Cómo halar una oreja para que duela en el corazón.

(1 Timoteo 5:1-2; Tito 1:12-13; Santiago 5:19-20).

Llamarle la atención a una persona que ha cometido una falta es una tarea nada agradable tanto para el reprendido como para el reprensor.

Y cuando no se tiene el tacto o la delicadeza para hacerlo de manera adecuada el hecho puede degenerar en discusiones que haga que se pierda de vista el objetivo principal de la corrección, el cual es hacerle caer en la cuenta a la persona dónde fue que falló y animarla para que se decida a enmendar.

Cobra valor aquí los consejos que da la Biblia acerca de cómo poder ayudar a aquellos que han incurrido en un mal proceder.

Lo primero a tomar en cuenta es que no se trata de agredir al infractor, sino de hacerle ver su falta. El enemigo no es el enfermo, sino la enfermedad. Así es como Dios nos trata, pues ama al pecador y aborrece el pecado de ese pecador. Así es que si cambiamos de actitud y nos disponemos a corregir con amor y no con odio, ya alcanzamos la primera meta.

Lo segundo es librarnos del sentimiento de superioridad que usualmente adopta el corrector, pues es casi inevitable que hable con un tonito fastidioso y asuma gestos del que se da ínfulas de ser don perfecto. El apóstol Pablo dice que debemos corregir considerándonos a nosotros mismos, no sea que pasemos por la misma situación.

Lo tercero es no transigir, no rebajar la gravedad de la falta, si la falla es grave entonces no es un errorcillo, es una falta grave. Al pecado hay que llamarle pecado, aunque suene feo, pero hay que verlo como Dios lo ve. Dios siempre mostró su amor y misericordia con el que pecó, pero jamás le disimuló su error o le hizo una rebaja en sus demandas.

Lo cuarto es que debemos corregir a los ancianos o autoridades como si lo hiciéramos a nuestro propio padre o madre, con respeto, sin groserías o malas maneras, ni siquiera hay que reprenderlos, sino exhortarlos, aconsejarlos. A los jóvenes debemos tratarlos como a hermanos. Y a las jovencitas como a hermanas, con toda pureza. Si se trata de chicos muy jóvenes o personas bajo nuestra autoridad, hay que reprenderles como si fueran nuestros hijos.

Y lo quinto y último es que seamos firmes. Firmeza no es altanería, es sólo aclarar que nuestra posición no cambiará más tarde cuando tengamos otro estado de ánimo.

¡Decidámonos a ganar al infractor, no a perderlo! Pero corrijámoslo sabiamente, para que le duela en el corazón y no la cabeza.

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Las señales del envejecimiento y las de la madurez.

(1 Corintios 2:5-7).

Hay siete señales claras y visibles de que alguien está envejeciendo: el cabello se va poniendo canoso, la piel se va arrugando, el cuerpo se va encogiendo, la vitalidad física se va mermando, la memoria se va perdiendo, se habla más del pasado que del futuro y hay cada vez más velas en la torta de cumpleaños.

Hay siete señales claras y visibles de que un cristiano está madurando, aunque esté tan joven como un adolescente, pues la madurez espiritual no tiene nada que ver con la edad de la persona:

  • Tiene mayor control sobre los deseos pecaminosos que batallan contra su alma y es capaz de negarse a sí mismo y hacer la voluntad de Dios.
  • Cada vez le gusta más hablar con Dios de otras personas que estar con otras personas hablando de Dios, pues al inicio de su vida espiritual era al contrario, sólo quería estar hablando de Dios, pero muy poco con Dios.
  • La lectura de la Biblia ha pasado de ser informativa a formativa, la consume no tanto para aprender lo que no sabía, pues ya la ha leído varias veces y ha aprendido bastante, ahora la come, la mastica y la traga para templar su carácter.
  • En sus oraciones ya no es tan egocéntrico, las palabras “mí”, “me” y “yo”, van dando lugar a las palabras “tú”, “él”, “ella”, “ellos” y “nosotros”.
  • Se siente feliz con las victorias de otras personas, su espíritu de competencia va decreciendo y ya no quiere ser el más sobresaliente de todos, ni el más amado de todos, ni el más importante de todos, sólo quiere ser una parte del equipo que está dispuesto al sacrificio para el éxito de otros. Es como el padre que se siente realizado con los triunfos de sus hijos.
  • Cada vez es más consciente de lo que le falta para la perfección y hace menos alarde de lo que ha alcanzado en el Señor. Está más enfocado en agradar a Dios que en impresionar a la gente.
  • Habla más del futuro, de la brevedad de la vida terrena y de la eternidad en Dios.

