Dios.
  • La lectura de la Biblia ha pasado de ser informativa a formativa, la consume no tanto para aprender lo que no sabía, pues ya la ha leído varias veces y ha aprendido bastante, ahora la come, la mastica y la traga para templar su carácter.
  • En sus oraciones ya no es tan egocéntrico, las palabras “mí”, “me” y “yo”, van dando lugar a las palabras “tú”, “él”, “ella”, “ellos” y “nosotros”.
  • Se siente feliz con las victorias de otras personas, su espíritu de competencia va decreciendo y ya no quiere ser el más sobresaliente de todos, ni el más amado de todos, ni el más importante de todos, sólo quiere ser una parte del equipo que está dispuesto al sacrificio para el éxito de otros. Es como el padre que se siente realizado con los triunfos de sus hijos.
  • Cada vez es más consciente de lo que le falta para la perfección y hace menos alarde de lo que ha alcanzado en el Señor. Está más enfocado en agradar a Dios que en impresionar a la gente.
  • Habla más del futuro, de la brevedad de la vida terrena y de la eternidad en Dios.

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El cenicero de Dios.

(Levítico 6:8-11).

Posiblemente la primera figura que se forme en tu mente al escuchar que Dios tiene un cenicero sea la del recipiente donde los fumadores sacuden las cenizas de sus cigarrillos. Pero como Dios no es un fumador, entonces tenemos que pensar que es un depósito de cenizas en general, y eso está más acorde con la idea que deseo transmitirte.

Las cenizas son mencionadas varias veces en la Biblia por motivos como los del duelo, la humillación y la destrucción total. Pero cuando se citan en el libro de Levítico, se hacen en el contexto de los holocaustos, ya que eran los restos de los sacrificios de animales que se quemaban en el altar para el perdón de los pecados del pueblo judío.

Esas cenizas se ponían junto al altar y después se llevaban fuera de la ciudad. Ellas eran la prueba de que alguien había pecado, se había arrepentido, había ofrecido un sacrificio y había sido perdonado. La pregunta ahora es: ¿Guarda Dios las cenizas de los pecados que nos ha perdonado? De ninguna manera, esos pecados perdonados ya no existen, han desaparecido, no queda ni rastro de ellos, ni siquiera en las computadoras del cielo.

Cuando hablo del cenicero de Dios estoy usando una metáfora, un recurso literario para expresar de manera ilustrada y más pedagógica lo siguiente:

“Todas las veces que Dios apunto en un papelito que se iba a reunir contigo, para que conversaran, pero tú no llegaste a la cita, Él entonces rompió ese papelito y lo quemó.

Todas las veces en que Dios escribió en un papelito que tú le ibas a orar diciéndole que se hiciera su voluntad y no la tuya, pero finalmente te la pasaste exigiéndole que hiciera la tuya, Él entonces rompió ese papelito y lo quemó.

Todas las veces en que Dios escribió sus planes diarios para ti en un papelito, pero tú no te interesaste en conocer esa voluntad porque estabas ocupado en tu propia agenda, Él entonces rompió ese papelito y lo quemó.

Todas las veces en que Dios escribió en un papelito las palabras lindas de adoración que quería escuchar de tus labios, pero que tú no dijiste porque preferiste elogiar a otra persona, Él entonces rompió ese papelito y lo quemó.

Y en su cenicero sólo hay cenizas, porque no te tiene reclamos. Pero si está esperando que cada día haya menos papelitos para romper y quemar”.

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Señor, no sólo quiero dar té, también quiero darte.

(2 Corintios 9: 6-8).

Doña Maruja estaba en la cocina de un gran  medio de comunicación hirviendo el agua para servir el té a todos los invitados. Era un día de mucho movimiento y con muchas personalidades entrando y saliendo, pues se hacía una acostumbrada maratón para recaudar dinero.

Cada uno de los oradores y cantantes motivaba al auditorio a llamar por teléfono y hacer un donativo muy generoso. Doña Maruja pensó entonces que ante su pequeño salario y las grandes necesidades que tenía, dicha oportunidad de ofrendar a Dios no era para ella. Fue por ese motivo que humildemente oró:

“Señor, no sólo quiero dar té, también quiero darte, pero es tan poquito lo que tengo. ¡Qué pena que no sea una de las cien personas que tenga la cantidad exacta que están pidiendo ahora!”.

Maruja, hay algo que debes saber, y es que tu ofrenda sí vale ante Dios, y el que sea mucho o poco eso lo determinas tú misma, no la entidad que recibe tu donativo. Para ti, un billete de 20 puede ser mucho, aunque para la institución organizadora del evento puede ser una cifra mínima en comparación con otros aportes.

