El regalo que se paga, se compra, y deja de ser regalo.

(Romanos 4: 4-5; 11:6).

Está tan metida dentro del inconsciente humano la idea de la recompensa por el trabajo que nos resulta absurdo pensar en que alguien nos dé dicha recompensa sin necesidad de haber trabajado. ¿Gratis, sin merecimientos, sin motivos como el de celebrar navidad o cumpleaños? Sí, y lo más incomprensible de todo es que quien nos da el regalo es un enemigo a quien no conocemos realmente.

Y claro, con nuestra mentalidad maliciosa y muy suspicaz comenzamos a llenarnos de preguntas: ¿Y por qué un regalo para mí? ¿Y con motivo de qué? ¿Qué es lo que me pide a cambio? ¿Qué es lo que realmente se esconde detrás de ese regalo? Porque nadie da algo por nada.

¿Me da un regalo aunque sea su enemigo? ¿Me regala porque me ama? ¿Es una broma? ¿Está bien de la cabeza? ¿Y si pago por el regalo entonces se volvería una compra? ¿Qué sólo lo reciba y ya? ¿Y si me porto peor habrá más regalos?

Esto sucede cuando tratamos de explicar la Gracia de Dios, ni la gente, ni nosotros, logramos entender algo tan loco o absurdo. ¿Cómo es posible que Dios, siendo santo, puro y perfecto me ame a mí que soy pecador, impuro e imperfecto, un ser que es todo lo contrario de Él?

¿En qué cabeza puede caber la idea de que ese Dios muera por mi culpa en una cruz en un trueque donde yo le doy mis pecados para que Él se los eche encima y luego Él me da su Espíritu Santo para que viva dentro de mi cuerpo? ¿Cómo  puede amarme Dios si lo único que he hecho es esforzarme por ganarme su odio?

Y debido a que la Gracia de Dios es incomprensible, lo único que podemos hacer es recibirla, nada más, aceptarla y tratar de vivir en ella por la fe, aunque se nos vaya la vida sin comprenderla cabalmente, pues aunque parezca que sí la hemos entendido y hasta demos conferencias para enseñarla a los demás, la verdad es que nos cuesta descifrarla y aún vivir en ella.

¿Y cómo es que me doy cuenta de que la Gracia de Dios sigue siendo un misterio difícil de asimilar y de vivir? Por dos motivos: el primero es porque nuestra mente todavía se sigue haciendo las mismas preguntas anteriores. Y aunque tengamos las respuestas, nos volvemos a preguntar lo mismo. ¿Por qué? Porque no nos cabe en la cabeza tanto amor de Dios. Y en segundo lugar, porque tratamos de portarnos bien para que Dios nos ame y nos bendiga, es decir, de pagar sus regalos, o mejor dicho, de comprarlos. Lo correcto sería lo contrario, portarnos bien por el hecho de que Dios ya nos amó y ya nos bendijo.

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Cómo envenenar a la suegra sin despertar sospechas.

 


(Romanos 12:20-21).

Don Manuel sabía que si Rosa le pedía ese favor a él era porque le tenía mucha confianza, al fin y al cabo a ella la conocía desde recién nacida y sus padres y abuelos habían sido también sus clientes.

–         Rosita, ya sabes, sólo le pones estas gotitas en las comidas. El veneno es muy bueno, actúa lentamente y no deja rastro. Pero recuerda que para no despertar sospechas vas a tener que tratarla con mucho cariño, con respeto, teniéndole paciencia, siendo atenta con ella. No importa que sea la suegra más odiosa del mundo, que te haga la vida imposible y que se crea la dueña de casa ahora que enviudó y se mudó con ustedes. Mucho cuidado por favor, esto es delicado.

–         Gracias don Manuel, no sabe cuánto le agradezco este inmenso favor.

