La madre de mis hijos mató a mi esposa

Madre mala esposa

(Mateo 19:5-6)

 Esta no es una crónica judicial en la que una ex esposa despechada asesina a la nueva mujer de su ex pareja. No, es la historia de una madre que por enfocarse excesivamente en sus hijos descuidó al marido y se anuló ella misma como esposa.

En algunas mujeres el ser madres es una experiencia tan maravillosa y absorbente que pareciera hacerles olvidar el pacto que hicieron ante Dios con el padre de sus hijos. Aquello de amarte y estar contigo en la buenas y en las malas hasta que la muerte nos separe de repente se relegó por las demandas de los nuevos integrantes de la familia que cual tiranos exigen todo tipo de atenciones y a toda hora.

“Prepárate tú la comida que estoy haciéndole la papilla al niño”. “Lava tu ropa y plánchala que estoy ocupada con los vestidos de la niña”. “No te puedo acompañar por que el bebé se durmió ”. “No tengo ganas de hacer el amor contigo, estoy tensa y cansada de lidiar con los chicos”. “No prendas la radio o el televisor que puedes despertar a Juanita”. “No te comas las manzanas que las compré para el niño”. “No me abraces ni me beses, no ves que aquí están los muchachos”. “Pues me la paso despeinada, fea y maloliente porque estoy todo el día cuidando niños”. “Si no te gusta vete que yo me quedo con mis hijos”. “Un hijo lo es toda la vida, esposo no”.

Y la misma historia se pudiera contar al revés, donde un hombre se enfoca tanto en su papel de padre que relega a su esposa y ya no la ama, la sirve, la cuida y atiende como antes, porque ahora sus hijos lo han absorbido completamente.

Esposos, los hijos son una bendición, son un regalo de Dios, son la cereza encima del helado, pero jamás pueden permitir que se conviertan en los destructores del matrimonio. ¿Acaso los esposos que no engendraron hijos no fueron un verdadero matrimonio? Claro que sí, como lo fueron Abraham y Sara, Jacob y Raquel, Elcana y Ana, y Zacarías y Elizabeth, durante todos los años en que estuvieron sin hijos.

Si una mujer se casa pensando solamente en tener hijos lo que le está diciendo a su pareja es que sólo le importa como reproductor, no como marido, y que pudiera cambiarlo en cualquier momento por otro semental o un donante de esperma.

Los hijos son prestados, algún día se irán de la casa a formar sus propios hogares, en cambio los esposos se unen para toda la vida. Jesús dijo que lo que Dios unió nadie lo separe, así es que nadie tiene autoridad para destruir la santa relación matrimonial, sólo la muerte la puede disolver. Y aunque suene mal culturalmente el plan de Dios es que los esposos y esposas estén por encima de los hijos.

Sí, Dios nos manda ser buenos padres, y honrar a nuestros padres y amar a nuestros hermanos, pero nunca al punto de sacrificar nuestro matrimonio, eso nunca.

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Suena a locura, pero es la verdad

(Hechos 26: 19-25, 1 Corintios 1:18; 2:14).

Cuando don Simón Rodríguez, a quien Simón Bolívar llamara su maestro formador y su Sócrates, bautizó a sus tres hijos nacidos en Ecuador como Choclo y Zapallo, los varones, y Zanahoria, la niña, la gente de la época se escandalizó, pues la costumbre era ponerle nombre a los retoños tomados del santoral.

También a nosotros nos puede sonar raro hoy en día traducir nombres como el del filósofo inglés Francis Bacon, pues nos sonaría a Francisco Tocino.

O el del famoso cantante country ya desaparecido Johnny Cash, que sería Juanito al contado. O el del expresidente George Bush, que sería Jorge Arbusto.

Y que tal los de los magnates de las computadoras: el de Steve Jobs, de Apple, sería Esteban Trabajos. Y el de Bill Gates, de Microsoft, sería Guille Puertas.

Sí, hay ciertas cosas que nos suenan a locura, por cuanto se oyen raras o porque no estamos acostumbrados a meditar en ellas.