Lo que realmente vale ante Dios es tu deseo de dar con amor, con generosidad, pero según tu generosidad y tu capacidad, no la de otros. Dios no está mirando la cifra, está mirando tu corazón. Fue por ese motivo que Jesús elogió la ofrenda de una viuda que dio todo lo que tenía. Y lo que dio no era mucho en términos contables, pero para esa viuda lo era todo.

En cambio Jesús le restó importancia a la ofrenda de un rico que estaba en el templo haciendo su aporte al mismo tiempo. Pues aunque estaba dando una cifra muy grande, en términos contables, en comparación con todas sus posesiones eso que estaba aportando era realmente una miseria.

Creo Maruja que debemos revisar algunas estrategias a la hora de solicitar dinero para que dicha actividad no ofrezca una pésima imagen al público y no sea algo desagradable a los ojos de Dios.

Pues fallamos cuando enfatizamos que el dar es una siembra para poder cosechar. No porque eso sea mentira, pues la Biblia así lo enseña, sino porque el énfasis está en la transacción y no en la adoración.

Fallamos cuando exigimos que se dé para cubrir una necesidad, ya que las Escrituras enseñan que no demos por necesidad u obligación, sino por amor y para gozar de ese privilegio. Fallamos cuando enfatizamos una cifra exacta, en lugar de dejar que cada quien dé según se haya propuesto en su corazón.

Fallamos cuando fomentamos la codicia al decirle a la gente que si da 20 Dios le devolverá 200. Y fallamos cuando ponemos en oferta los milagros de Dios, como si su poder estuviera a precios de liquidación y no dándose por Gracia.

Dar es un adorar que bendice mi negocio, no un negocio al que debo adorar. Cuidado, no confundamos ni nos dejemos confundir: a Dios le damos porque lo amamos y lo adoramos, y eso nos hace felices.

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Ahorra tiempo y pásala mejor usando el “no”.

(Efesios 5:15-16).

La palabra “no” goza de una mala imagen, pues casi siempre la asociamos con rebeldía, falta de colaboración, indisposición, mala voluntad y disociación.

Pero esta palabrita, usada sabiamente, es excelente ahorradora de tiempo y representa aspectos positivos tales como: salud física, salud mental, concentración, prevención de accidentes y santidad.

Salud física, porque cuando aprendemos a decirle no a aquellos alimentos que nos perjudican, aunque se vean muy provocativos, nos evitamos sobrepeso, niveles altos de colesterol y otras complicaciones.

Si sólo dijéramos no a lo que no debemos comer o tomar, la pasaríamos mejor.

Salud mental, porque cuando le decimos sí a muchas actividades y luego el tiempo no nos da para cumplirlas todas, o las hacemos a medias, entonces quedamos mal, nos estresamos, nos llenamos de ansiedad y después, al fracasar, nos frustramos.

Si sólo dijéramos no a lo que no podemos hacer, la pasaríamos mejor.

Concentración, porque cuando tratamos de enfocarnos en demasiadas cosas al mismo tiempo realmente no nos enfocamos en ninguna. Y aunque parezca que físicamente estamos ocupados en una sola labor, la verdad es que mentalmente estamos en varias.

Con el cuerpo estamos en una parte y con la mente en otra. Y esto sucede porque es tanto lo que hay por hacer que mientras desarrollamos la tarea número cinco del día, ya nuestra mente se anda ocupando de las tareas seis y siete.

Es mejor enfocarse, poner el cuerpo y la mente en lo que estoy haciendo, fijar toda mi atención en una sola cosa.

Si le dijéramos no a aquello en lo que no podemos concentrarnos, la pasaríamos mejor.

Prevención de accidentes, porque si nos negamos a subirnos al automóvil de alguien irresponsable, o rechazamos tomar licor, o fumar, o inyectarnos porquerías, nos estamos evitando años de sufrimientos y desgracias para nosotros, para nuestra familia y para la sociedad.

Si sólo dijéramos no a los ofrecimientos peligrosos, la pasaríamos mejor.

Santidad, porque si aprendemos a decirle no a las tentaciones, entonces no dañaremos a otras personas, ni dañaremos la comunión Dios, ni arruinaremos nuestro testimonio, ni haremos desgraciada nuestra vida.

Si sólo dijéramos no a las tentaciones, la pasaríamos mejor.

La palabra “no” también es positiva, no te dé pena ni miedo usarla, ya que si la aprovechas bien, ahorras tiempo y la pasas mejor.

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Vivir en una casita en el aire, sobre una nube.

(Mateo 5: 13)

Una canción que hiciera conocida internacionalmente Carlos Vives dice:

“Voy a hacerte una casa en el aire, solamente pa´que vivas tú, después le pongo un letrero muy grande de nubes blancas que diga Ada Luz”.