Rosa guardo el frasquito en su cartera y salió de la botica, la única en muchos kilómetros a la redonda. Inclusive en ese local era donde atendía el médico que venía de la ciudad una vez por semana, aunque todos los campesinos de la región le tenían más confianza a Manuel que al médico, a pesar de sólo ostentar el título de farmaceuta. Pasados unos meses Rosa entró de nuevo al local, esperó que todos los clientes salieran y se le acercó al viejo Manuel para hablarle en voz baja:

–         Don Manuel, necesito que por favor me dé algo para contrarrestar el veneno que le he estado dando a mi suegra, ya no quiero que se muera, ayúdeme por favor.

–         ¿Y qué te hizo cambiar de opinión muchacha? ¿Qué ha pasado?

–         Usted no me lo va a creer. Esta señora se ha vuelto la mujer más gentil, amorosa, tierna, colaboradora. Ya no me critica ni se queja de los niños. ¡Es increíble!

–         Rosa, vete tranquila a tu casa. Las gotitas que te di son en verdad un suplemento alimenticio, en lugar de matarla le están haciendo mucho bien. Yo sabía que si tú tratabas con amor a tu suegra, le tenías paciencia, la respetabas y la atendías bien, ella iba a cambiar de actitud. Ella no es tan mala persona, sólo que tenía una mala actitud, pero como tú sembraste amor en ella, ahora cosechas amor. Rosita,  vete a tu casa, usa la Biblia que te dio tu abuelo y lee en Romanos 12 cómo es que se trata a los enemigos y cómo se les convierte en amigos.

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Pero… ¿y quién soy yo?

(1 Juan 3:1-2).

Cuando alguien te pregunta quién eres tú, de manera veloz tu mente, antes de producir una respuesta, procesa quién te ha cuestionado y en qué contexto se te ha hecho el interrogante, pues si la pregunta te la hecho un amigo de la familia la respuesta tal vez sea: soy el hijo de, o el nieto de, o el sobrino de. Pero si la interpelación te la hacen en el colegio de un hijo tuyo tal vez tengas que decir que eres el padre o la madre de. Y de igual manera podrás expresar cosas tales como: soy el residente de, o soy el empleado de, o soy el alumno de, o el profesor de, o el oyente de, o el ciudadano que, etc.

Ahora, si tuviéramos que responderle a Dios Padre quién soy yo, que bueno sería que todos pudiésemos contestarle de la siguiente manera:

“Dios, yo soy una creación tuya que nació pecador y continué siéndolo hasta el punto de hacerme tu bastardo enemigo. Pero tu amor por mí me constituyó en tu hijo, el hermano de Jesucristo, y ahora me tratas como a tu amigo íntimo, a quien cuidas como a la niña de tus ojos, nombrándome heredero legal de todas tus posesiones y coheredero con Cristo.

Es por ello que ahora  me has asignado ángeles tuyos que me ministran todo el tiempo, me has lavado con la sangre de Cristo y hasta me has sellado como posesión tuya con tu Espíritu Santo, el cual has hecho habitar dentro de mí para que cumpla con la misión de ser mi ayudador y consolador.

Es él quien me guía a toda la verdad y me da el poder suficiente para vivir una vida sobrenatural entre tanto que voy a reunirme contigo en la mansión celestial que Cristo fue a preparar para mí.

Y por todas esas razones es que he decidido amarte por sobre todas las cosas, obedecerte como a mi Señor, serte fiel como tu amigo, adorarte como tu servidor, trabajar para ti como tu siervo, administrar tus bienes como tu mayordomo, ser tu testigo ante el mundo y anunciarte como tu agente de publicidad.”

Y cada palabra que usemos para decirle a Dios quién soy yo para Él, no es algo que se nos ha ocurrido o que nos hemos inventado, sino que es aquello que Él mismo ha declarado sobre nosotros en la Biblia.

Así por ejemplo las Sagradas Escrituras dicen que nosotros, siendo criaturas de Dios, no éramos sus hijos, sino bastardos, hijos de desobediencia, sus enemigos, pero que gracias a su amor hemos llegado a ser sus hijos, herederos de Él y coherederos con Cristo. Pero todo esto y mucho más sólo se hace posible cuando decidimos por la fe rendirle completamente nuestra vida a Jesucristo.