Cuando Paulus, un gran intelectual del primer siglo, se presentó ante el rey Agripa, le confesó que él era judío de nacimiento, rabino de la secta de los fariseos, discípulo del famoso rabino Gamaliel, hijo de un banquero de Tarso, que poseía la ciudadanía romana y que contaba con un excelente currículo.

Pero que sinembargo después de ser un cruel perseguidor de los cristianos había decidió no perseguirlos más y dedicarse a anunciarle al mundo que ese Jesús, al que él aborreció y al que el gobierno crucificó como a un criminal, era ahora su Señor y el único y verdadero Dios en el mundo.

Ante semejante declaración pública el excelentísimo gobernador Porcio Festo exclamó: “estás loco Paulus, de tanto estudiar se te han cruzado los cables en el cerebro. No hables incoherencias”.

Pero Paulus le refutó que no estaba loco, sino que estaba hablando verdad, y que su discurso era coherente.

Que inclusive el mismo rey podría creer en sus afirmaciones, puesto que conocía la fe judía y los escritos de los profetas y podía corroborar que todo lo sucedido, que no había sido en secreto, era fiel cumplimiento de lo anunciado por dichos profetas siglos atrás.

El rey Agripa, ante estas evidencias, sólo atinó a concluir que por poco se hace cristiano.

Puede ser que políticamente a Agripa no le conviniera hacerse cristiano, pues se echaría a los judíos de enemigos y perdería toda la influencia que había conseguido con el emperador Claudio y luego con Nerón, quien le había añadido varias ciudades bajo su dominio.

Pero la razón fundamental para no volverse un discípulo de Jesús fue porque siguió teniendo una mente natural, no regenerada por el Espíritu Santo, motivo por el cual el anuncio de la cruz era para él una locura, y no la única verdad para ser salvo.

La Biblia afirma que hay personas que se condenan eternamente porque se niegan a recibir el discernimiento del Espíritu Santo y por tanto no pueden entender y aceptar el mensaje de Jesucristo y por ello lo califican de locura.

Pero si hoy tú crees en esa locura, la que dice que el derramamiento de la sangre de Jesús en la cruz te limpia de pecado, entonces puedes recibir ya mismo la salvación para tu alma.

Sólo basta con orar a Dios arrepintiéndote y pidiéndole perdón por tus faltas. ¡Hazlo de una vez, en tus propias palabras!

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El encierro y la oscuridad lo maduraron.

(Filipenses 1:6).

El plan era perfecto. Después de ser derribado y separado de los suyos fue tomado rápidamente y conducido a la oficina del contacto, quien de inmediato y sin que hubiera testigos lo llevó hasta su casa.

Allí, en complicidad con su esposa, cuidadosamente lo envolvieron hasta sofocarlo y lo ocultaron en un lugar seco y oscuro, en medio de unos utensilios de cocina. Debido a su gran tamaño debió ser manipulado con cuidado.

Se veía de color verde y estaba rígido, duro. Durante los siguientes días fue inspeccionado para saber cómo estaba, hasta que por fin llegó la hora.

Los dos se miraron. Sabían que había que hacerlo, pues no se podía dejar pasar más tiempo o sino el plan fracasaría.

Ella tomó el inmenso cuchillo entre sus manos y lo atravesó de lado a lado. Fue un sólo corte, certero. Lo partió en dos.

Él se quedó asombrado y hasta quiso tomarle una foto.

Finalmente no tomaron la foto, a pesar de lo bonito que se veía, grande, blando, con un color verde claro.

Lo que hicieron fue ponerle sal y comérselo con gran satisfacción.

El plan les tomó varios días, pero valió la pena. Así fue como disfrutaron de un alimento que en algunos países le llaman aguacate y en otras partes palta.  ¡Ah, la pareja mencionada somos mi esposa y yo!

Y todo comenzó una noche al salir de la cabina de radio de la empresa donde laboraba, después de uno de mis programas.