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El cenicero de Dios.

(Levítico 6:8-11).

Posiblemente la primera figura que se forme en tu mente al escuchar que Dios tiene un cenicero sea la del recipiente donde los fumadores sacuden las cenizas de sus cigarrillos. Pero como Dios no es un fumador, entonces tenemos que pensar que es un depósito de cenizas en general, y eso está más acorde con la idea que deseo transmitirte.

Las cenizas son mencionadas varias veces en la Biblia por motivos como los del duelo, la humillación y la destrucción total. Pero cuando se citan en el libro de Levítico, se hacen en el contexto de los holocaustos, ya que eran los restos de los sacrificios de animales que se quemaban en el altar para el perdón de los pecados del pueblo judío.

Esas cenizas se ponían junto al altar y después se llevaban fuera de la ciudad. Ellas eran la prueba de que alguien había pecado, se había arrepentido, había ofrecido un sacrificio y había sido perdonado. La pregunta ahora es: ¿Guarda Dios las cenizas de los pecados que nos ha perdonado? De ninguna manera, esos pecados perdonados ya no existen, han desaparecido, no queda ni rastro de ellos, ni siquiera en las computadoras del cielo.

Cuando hablo del cenicero de Dios estoy usando una metáfora, un recurso literario para expresar de manera ilustrada y más pedagógica lo siguiente:

“Todas las veces que Dios apunto en un papelito que se iba a reunir contigo, para que conversaran, pero tú no llegaste a la cita, Él entonces rompió ese papelito y lo quemó.

Todas las veces en que Dios escribió en un papelito que tú le ibas a orar diciéndole que se hiciera su voluntad y no la tuya, pero finalmente te la pasaste exigiéndole que hiciera la tuya, Él entonces rompió ese papelito y lo quemó.

Todas las veces en que Dios escribió sus planes diarios para ti en un papelito, pero tú no te interesaste en conocer esa voluntad porque estabas ocupado en tu propia agenda, Él entonces rompió ese papelito y lo quemó.

Todas las veces en que Dios escribió en un papelito las palabras lindas de adoración que quería escuchar de tus labios, pero que tú no dijiste porque preferiste elogiar a otra persona, Él entonces rompió ese papelito y lo quemó.

Y en su cenicero sólo hay cenizas, porque no te tiene reclamos. Pero si está esperando que cada día haya menos papelitos para romper y quemar”.

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Señor, no sólo quiero dar té, también quiero darte.

(2 Corintios 9: 6-8).

Doña Maruja estaba en la cocina de un gran  medio de comunicación hirviendo el agua para servir el té a todos los invitados. Era un día de mucho movimiento y con muchas personalidades entrando y saliendo, pues se hacía una acostumbrada maratón para recaudar dinero.

Cada uno de los oradores y cantantes motivaba al auditorio a llamar por teléfono y hacer un donativo muy generoso. Doña Maruja pensó entonces que ante su pequeño salario y las grandes necesidades que tenía, dicha oportunidad de ofrendar a Dios no era para ella. Fue por ese motivo que humildemente oró:

“Señor, no sólo quiero dar té, también quiero darte, pero es tan poquito lo que tengo. ¡Qué pena que no sea una de las cien personas que tenga la cantidad exacta que están pidiendo ahora!”.

Maruja, hay algo que debes saber, y es que tu ofrenda sí vale ante Dios, y el que sea mucho o poco eso lo determinas tú misma, no la entidad que recibe tu donativo. Para ti, un billete de 20 puede ser mucho, aunque para la institución organizadora del evento puede ser una cifra mínima en comparación con otros aportes.

Lo que realmente vale ante Dios es tu deseo de dar con amor, con generosidad, pero según tu generosidad y tu capacidad, no la de otros. Dios no está mirando la cifra, está mirando tu corazón. Fue por ese motivo que Jesús elogió la ofrenda de una viuda que dio todo lo que tenía. Y lo que dio no era mucho en términos contables, pero para esa viuda lo era todo.