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No ames al mundo, tampoco lo odies, sólo impáctalo.

(Santiago 4:4; 1 Juan 2:17).

Durante siglos la mentalidad religiosa ha tergiversado el significado bíblico de la palabra mundo, traducción de tres vocablos griegos, “Kosmos”, “Aion” “Oikoumene”, los cuales se refieren a un adorno, al universo, al planeta, a la humanidad que lo habita, a una época, o a un reino espiritual.

La doctrina del ascetismo, que dio origen a la vida monástica en el siglo VI en Europa, creía que si una persona se aislaba de la sociedad y se encerraba para vivir en ayunos, flagelándose el cuerpo y haciendo votos de pobreza, silencio y castidad, podría vencer las tentaciones y agradar a Dios, puesto que la Biblia enseña que no somos de este mundo y por ello no debemos ni amarlo ni ser su amigo.

¡Qué lástima que estos ermitaños no hayan leído también Juan 17:15! Allí Jesús le pide al Padre que no nos quite del mundo, sino que nos guarde del mal. Porque la luz debe estar en la oscuridad, no alumbrando a otras luces. ¿Si todas las luces de una ciudad se encerraran en un templo quién iluminaría las calles, plazas, oficinas y universidades?

Hoy en día también los fanáticos religiosos han llegado a proclamar que quien va a una sala de cine, o a un estadio de fútbol, o a una playa, está siendo un mal cristiano, porque en lugar de estar en la iglesia adorando a Dios, se ha tirado a los brazos de este mundo y se ha descarriado tras sus deleites. Otra vez habría que decir: ¡qué lástima! Porque el mundo al que se refiere la Biblia y al cual no debemos pertenecer, ni tener amistad con él, ni amarle, no es un mundo físico, sino un reino espiritual.

Fue lo mismo que no entendió Pilatos, que Jesús sí era Rey, pero de otro Reino, no del reino donde gobernada Tiberio César, sino de un mundo que es espiritual, eterno, que no pasa nunca, diferente al romano, al griego, al egipcio y a otros que ya pasaron a la historia. Es por ello que el apóstol Juan dice que el mundo y sus deseos pasan, pero que el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. Los diferentes mundos, que están englobados en “el mundo sin Cristo”, pasan.

Eso ha sucedido y sucederá con los mundos: deportivo, financiero, político, filosófico, de la moda, artístico y otros. Pero el Reino de Dios se mantiene incólume, y los que pertenecen a él se sostienen incólumes también. Y no es correcto que un cristiano, una persona que pertenece al Reino de Dios, que es su ciudadano porque nació de nuevo dentro de ese reino, abandone la misión que tiene dentro del mundo, donde Dios le ha puesto para ser sal y luz. El comerciante cristiano, por ejemplo, no pertenece al mundo de las finanzas, sino al Reino de Dios, pero debe estar en ese mundo como agente especial infiltrado para mostrar con su ejemplo que vale la pena ser de Cristo.

Lo mismo podemos decir del deportista, del educador, del artista, del universitario, del militar, del político. Ellos han sido puestos por Dios en esos mundos específicos para que cumplan una misión divina, mas deben cuidarse de no contaminarse. Deben ser como el profeta Daniel, que servía en la política de Babilonia y se destacaba 10 veces más que los más importantes sabios y estadistas del lugar, pero quien nunca se contaminó de Babilonia.

Daniel estaba en el mundo babilónico, pero el mundo babilónico no estaba en él, en su corazón, por eso fue exitoso. Los cristianos debemos estar en el mundo, pero jamás permitir que el mundo esté en nuestros corazones; en él sólo puede vivir y reinar Cristo.

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La riqueza no se busca, se produce.


(1 tesalonicenses 4:11-12).

Armando decidió viajar al pueblo de Villa Ventura y visitar a don Próspero, el empresario acaudalado que había hecho de toda esa región una zona floreciente y con gente feliz.