A esa hora la oficina había quedado sola. Así que el señor encargado del aseo, y con quien he hecho una buena amistad, se me acercó y me dijo que me estaba esperando para regalarme tres de esos frutos que se daban en el patio de su casa.

Dos estaban listos para hacer guacamole y en eso se convirtieron. Pero el tercero, que era inmenso, estaba duro como una piedra.

No obstante se veía como un excelente prospecto, así que con mi esposa lo envolvimos en papel periódico y lo metimos debajo del lavaplatos.

Cada día tocábamos la fruta para ver si ya había madurado, pero nada, seguía dura como roca.

Llegué a pensar incluso que algo estaba mal, pero no, todo andaba bien, la maduración se estaba dando poco a poco, en la soledad, sequedad y oscuridad.

Finalmente, cuando el aguacate (palta) estaba blando, mi esposa sacó el más grande de los cuchillos y lo partió en dos.

Se veía perfecto, hermoso, como para una foto. Y su sabor fue exquisito. Y a raíz de esa experiencia me quede pensando en que muchas veces así es como Dios tiene que madurarnos a nosotros.

En lugar de desecharnos y tirarnos a la basura, se da a la tarea de madurarnos, de llevarnos por un proceso de transformación del carácter. Y lo hace con amor y paciencia.

Por ello es que el Señor nos deja pasar por momentos difíciles en la vida, pues en la soledad, en medio de la bruma de las aflicciones y con el horizonte oscuro, el Espíritu Santo va forjando en nosotros el carácter de Cristo, nos va dando temple.

Y esa dureza, esa falta de sabor y esa ausencia de nutrientes, propias del fruto verde, van dan paso a un fruto maduro, hermoso y provechoso.

¡No desesperes, Dios aún no ha terminado contigo!

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El mal aliento te tumba y sin aliento estás muerto

(Proverbios 18:14).

El título connotativo de la reflexión de hoy hace pensar de primera mano que el tema es el de la halitosis, pero no es así, puesto que hay un problema con el aliento que es peor que el mal olor que pudiera despedir la boca de alguien.

Al fin y al cabo la halitosis se puede remediar de inmediato con un enjuague bucal, o con un dulce o un chicle, pero el aliento como sinónimo del ánimo, de la motivación, del empuje y de la energía, ese puede ser gravísimo, pues puede tumbar a cualquiera y hasta matarlo.

Si un ser humano no respira, no tiene aliento, es probable entonces que esté muerto clínicamente. Y si no tiene ánimo, aliento, ganas de hacer algo en la vida, también está muerto, no clínicamente, pero sí mentalmente. Y esa muerte le llevará a la tumba sin remedio.

Bien se dijo de una persona que murió a los 20 años de edad pero la enterraron a los 80. ¿Qué quiere decir eso? ¿Acaso estuvo insepulta 60 años?

No, lo que esto significa es que tal ser humano mentalmente dejó de vivir cuando dejó de tener deseos de vivir, motivos para respirar, ánimo para soñar, aliento para alcanzar nuevas metas.

Los siguientes años de su pasar por el mundo hasta los 80 fueron sólo de existencia, no de vivencia. También pudiera decirse que no vivió sino que sobrevivió.

Y es una lástima pasar por el planeta tierra acumulando días, meses y años sin cosechar nada porque nada se ha sembrado.

Muy diferente es comer el fruto de lo que se sembró y ver a la familia y a otros seguir comiendo de esos frutos por años y años.

Y aún saber que después de que partamos de este mundo muchos serán beneficiados por lo que hemos dejado, incluyendo una buena memoria.

El libro de proverbios dice en la Biblia que el buen ánimo en alguien es tan importante que hasta lo capacita para poder soportar algo tan malo como una enfermedad.

Pero también añade que cuando dicha persona tiene el ánimo amargado, no hay quien la soporte. Ni ella misma se aguanta.

Será tan importante recibir aliento de la familia, amigos y allegados, para poder vivir, que las mismas palabras desánimo o desaliento en sus raíces significan muerte.