En cambio Jesús le restó importancia a la ofrenda de un rico que estaba en el templo haciendo su aporte al mismo tiempo. Pues aunque estaba dando una cifra muy grande, en términos contables, en comparación con todas sus posesiones eso que estaba aportando era realmente una miseria.

Creo Maruja que debemos revisar algunas estrategias a la hora de solicitar dinero para que dicha actividad no ofrezca una pésima imagen al público y no sea algo desagradable a los ojos de Dios.

Pues fallamos cuando enfatizamos que el dar es una siembra para poder cosechar. No porque eso sea mentira, pues la Biblia así lo enseña, sino porque el énfasis está en la transacción y no en la adoración.

Fallamos cuando exigimos que se dé para cubrir una necesidad, ya que las Escrituras enseñan que no demos por necesidad u obligación, sino por amor y para gozar de ese privilegio. Fallamos cuando enfatizamos una cifra exacta, en lugar de dejar que cada quien dé según se haya propuesto en su corazón.

Fallamos cuando fomentamos la codicia al decirle a la gente que si da 20 Dios le devolverá 200. Y fallamos cuando ponemos en oferta los milagros de Dios, como si su poder estuviera a precios de liquidación y no dándose por Gracia.

Dar es un adorar que bendice mi negocio, no un negocio al que debo adorar. Cuidado, no confundamos ni nos dejemos confundir: a Dios le damos porque lo amamos y lo adoramos, y eso nos hace felices.

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Ahorra tiempo y pásala mejor usando el “no”.

(Efesios 5:15-16).

La palabra “no” goza de una mala imagen, pues casi siempre la asociamos con rebeldía, falta de colaboración, indisposición, mala voluntad y disociación.

Pero esta palabrita, usada sabiamente, es excelente ahorradora de tiempo y representa aspectos positivos tales como: salud física, salud mental, concentración, prevención de accidentes y santidad.

Salud física, porque cuando aprendemos a decirle no a aquellos alimentos que nos perjudican, aunque se vean muy provocativos, nos evitamos sobrepeso, niveles altos de colesterol y otras complicaciones.

Si sólo dijéramos no a lo que no debemos comer o tomar, la pasaríamos mejor.

Salud mental, porque cuando le decimos sí a muchas actividades y luego el tiempo no nos da para cumplirlas todas, o las hacemos a medias, entonces quedamos mal, nos estresamos, nos llenamos de ansiedad y después, al fracasar, nos frustramos.

Si sólo dijéramos no a lo que no podemos hacer, la pasaríamos mejor.

Concentración, porque cuando tratamos de enfocarnos en demasiadas cosas al mismo tiempo realmente no nos enfocamos en ninguna. Y aunque parezca que físicamente estamos ocupados en una sola labor, la verdad es que mentalmente estamos en varias.

Con el cuerpo estamos en una parte y con la mente en otra. Y esto sucede porque es tanto lo que hay por hacer que mientras desarrollamos la tarea número cinco del día, ya nuestra mente se anda ocupando de las tareas seis y siete.

Es mejor enfocarse, poner el cuerpo y la mente en lo que estoy haciendo, fijar toda mi atención en una sola cosa.

Si le dijéramos no a aquello en lo que no podemos concentrarnos, la pasaríamos mejor.

Prevención de accidentes, porque si nos negamos a subirnos al automóvil de alguien irresponsable, o rechazamos tomar licor, o fumar, o inyectarnos porquerías, nos estamos evitando años de sufrimientos y desgracias para nosotros, para nuestra familia y para la sociedad.

Si sólo dijéramos no a los ofrecimientos peligrosos, la pasaríamos mejor.

Santidad, porque si aprendemos a decirle no a las tentaciones, entonces no dañaremos a otras personas, ni dañaremos la comunión Dios, ni arruinaremos nuestro testimonio, ni haremos desgraciada nuestra vida.

Si sólo dijéramos no a las tentaciones, la pasaríamos mejor.

La palabra “no” también es positiva, no te dé pena ni miedo usarla, ya que si la aprovechas bien, ahorras tiempo y la pasas mejor.