–         Señor Próspero, yo vengo de Villa Pereza, una tierra lejana donde la gente carece de los más mínimos recursos. Me gustaría quedarme a vivir aquí y disfrutar de la bonanza que tienen, pero creo que estoy en deuda con mi región, por lo cual quisiera que usted me aconsejara acerca de cómo sacar a mi gente de la miseria.

–          No quisiera presumir de sabio, pero sí puedo compartirte mi experiencia personal y dejar que tú juzgues lo que te pueda ser útil. Cuando llegué a este pueblo había igualmente mucha miseria, pero ésta era más mental que física. Yo era joven y venía con el deseo de vender la pequeña finca que me habían dejado mis padres. No me pasaba por la cabeza quedarme a vivir aquí, lo que quería era el dinero y regresarme a la ciudad. Pero era tanta la pobreza que nunca apareció un comprador.

Cierta mañana en mi devocional leí en la Biblia 1 Tesalonicenses 4:11-12.  Y ese texto me desafió a trabajar la tierra y luchar por esta región. Mi intención no era hacerme rico, pero resulta que fruto de la primera cosecha vino la necesidad de crear un depósito para almacenar el grano. Y allí entonces surgió el gran almacén que has visto. Había después que transportar la cosecha a las grandes ciudades. Y fundé entonces la empresa de transportes.

Apareció luego la necesidad de adquirir herramientas para el campo e insumos para el hogar. Levanté por ello la ferretería y el supermercado. Y así, cada necesidad que aparecía, era la oportunidad para crear más trabajo y más riqueza.

Lo que ves hoy en día en Villa Ventura no es mi riqueza, es la del pueblo, es el fruto de cambiar de mentalidad, de trabajar no por el dinero, sino por el bienestar propio y ajeno.

Si la gente trabaja con la mente en el papel moneda, va a despreciar su trabajo y va a querer el dinero por vías más rápidas, como ganarlo en la lotería, o recibirlo de herencia, o hasta robarlo.

Pero no es el dinero lo que nos debe mover, sino el amor al trabajo, al progreso y al bien común. El dinero vendrá después, solo, automáticamente, como resultado, porque la riqueza no se busca, se produce.

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Cuando Dios no va delante de ti y crees que te abandonó.

(Éxodo 14:19-20).

Usando nuestra imaginación vamos a trasladarnos mentalmente a la tierra de Egipto y vamos a mezclarnos entre la multitud de israelitas que están cruzando el Mar Rojo que Moisés acaba de dividir. Una multitud de aproximadamente dos millones de personas entre mujeres, niños, ancianos y hombres que no saben nada de guerra están caminando por entre las aguas hacia la otra orilla.

Es de noche, el piso está mojado, el aire es húmedo y con un fuerte olor a sal marina. Y lo increíble es que estás caminando por el fondo del mar, sólo que las aguas se han separado a izquierda y derecha dejando en seco un largo callejón. Al levantar la mirada sólo aprecias miles y miles de cabezas de personas indefensas que avanzan lentamente, mientras que atrás viene muy aprisa el terrible ejército de faraón, bien armado y entrenado y con 600 carros de combate, sin contar los jinetes y toda la infantería.

Puedes advertir que en breve habrá allí una inminente masacre pues no hay hacia dónde escapar, ya que a lado y lado hay dos altísimas murallas de aguas contenidas, como si se trataran de dos inmensos acuarios con vidrios muy transparentes. Pero eso no es lo peor, lo más grave es que Dios… se fue. ¡Sí, es verdad! ¡Pero no puede ser! ¿Cómo es posible que Dios haya abandonado a su pueblo justamente en este momento tan crítico?

¿Acaso no hemos aprendido que Él va delante de nosotros como poderoso gigante? ¿Acaso no es el Señor nuestro guía y nuestro pronto auxilio en las tribulaciones?

Pero un momento, algo extraño ha sucedido. Sí, algo está pasando. Es entonces cuando decides abrir tu Biblia electrónica que llevas en tu celular y buscas Éxodo 14:19-20.