Al “des…animado” se le salió el ánima, el alma. Y al “des…alentado”, se le salió el aliento, el espíritu.

En la Biblia, Jesús, en cinco ocasiones diferentes, habló diciendo: “Ten ánimo”.

Y ahora mismo te lo está diciendo a ti: ¡Ánimo, yo estoy contigo!

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No te lo tragues como el perro, mastícalo

(Romanos 12:2; 1 Corintios 2:15).

En algunos círculos religiosos pareciera haberse levantado un ánimo anti intelectual, de desprecio hacia la razón, como si pensar fuese un pecado o una actividad poco espiritual.

Sin embargo nada tan lejos de la recomendación de la Biblia que nos pide no desenchufar nuestra mente sino regenerarla, renovarla, para así comprobar cuál es la voluntad de Dios, que es lo bueno lo aceptable y lo perfecto.

Esto es lo que el apóstol Pablo les escribió a los romanos en la Biblia en el capítulo 12 versículo dos.

Allí les menciona igualmente que no se adapten a este mundo, sino que sean rebeldes en un sentido positivo, que se transformen.

Y para transformar usa la palabra griega “Metamorphoo”, que es cambio de forma, y de la cual procede el vocablo “metamorfosis”. Con él se describe el proceso que sufre una crisálida, que aunque tiene la apariencia de un feo gusanito llega a convertirse en una hermosa y colorida mariposa que puede volar.

¿Pero cómo se opera la transformación a nivel humano? El Espíritu Santo, que es el agente transformador, usa la Biblia, que es el instrumento para transformar, y lo aplica a la mente del individuo que estudia sus verdades, que es el objeto a ser transformado.

¿Y cómo se aplica a la mente? Sustituyendo información incorrecta por información correcta.

La mente se renueva de la siguiente manera:

Primeramente debes desinstalar las mentiras de este mundo.

Luego debes llenarte de la verdades de Dios contenidas en la Biblia e instalártelas en sustitución de las que borraste.

Y finalmente debes comenzar a operar con ese nuevo programa que te instalaste.

Lo que sucede cuando la mente se renueva es que la persona se renueva, se transforma. Así de sencillo. Es todo un proceso y funciona en todos los órdenes de la vida, en la esfera sentimental, familiar, académica, laboral, económica, ministerial, etc.

Pudiera decirse entonces que el cambio de una persona se da por el cambio de software en su cabeza. Si alguien no cambia de manera de pensar no puede cambiar de manera de vivir, aunque se haga religiosa, pues el cambio de religión es como el cambio de disfraz en un maleante.

Ya es hora de que pongas a trabajar la mente de Cristo, pues se le da al cristiano para usarla, no para guardarla sin estrenar.

Y si alguien quiere demostrar que es realmente espiritual que siga el consejo de 1 Corintios 2:15 donde el apóstol Pablo dice que el hombre espiritual debe pensar, juzgar, analizar muy bien.

En otras palabras, debe masticar las verdades de Dios, rumiarlas como la vaca, en lugar de tragárselas enteras como el perro.

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Servidor, no conquistador

Romanos

(Mateo 20:25-27; Juan 13:34-35)

La historia universal nos presenta a grandes conquistadores que en determinadas épocas y lugares conformaron temibles ejércitos con los cuales derrotaron enormes pueblos, se apoderaron de sus territorios y riquezas y los hicieron sus esclavos. Algunos de ellos fueron:

Alejandro Magno, rey de Macedonia desde el 336 a. C. hasta su muerte a la edad de 33 años. Su maestro personal fue Aristóteles. Derrotó a los persas y en sólo 13 años hizo de Grecia el mayor imperio de su época. Inauguró el periodo helenístico.

Julio César, el más celebre de los conquistadores de Roma, el imperio que venció al griego y se convirtió en el más grande de la humanidad. En guerra civil venció a Pompeyo y se hizo dictador. Fue asesinado en el 44 a C. y le sucedieron Marco Antonio y Octavio Augusto, quienes también se enfrentaron ganado el segundo y siendo proclamado Augusto César. Bajo su dominio nació Jesús en Belén de Judea.