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Vivir en una casita en el aire, sobre una nube.

(Mateo 5: 13)

Una canción que hiciera conocida internacionalmente Carlos Vives dice:

“Voy a hacerte una casa en el aire, solamente pa´que vivas tú, después le pongo un letrero muy grande de nubes blancas que diga Ada Luz”.

Y podría ser muy bueno para un cristiano vivir en el aire, sin tener que pagarle cuotas al banco por su casa y por el automóvil. Sin tener que cubrir mensualidades de colegios o semestres de universidades. Sin vecinos o compañeros conflictivos. Sin líos laborales. Sin congestiones vehiculares. Y sin riesgos de inseguridad y más cerca de Dios.

Pero el problema vendría por tratar de resolver la vida personal al costo de ser inefectivos e insípidos para Dios aquí en la tierra, que es donde Él nos necesita para que estemos en convivencia con otros seres humanos.

Además, supongamos que tú le haces la solicitud a Jesucristo de que te construya una casita en el aire, sobre una nube. ¿Sabes qué te respondería Él? Con toda seguridad te diría:

“Mira, yo tengo todo el poder para hacerte la casa en el aire, pero no lo haré. ¿Sabes por qué?

En primer lugar, porque ya te he preparado una morada aquí en el cielo para que vengas a vivir en ella por toda la eternidad. Y no es una casucha, sino una mansión. Mi Padre tiene muchas moradas y yo me he tomado el trabajo de prepararte una excelente.

En segundo lugar, porque si te vas a vivir en el aire,  no me vas a servir de nada en la tierra. Sería como el entrenador que tiene a un excelente jugador pero al que no pone en la cancha. Y yo te necesito es en la cancha, en este mundo lleno de injusticias, guerras y barbaridades.

Aquí es donde preciso que cumplas con el trabajo que te he encomendado en tanto que tu espíritu está dentro de tu cuerpo.

Los días que tienes de vida son relativamente pocos, de manera que debo aprovecharte. Tú eres la sal de la tierra, y la sal cumple una labor preservativa, evita que la carne se pudra en lugares donde no hay refrigeradores.

En este mundo en descomposición los cristianos tienen la labor de preservar de la corrupción total, y la deben realizar con sus hechos, con sus oraciones y sus testimonios. Pero aparte de ello, la sal también es un condimento, y ustedes los cristianos son los que le deben dar buen sabor a la vida, hacerla maravillosa.

Y como condimento tienen que aprender un detalle, y es a disolverse dentro de los alimentos, para que sin necesidad de ser vistos, sí alteren el sabor. Como cristianos deben aprender a infiltrarse sabiamente en los diversos círculos de la sociedad, para que sin hacerse tan notorios, ejerzan una marcada influencia en la vida de las personas.

Y finalmente, así como la sal produce sed, ustedes son los encargados de despertar esa sed por mí en las demás personas.”

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Bueno es el cilantro, pero no tanto.

(Proverbios 25:16-17).

Es importante aprender a diferenciar el uso del abuso, pues si una persona no es delicada en sus relaciones interpersonales fácilmente se ganará el rechazo de los demás.

El sabio Salomón fue consciente de este problema que padecen muchos individuos y que por desgracia ni ellos mismos se dan cuenta de que lo tienen.

Es por ello que el libro de Proverbios en la Biblia aconseja que si has hallado miel, comas sólo la suficiente, y no te hartes ni te empalagues, no sea que en lugar de disfrutarla termines por vomitarla, te enfermes y hagas de una experiencia que debió ser agradable, algo muy desagradable.

Y aplicando esta enseñanza a las relaciones humanas, acto seguido, Salomón agrega que no estés visitando de continuo a tu vecino, no sea que hastiado de ti termine por odiarte. Que en lugar de decir:

“¡Oh! ¡Qué bueno que ahí viene mi vecino, que agradable recibir su visita”.

Diga todo lo contrario:

¡Ay no! Otra vez el pesado de mi vecino. Por Dios, es que no tiene nada más que hacer que andar molestándole la vida a los demás. No vayan a abrir la puerta, apaguen el televisor y no hablen, a ver si se cansa de tocar y se va”.