¡Claaaarooooo! Ahí está la respuesta. ¡Encontraste la explicación! Sí, efectivamente el ángel de Dios y la columna de nube que iban delante de Israel, se apartaron, dejaron la delantera, pero por un motivo especial:

“Entonces el ángel de Dios, que marchaba al frente del ejército israelita, se dio vuelta y fue a situarse detrás de éste. Lo mismo sucedió con la columna de nube, que dejó su puesto de vanguardia y se desplazó hacia la retaguardia, quedando entre los egipcios y los israelitas. Durante toda la noche, la nube fue oscuridad para unos y luz para otros, así que en toda esa noche no pudieron acercarse los unos a los otros.”

¡Qué alegría encontrar esa respuesta! Tanto el ángel de Dios como la columna de nube se apartaron de los israelitas, pero no para abandonarlos y dejarlos morir, sino para ubicarse justo detrás de ellos, cuidándoles las espaldas, siendo luz para ellos pero tinieblas para los egipcios. Fue de esa manera que el veloz ejército de faraón, durante toda la noche, no pudo alcanzar al lento pueblo del Señor. Y cuando el último hebreo pisó la otra orilla, las aguas se juntaron nuevamente y… ¡bueno, ya sabemos el resto!

Ahora, volvamos mentalmente a nuestro presente y pensemos en esto: ¿será Dios capaz de abandonarte cuando llegó a amarte tanto que dio la vida de su Hijo Jesucristo por ti? Pues aunque una madre sea capaz de abandonar a su bebé, Dios jamás te dejará, nunca.

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No te canses, mejor descansa, pero jamás renuncies.

 Hardwork

(Gálatas 6:9).

Insistir en hacer el bien puede cansar, molestar, irritar y hasta desesperar. Sobre todo si los resultados no se ven en el corto plazo y los que insisten en hacer el mal parecieran tener mejores resultados que nosotros. Pero para tales momentos en que dan ganas de tirar la toalla y cambiar de métodos pasándose del lado bueno al malo, el apóstol Pablo aconseja no cansarse, no desmayar, no renunciar a vivir haciendo lo correcto en la vida.

La historia del bambú chino es muy popular cuando se trata de ilustrar la importancia de la perseverancia. Después de sembrar la semilla pasan cinco años en que nada se aprecia. El cultivador puede regar y fertilizar con empeño pero sus ojos no advierten ningún cambio durante esos diez semestres, justamente lo que puede durar una carrera universitaria.

No obstante, de manera latente, esta especie de gramínea, que apenas ha tenido un lento desarrollo de un diminuto brote a partir del bulbo, ha estado creciendo de manera subterránea, imperceptible, forjando una maciza y fibrosa estructura de raíz que se extiende vertical y horizontalmente por la tierra.

Pasado el quinto año, este acero vegetal, como también se le conoce, de repente, en sólo seis semanas, se da un estirón tal que su altura puede llegar a alcanzar los 30 metros. La pregunta típica que se hace la gente es: ¿Creció 30 metros en cinco años y seis semanas o en seis semanas solamente? Y la respuesta es: en cinco años y seis semanas.

Sí, la planta estuvo creciendo cinco años de manera subterránea, invisible a los ojos humanos. Y seis semanas sobre la superficie terrestre, visible a los ojos humanos. ¿Qué hubiera pasado si durante esos 10 semestres, tiempo que puede durar una carrera universitaria, el sembrador hubiese renunciado a su tarea diciendo:

Ya me harté, me cansé, no doy más, aquí no se ve ningún resultado, se acabó esto?

Pues se hubiese estropeado el crecimiento de la planta y no se produciría nada. ¿Por qué razón vas a desistir de seguir orando a Papá Dios por esa necesidad que tienes? ¿No será que el Señor ya contestó y la respuesta se ha ido gestando de manera invisible sin que te des cuenta? ¿Y por qué renunciar a estudiar? ¿Y por qué vas dejar de entrenar? No te canses de hacer el bien, mejor para y cobra aliento, pero no renuncies.