Atila, el rey de los hunos, gobernó el mayor imperio europeo de su época, desde el año 434 hasta su muerte. Derrotó al imperio romano occidental y sitió al oriental. Fue el papa León I quien lo convenció en privado de devolverse y no tomar Roma.

Napoleón Bonaparte, considerado el más grande genio militar. Nació en 1769 y murió en 1821. Se proclamó emperador de Francia y rey de Italia. Se le recuerda como a un megalómano y tirano que provocó millones de muertos en Europa.

Adolfo Hitler, político alemán de origen austriaco quien en su locura de adueñarse de Europa desató la segunda guerra mundial. Con el título de “Führer” (caudillo) conquistó Austria, Checoslovaquia, Polonia, Holanda, Bélgica, Francia, Crimea, Noruega, Dinamarca, Grecia y Yugoslavia. También ordenó el holocausto asesinando a más de seis millones de judíos. Murió derrotado en 1945 en Alemania.

Se pudieran mencionar decenas de conquistadores a lo largo de la historia y todos tienen  un denominador común: “querían vencer para ser más grandes, poderosos, ricos, tener mayores territorios y más personas a su servicio”.

Pero uno, sólo uno en toda la historia, siendo dueño del mundo entero, hizo algo diferente: “en lugar de venir a conquistar, vino a servir. Y lo hizo por amor”.

Ese personaje es Jesús y él nos ha encargado a sus seguidores no conquistar, sino amar y servir en su nombre. Él nos dio el ejemplo. Nadie quiere ser conquistado, eso tiene tristes connotaciones históricas, pero si anhela ser amado y servido.

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Visita tu pasado sólo para recargar tus baterías.

(Salmos 77:11-12)

Cantidades de veces hemos oído y leído que el pasado es pasado, que no lo estemos recordando, que desechemos las cosas viejas y nos concentremos en la nuevas que Dios ha preparado para nosotros.

Y eso es verdad, no vayamos ahora a contradecir esas tesis que tanto bien nos han hecho. Es más, debemos reafirmarnos en ellas.

Y al corroborar dicho pensamiento precisemos que el contexto de olvidar el pasado es el de desechar las cosas malas que el Señor ya nos ha perdonado, obras muertas de las cuales nos hemos arrepentido y las hemos dejado, como a todo muerto, sepultadas y sin deseos de desenterrarlas.

También debemos dejar en el olvido las viejas enemistades, los rencores, los malos momentos y todos los malos recuerdos que nos pueden arruinar el presente y hacernos árido el futuro.

Sin embargo al leer textos como el de Salmos 77:11-12 y otros afines, somos motivados a hacer memoria de las grandes obras de nuestro Dios, de sus notables y asombrosos hechos a lo largo de la historia.

Pero no sólo a quedarnos allí, en la evocación de dichas hazañas, sino a hablar de ellas, contárselas a las nuevas generaciones, para lo cual sería aconsejable recrearlas con un lenguaje moderno y ubicarlas en escenarios que podamos identificar fácilmente en los mapas actuales.

Recordar las grandes obras de Dios y  hacer el inventario de todas las bendiciones que nuestras familias y nosotros mismos hemos recibido por su amor y misericordia es llenarnos de ánimo, es inyectarnos una buena dosis de fe, de esperanza y amor.

Por eso vale la pena visitar el pasado, no quedarnos a vivir allí, ni siquiera en los viejos laureles del triunfo, no, ir sólo de visita, para recargar nuestras baterías.

Y luego volver a vivir en el presente, donde construimos las casas que habitaremos en el futuro, donde cocinamos lo que hemos de saborear en el futuro.

Sí vale la pena hacer excursiones al buen pasado, al noble, al grato, y es por ello que en nuestros hogares tenemos álbumes de fotos, diplomas, cintas y medallas en las paredes.