Un viejo refrán popular dice que hay personas a las que se les da la mano y se toman todo el codo.

Y es una lástima que ellas mismas, por su falta de prudencia, terminen siendo indeseables, que nadie se las quiera encontrar, o atenderles una llamada, o recibirles una visita.

¿No sería mejor dejar a los demás con deseos de seguir conversando con nosotros en lugar de marearlos con tanta palabrería?

¿No sería mejor hacerles a los vecinos y amigos llamadas y visitas breves para que no se fastidien con nosotros?

Por supuesto que sí. De manera que si Dios nos da la oportunidad de encontrar personas amables, que están dispuestas a hacernos favores, a atendernos la visita y a recibir nuestras llamadas, no las echemos a perder.

Amigos así hay que cuidarlos, en lugar de espantarlos. Como dicen los cocineros: bueno es el cilantro, pero no tanto.

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Que tus palabras sean dulces, por si debes tragártelas

(Colosenses 4: 6).

Cuando el hombre quiso estacionar su auto en el único espacio que veía desocupado otro llegó primero que él y se acomodó justo allí.

La rabia fue tal que abrió la ventanilla, asomó la cabeza y le gritó toda clase de improperios. Le dijo hasta de qué se iba a morir.

Pero el otro sujeto, sin perder la compostura, le explicó que él no era ni un imbécil ni un tarado, como acababa de escuchar, sino que simplemente se ubicaba en el lugar asignado, pues en el piso estaba escrito quiénes eran los que podían aparcar en cada lugar.

Luego le pidió amablemente que se dirigiera hacia otro sector donde estaba la zona para visitantes.

Pero el conductor enojado le espetó: “tu abuela será la que va a estacionar allí, pedazo de tonto”. Y luego se alejó lanzando más insultos.

Cuando por fin logró estacionar corrió hacia el edifico, tomó el ascensor que casi cierra la puerta, se acomodó la corbata, se secó el sudor y se alisó el cabello.

Mirando el reloj se percató de que estaba a tiempo, por lo cual estilizó su andar, aferró su maletín ejecutivo al cuerpo y se presentó ante la recepcionista de la elegante oficina a donde había llegado.

La joven le indicó que tomara asiento, que en unos minutos el gerente de recursos humanos vendría a recibirlo personalmente para la entrevista de trabajo.

Qué susto se llevó cuando el caballero que le extendió la mano, lo llamó por su nombre y le sonrió, era el mismo que él acababa de insultar en el estacionamiento. ¡Se quería morir en el acto!

Si las palabras imbécil, tarado, tu abuela, pedazo de tonto y otras más, que había usado contra el que podría ser su jefe, las hubiera sustituido por señor, caballero, disculpe, gracias, será un placer, con mucho gusto y otras más suaves, con toda seguridad que no estaría pasando este mal momento.

Y es que hoy en día, con demasiada facilidad, una persona ofende a otra como la cosa más natural del mundo.

Palabras desazonadas como: vieja decrépita, bobo, estúpido, atorrante, imbécil, bruja y otras peores, se salen fácilmente de la boca.

El consejo que Dios nos da en la Biblia es que sazonemos nuestro lenguaje con sal, para que no pudra ni los oídos ajenos ni los propios.

Que usemos palabras que tengan gracia, que sean dulces, amables, positivas.

De esta manera, si algún día nos tocara tragarnos esas palabras, no nos intoxicaríamos y nos sabrían deliciosas.

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Oye a tu padre y no desprecies a tu madre.

(Proverbios 1: 8-9).

Cuando el sabio Salomón escribe en su libro de Proverbios que un hijo debe seguir la instrucción de su padre y la dirección de su madre lo está diciendo dentro de un contexto judío en el cual el papá y la mamá no son unos delincuentes que abusan de sus hijos, sino dos seres de bien que están interesados auténticamente en el bienestar de sus descendientes y que están cumpliendo con el papel de educadores y guías espirituales dentro del hogar.

La ley de Moisés había enfatizado el hecho de que la instrucción temprana se debía dar en la casa, no endosársela ni a la iglesia, ni a la escuela, ni al gobierno.