Y podría ser muy bueno para un cristiano vivir en el aire, sin tener que pagarle cuotas al banco por su casa y por el automóvil. Sin tener que cubrir mensualidades de colegios o semestres de universidades. Sin vecinos o compañeros conflictivos. Sin líos laborales. Sin congestiones vehiculares. Y sin riesgos de inseguridad y más cerca de Dios.

Pero el problema vendría por tratar de resolver la vida personal al costo de ser inefectivos e insípidos para Dios aquí en la tierra, que es donde Él nos necesita para que estemos en convivencia con otros seres humanos.

Además, supongamos que tú le haces la solicitud a Jesucristo de que te construya una casita en el aire, sobre una nube. ¿Sabes qué te respondería Él? Con toda seguridad te diría:

“Mira, yo tengo todo el poder para hacerte la casa en el aire, pero no lo haré. ¿Sabes por qué?

En primer lugar, porque ya te he preparado una morada aquí en el cielo para que vengas a vivir en ella por toda la eternidad. Y no es una casucha, sino una mansión. Mi Padre tiene muchas moradas y yo me he tomado el trabajo de prepararte una excelente.

En segundo lugar, porque si te vas a vivir en el aire,  no me vas a servir de nada en la tierra. Sería como el entrenador que tiene a un excelente jugador pero al que no pone en la cancha. Y yo te necesito es en la cancha, en este mundo lleno de injusticias, guerras y barbaridades.

Aquí es donde preciso que cumplas con el trabajo que te he encomendado en tanto que tu espíritu está dentro de tu cuerpo.

Los días que tienes de vida son relativamente pocos, de manera que debo aprovecharte. Tú eres la sal de la tierra, y la sal cumple una labor preservativa, evita que la carne se pudra en lugares donde no hay refrigeradores.

En este mundo en descomposición los cristianos tienen la labor de preservar de la corrupción total, y la deben realizar con sus hechos, con sus oraciones y sus testimonios. Pero aparte de ello, la sal también es un condimento, y ustedes los cristianos son los que le deben dar buen sabor a la vida, hacerla maravillosa.

Y como condimento tienen que aprender un detalle, y es a disolverse dentro de los alimentos, para que sin necesidad de ser vistos, sí alteren el sabor. Como cristianos deben aprender a infiltrarse sabiamente en los diversos círculos de la sociedad, para que sin hacerse tan notorios, ejerzan una marcada influencia en la vida de las personas.

Y finalmente, así como la sal produce sed, ustedes son los encargados de despertar esa sed por mí en las demás personas.”

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Bueno es el cilantro, pero no tanto.

(Proverbios 25:16-17).

Es importante aprender a diferenciar el uso del abuso, pues si una persona no es delicada en sus relaciones interpersonales fácilmente se ganará el rechazo de los demás.

El sabio Salomón fue consciente de este problema que padecen muchos individuos y que por desgracia ni ellos mismos se dan cuenta de que lo tienen.

Es por ello que el libro de Proverbios en la Biblia aconseja que si has hallado miel, comas sólo la suficiente, y no te hartes ni te empalagues, no sea que en lugar de disfrutarla termines por vomitarla, te enfermes y hagas de una experiencia que debió ser agradable, algo muy desagradable.

Y aplicando esta enseñanza a las relaciones humanas, acto seguido, Salomón agrega que no estés visitando de continuo a tu vecino, no sea que hastiado de ti termine por odiarte. Que en lugar de decir:

“¡Oh! ¡Qué bueno que ahí viene mi vecino, que agradable recibir su visita”.

Diga todo lo contrario:

¡Ay no! Otra vez el pesado de mi vecino. Por Dios, es que no tiene nada más que hacer que andar molestándole la vida a los demás. No vayan a abrir la puerta, apaguen el televisor y no hablen, a ver si se cansa de tocar y se va”.

Un viejo refrán popular dice que hay personas a las que se les da la mano y se toman todo el codo.

Y es una lástima que ellas mismas, por su falta de prudencia, terminen siendo indeseables, que nadie se las quiera encontrar, o atenderles una llamada, o recibirles una visita.

¿No sería mejor dejar a los demás con deseos de seguir conversando con nosotros en lugar de marearlos con tanta palabrería?

¿No sería mejor hacerles a los vecinos y amigos llamadas y visitas breves para que no se fastidien con nosotros?

Por supuesto que sí. De manera que si Dios nos da la oportunidad de encontrar personas amables, que están dispuestas a hacernos favores, a atendernos la visita y a recibir nuestras llamadas, no las echemos a perder.

Amigos así hay que cuidarlos, en lugar de espantarlos. Como dicen los cocineros: bueno es el cilantro, pero no tanto.

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