También trofeos y reconocimientos en los anaqueles de la biblioteca, y postales, tarjetas, cartas y hasta los cabellos y ombligos de los hijos.

Sí, hay un recordar que es vivir, no morir.

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Siete peligros a evitar en el día del triunfo

Triunfador

(Romanos 12:3; 2 Corintios 12:7).

Lograr una victoria siempre será motivo de gozo, celebración, premios, regalos, recompensas, reconocimientos, elogios y felicitaciones, bien sea que el triunfo se alcance en el terreno deportivo, político, económico, artístico, religioso o del amor.

Pero las hazañas también entrañan sus peligros, los cuales difícilmente se pueden ver cuando estamos cegados por la neblina de la victoria e inmersos en la ebriedad de los vítores, los halagos y los aplausos.

Aún así,  es importante que sigamos el ejemplo del apóstol Pablo quien nos hace un llamado a conservar la humildad y a pensar de nosotros con cordura. Él mismo se pone como ejemplo al referir que debido a que Dios lo llevó en vida al tercer cielo, le fue necesario recibir una enfermedad en su cuerpo para evitar que su ego se exaltase indebidamente.

Veamos ahora siete peligros que debemos evitar en un momento de victoria:

1. No darle las gracias y la gloria a Dios reclamando que nuestro triunfo ha sido exclusivamente por nuestra capacidad. Lo mejor es que le agradezcamos al Señor y lo honremos por cuanto nos ha concedido alcanzar una nueva meta.

2. No darle las gracias a todas aquellas personas que hicieron posible un logro. Lo mejor es que reconozcamos que nadie se hace solo en la vida y que las demás personas merecen el crédito por su aporte en nuestra conquista.

3. Mirar con superioridad o desprecio al oponente y hacerle burla. Lo mejor es demostrar respeto hacia los demás competidores resaltando sus puntos fuertes y animándoles a seguir adelante dando lo mejor de ellos.

4. Creerse todos los halagos de la gente. Lo mejor es conservar la humildad y entender que las palabras infladas son fruto de la emoción, no de la razón.

5. Pensar que toda la vida seremos triunfadores. Lo mejor es poner los pies sobre la tierra y entender que en la vida hay curvas ascendentes y descendentes.

6. Tomarle miedo al fracaso, como si fuera un monstruo. Lo mejor es que aprendamos que los fracasos son necesarios, pues son grandes maestros.

7. Dormirnos sobre los laureles y creer que la sola fama traerá más triunfos. Lo mejor es no descuidarnos y seguir entrenando, estudiando y mejorando.

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¿Cuántos hornos usará Dios?

 

(Hechos 1:7).

Don Manuel disfrutaba de ir los fines de semana a su finca situada en el campo, a tres horas de la ciudad.

Y buscaba siempre la ocasión para  invitar a sus hijos, a sus nietos y a sus amigos, a deleitarse con uno de sus pasatiempos favoritos: cocinar.

Él reía al contar en broma que a su esposa sólo la dejó entrar a la cocina el día en que la construyeron.

En uno de esos días familiares Manuel invitó a su casa campestre al joven pastor de su iglesia con su familia.

Y mientras los chicos se divertían en la piscina su líder espiritual, al calor de un café, le confesó contrariado que cada que oraba por otras personas veía las respuestas de Dios, pero cuando oraba por sus propias peticiones, parecía que el Señor se demoraba mucho.

El anciano le dijo: “Mira, no soy ni teólogo ni predicador, el pastor eres tú, pero sí te voy a compartir una experiencia de hace años, cuando mi esposa Lilia y yo construíamos esta propiedad y vivíamos estrecheces económicas.

Recuerdo que una vez ella se molestó conmigo porque compré un horno y me reclamó que ya tenía muchos.

A la mañana siguiente, después del devocional, vine y me senté a descongelar una carne en el microondas.

Y me puse a pensar por qué Dios no hizo al mundo en un sólo día, sino en seis, teniendo el poder para hacerlo en un chasquido de dedos.