Es por ello que el papá y la mamá no sólo preparaban a sus hijos para un oficio determinado en la vida, sino que le enseñaban todo lo concerniente a las leyes de Dios exigiéndoles que fuesen capaces de recitar de memoria “La Torá” (los libros de la ley) tal y como hoy en día un jovencito canta el himno de su país.

Por eso no debe extrañarnos que a los 12 años, como un típico chico de su edad, Jesús ya fuese capaz de hablar sobre la ley con los doctores en teología en Jerusalén, sin haber pasado por una escuela rabínica.

Aunque por supuesto Él rebasaba en inteligencia a sus amigos, pues según el relato bíblico no sólo hacía cuestionamientos muy inteligentes, sino que también respondía a preguntas difíciles, por lo cual asombraba a todos.

En contraste con la manera de pensar que recomienda el sabio Salomón a los hijos con respecto a los padres, un conocido chiste dice que los jóvenes evolucionan así:

“A los 8 años, mis padres son unos genios.

A los 15 años, mis padres no me comprenden.

A los 20 años, mis padres son unos anticuados.

A los 30 años, mis padres a veces tienen razón.

A los 40 años, mis padres tienen mucha experiencia.

A los 50 años, mis padres siempre tenían razón.

A los 60 años, lástima que mis viejos ya no estén, eran unos genios”.

No reaccionemos demasiado tarde, aprendamos a conversar con los padres, a oír sus consejos, a escuchar atentamente de sus experiencias, a beber de su sabiduría y a no despreciarlos u ofenderlos con gestos o frases hirientes, aunque no compartamos algunos de sus criterios.

Es una lástima que algunos hijos, por haber alcanzado mayores logros académicos o financieros que sus progenitores, se sientan superiores a ellos.

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La adoración no se hace se AASE

(Salmos 150).

Si eres de los que piensa que para adorar a Dios hay que leerse dos tomos de teología sistemática, o devorarse un diccionario de la lengua, o componer poemas como Rubén Darío o tocar el piano como Richard Clayderman o cantar como Steve Green, estás muy equivocado.

Porque no es ni la forma, ni el estilo, ni la instrumentación de la adoración, lo que enternece el corazón de Papito Dios, sino la actitud del adorador, pues una buena actitud trae como consecuencia una buena acción.

Si lo que deseas es adorar a Dios con todo tu ser sólo necesitas recordar algo sencillo: “la adoración no se hace, se AASE”.

La primera “A” nos habla de agradecimiento.

Una persona con la actitud de querer dar gracias al Señor por todo lo que le ha dado y por todo lo que no le ha dado, es decir, de lo que le ha librado, es una persona que ya está enchufada con el corazón de Dios.

La gratitud nos permite ver la bondad de Dios hasta en la respiración y en lo que comemos.

La segunda “A” nos habla de alabar, de elogiar, de reconocer los méritos o hazañas de alguien.

Cuando queramos adorar a Dios pensemos en dos cosas: primeramente, en lo que Él es. Y en segundo lugar, en lo que Él ha hecho, hace y hará.

Lo que Dios es se refiere a los atributos morales de Dios, tales como ser omnipotente, omnisciente, omnipresente, amoroso, justo, santo, bueno, misericordioso, perdonador y muchos más.

Lo que Dios ha hecho, hace y hará, hace referencia a sus grandes obras o hazañas, tales como crear el universo, dar origen a la vida humana, ejecutar la obra redentora en Cristo, estar cuidándonos, protegernos, volver a la tierra en un futuro para llevarse a su iglesia, etc.

La “S” nos habla de sometimiento, de obediencia.

Para Dios es mucho más importante la obediencia que los sacrificios. Es mejor la obediencia que la excelencia de la música y la oración para Él.

Pero debemos cumplir sus mandamientos no por miedo al castigo, sino por amor a Él.

La obediencia debe ser un acto de adoración. Amarlo es obedecerlo, es renunciar a la rebeldía.

La “E” nos habla de enamoramiento.

Un corazón enamorado es un corazón enternecido que en ocasiones ni siquiera necesita de palabras bonitas o formas rebuscadas.

Quien se postra ante el Señor lleno de amor puede aún estar en silencio, derramando todo su ser, doblegando su ego, humillándose a sus pies.

Si de veras quieres adorar a Dios en espíritu y en verdad, recuerda cómo se “AASE”

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