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El cristiano saludable debe crecer, no engordar.

(Hebreos 5:12; 6:1-2).

Qué sorpresa se lleva uno cuando una madre comenta que a su niño, que se ve gordito y de buena apariencia, el pediatra le diagnosticó desnutrición y anemia. ¿Desnutrido? ¿Anémico? Sí, y todo por un déficit nutricional, pues aunque come y engorda no se está nutriendo.

Según la Organización Mundial de la Salud, en México, en 30 años, la obesidad se ha incrementado en un 300 por ciento, lo que ha generado que el 9.3 por ciento de la población infantil tenga diabetes. Y es que el sobrepeso y la falta de ejercicio se asocian a la diabetes y a la resistencia a la insulina. El problema ya es una pandemia. En España por ejemplo, según sanidad, 13.9% de la población está obesa.

La idea de que un niño gordo y rosado es saludable y que uno flaco es un enfermizo, ha tenido que revaluarse, motivo por el cual los padres que quieran ver crecer a sus hijos fuertes y sanos deben vigilarles el peso, que se nutran bien y que hagan ejercicio, pues la televisión, la computadora, los videojuegos y los celulares los están enfermando.

Y qué decir de la dieta espiritual. La iglesia también está contribuyendo a la desnutrición espiritual, pues tenemos cristianos que aunque engordan, viven desnutridos, no crecen. Pasan y pasan los días y ellos envejecen, pero no maduran. Se convierten en simples consumidores compulsivos de liturgia dominical y se la pasan en derrota continua. Requieren de consuelo todos los días, piden oración por todo y por todos, necesitan que se les profetice y se les impongan las manos una vez por semana.

En palabras del escritor argentino Juan Carlos Ortiz éstos son unos: “eternos infantes”. Y las enseñanzas bíblicas que les estamos dando siguen siendo: “Siete pasos para vencer al gigante”; “Cómo sembrar para prosperar”; “Confesión para retener la sanidad”; etc.

Y los líderes pensamos que entre más gente llene un salón mejor estamos, pero no es así, pues también los cementerios albergan más y más personas, pero no las llevan a:

“La unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a ser perfectos y a alcanzar la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, como lo señala la Biblia.

Estamos llamados a crecer, no a engordar, a madurar, no a envejecer y a caminar hacia la perfección, no a mantenernos. Como cristianos debemos tener mayor conocimiento doctrinal, más vida devocional y mejor servicio a la sociedad.

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El suicidio de un predicador.

(Juan 6:70-71; Juan 12:1-6; Mateo 27:3-5).

¡Qué alegría tan inmensa sintió el día en que fue seleccionado para hacer parte del grupo de los 12 discípulos del famoso rabino Jesús! Entre millones de candidatos con excelentes hojas de vida él había sido escogido. Ahora, como alumno de Jesús, el mismísimo Dios en forma humana, estaría becado durante los tres años de la capacitación.

Además, recibiría sueldo completo y gozaría de todos los privilegios de estar cerca del Señor, de aprender de sus labios, comer con él y ver todo su gran poder. Ese estudiante se llamaba Judas, era hijo de Simón Iscariote, y a él se le encomendó una delicadísima tarea, manejar las finanzas del ministerio de Jesús.

¡Qué gran honor y responsabilidad! Seguramente él era la persona de mayor confianza de su rabino, pues no a cualquiera uno le suelta la chequera, las tarjetas de crédito y se le da entera libertad para que recaude las donaciones y pague los sueldos de todos los discípulos y aún del mismo maestro.

Es difícil precisar cómo y cuándo este alumno comenzó a torcerse, ya que administraba bien y evidenciaba grandes avances académicos: predicaba con fervor, oraba por los enfermos, echaba fuera demonios y no se perdía ninguna de las lecciones de su rabino.

El único detalle incómodo era que de vez en cuando se sustraía algunas cantidades de dinero para sus propios gastos. Pobre, tal vez tenía más obligaciones que los otros discípulos. O le gustaba darse mejor vida que los demás.