Y luego analicé si eso tenía algo que ver con el momento económico por el que pasaba. Y justo cuando reflexionaba en eso, me sonó la campana.

Literalmente porque el microondas completó su tiempo. Y no fue que se me apareció un ángel o que recibí una revelación, pero sí una respuesta que me tranquilizó. Te la comparto.

Cuando saqué la carne y me quedé mirando los otros cuatro hornos, me di cuenta que cuando quieres hacer algo de calidad, debes seguir un proceso.

El microondas me podría cocer la carne, pero no me daría ni la calidad, ni el sabor, ni la textura, ni la presentación que quería.

Por eso tengo un horno de leña, para los asados. Y otro que es vertical. Y otro de barro para pizzas y panes. Y el eléctrico, para repostería. Cada uno tiene su uso.

En Hechos 1:7 dice que de Dios son los tiempos y las sazones, los momentos y las ocasiones.

Él sabe en qué  horno es que nos va a cocinar un milagro. Él hace todo con un propósito.

Y lo que saboreamos hoy, mi esposa y yo, fue lo que el Señor nos preparó en su horno. ¿Puedes imaginarlo?”

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No una cana al aire, sino toda la cabellera

abuelos en casa de familia

(1 Timoteo 5:3-8, 16).

Una excelente oportunidad para honrar a nuestros padres y abuelos y demostrarles cuánto les amamos, cuán importantes son para nuestras vidas y cuán agradecidos estamos con ellos, es justamente cuando llegan a la vejez.

Y ocuparnos de ellos no sólo es una manera de cumplir con el mandato de Dios de honrarlos y por ello ser premiados en nuestra vida personal por el Señor Jesucristo, sino que es también una forma de dar ejemplo a nuestros hijos y nietos acerca de cómo debemos ser tratados cuando también lleguemos a viejos.

Que nos ofrezcan comida cuando tenemos el estomago a reventar no es nada halagüeño, pero que nos ofrezcan un delicioso plato cuando estamos hambrientos y no tenemos nada a la mano, eso sí que vale la pena.

Igual pasa con nuestros padres y abuelos, cuando más necesitan de nosotros es cuando ya están ancianos, cuando no les dan trabajo, cuando nadie se sienta a hablar con ellos, cuando nadie les tiene paciencia, cuando se vuelven necios y cuando necesitan cuidados especiales con el aseo, la ropa, la comida y sus medicamentos. Es en esos años cuando realmente necesitan que les demos todo el amor del mundo y les dediquemos tiempo.

¿Se merecen todos los ancianos el mejor de los tratos? Por ninguna parte de la Biblia dice que el honrarlos sea un premio por sus buenas acciones, sino un deber de nuestra parte y por el cual Dios nos bendecirá. No somos jueces de nuestros padres y abuelos. Y es probable que algunos se hayan empeñado en hacerte la vida imposible, pero existen el perdón y la misericordia. Y si les das ese testimonio será más fácil que ellos acepten el perdón y la misericordia de Dios y se preparen para el encuentro espiritual con el Creador.

El apóstol Pablo le encareció al joven pastor Timoteo que en su iglesia le enseñara a los creyentes a honrar a sus padres y abuelos, a suplirles en sus necesidades, a cuidarlos y respetarlos. Que de ninguna manera la tesorería de la iglesia asumiera una obligación que le competía a los hijos y nietos. Y llegó incluso a declarar que si un cristiano no proveía para las necesidades de su familia y sus parientes, había negado la fe y era peor que un incrédulo.

Que Dios nos ayude a honrar a nuestros padres y abuelos como a príncipes en lugar de tenerlos como a mendigos, recibiendo malos tratos, comiendo mal, oliendo mal y vistiendo mal. Llenémoslos de amor y saquémoslos del encierro, que se integren a la familia, que paseen, que no sólo pongan una cana al aire, sino toda la cabellera, pues el aire puro del campo les viene bien para la salud física y mental.

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