El hecho es que en tres años con Jesús nunca fue descubierto. Lo cual le parecía raro, porque su rabino sabía todo y de todo el mundo. Pero a él nunca lo reconvino, ni lo despidió de su cargo, ni le hizo auditorías. Y esa situación de aparente impunidad lo llevó a descararse cada día más.

Ahora robaba mayores cantidades y se hacía más esclavo de su vicio. El colmo fue cuando por treinta monedas de plata entregó a su rabino Jesús para que lo mataran. Claro, él se excusaba diciendo que él no lo mató, sino que simplemente lo identificó dándole un beso, que eso no era algo tan grave. Pero su misma conciencia lo acusó tan severamente que no pudiendo soportar su pecado de traición devolvió las monedas y se ahorcó.

¡Qué tristeza! ¿Cómo pudo ser tan tonto para pensar que Dios no sabía de sus “pecaditos”? ¿Cómo alguien cree que puede coquetear con el pecado y evitar las consecuencias? ¿Cómo se dejó seducir por Satanás y terminar ahorcado? Hoy en día pudiéramos decir lo mismo de algunos cristianos:

¡Si tan sólo hubiera entendido que no es que Dios no supiera de su pecado, o lo pasara por alto, sino que en su misericordia y paciencia le evitaba desgracias y escándalos esperando su arrepentimiento.

¡Hoy es el día para que radicalmente cortes con el pecado!

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Hazte amigo de “Prudencia”, y no la dejes.

(Tito 2:6).

El apóstol Pablo escribiéndole a su discípulo Tito en la Biblia, en Tito 2:6, le pide que por favor exhorte, anime y aconseje a los jóvenes a que sean prudentes. ¿Y qué querrá decirle con eso? Sencillamente que piensen, actúen y hablen con cautela, llevando sus mentes al después de…

La fuerza, el ímpetu, la energía, las ganas, la pasión, y la inexperiencia, empujan a los jóvenes a lanzarse a cualquier cosas, a lo que sea, sin medir las consecuencias, ellos simplemente se paran en el antes de, y desde allí piensan, hacen y dicen. Y sólo cuando han “metido la pata” y se estrellan de frente con las consecuencias de su mal proceder es que logran entender cuán tontos han sido.

Afortunadamente algunos tienen buena memoria y atesoran ese triste aprendizaje, al cual llamamos experiencia. Pero otros necios que tienen mala memoria se condenan a sí mismos a volver a pasar por lo mismo una y otra vez, y otra vez, y otra vez, pues no aprenden.

Es una lástima que la experiencia tenga tan mala capacidad de transferencia, pues el que la tiene se esfuerza por compartirla, pero los demás difícilmente la reciben. Tomemos por ejemplo el caso de una madre soltera que tiene una hija de 16 años la cual se expone peligrosamente con su novio.

Lo más probable es que esa niña también se convierta en poco tiempo en madre soltera. Y cuando nazca su hijita, también ella tendrá altísimas probabilidades de convertirse en madre soltera cuando llegue a los 16 años.

¡Tres generaciones con el mismo error! ¿Por qué? Porque la necedad es así. La necedad le dice a la jovencita que los consejos de su abuela y de su mamá no sirven para nada, que son experiencias de viejas amargadas que sólo quieren arruinarle la vida.

Si el joven, y todos aquellos que no han madurado y se siguen comportando como tales, se hicieran amigos de “Prudencia”, desarrollarían la capacidad de pararse en el antes de (antes de pensar en, antes de hablar de, antes de actuar como).

Y después llevar sus mentes al después de (después de pensar en, después de hablar de, después de actuar como); para de esta manera adelantarse a las consecuencias de sus decisiones, preverlas, que quiere decir verlas antes de.

Así podrían reconsiderar si vale la pena o no persistir en lo que desean, o cambiar de idea. Nunca abandones a “Prudencia”, llévala siempre contigo.

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