Si pones algo antes de lo primero, ya no es lo primero.

(Mateo 6:32-34).

El anciano miró al inmenso grupo de líderes cristianos de diferentes partes del mundo que se habían reunido para escucharle. Sabían que él era un hombre de pocas palabras, así que estaban atentos a cada gota de sabiduría que dejara escapar. Con voz pausada y con suaves movimientos comenzó su exposición, la cual parecía una conversación íntima:

“Cuando inicié mi carrera como conferencista no teníamos ni la radio, ni la televisión, ni la internet, ni los celulares, ni las tabletas digitales, ni las redes sociales como Facebook o Twitter. Así que la única forma de poder hablarles a las personas del amor de Dios era yendo  hasta ellas en aviones, trenes, autobuses, lanchas, lomos de burro y caminando. El sueldo era incierto, pero esa no era la principal motivación para el duro trabajo que hacíamos.

Cuando llorábamos ante Dios no nos avergonzábamos por ello, sino que nos consolábamos mutuamente y la gente podía ver en nosotros a simples seres humanos como ellos, no a cristianos pretendiendo ser súper hombres. No queríamos impresionar, sólo queríamos que vieran en nosotros a simples vasijas de barro, sólo barro, nada más. Pero vasijas que tenían dentro un gran tesoro, a Jesucristo. No aparentábamos ser oro, sino barro conteniendo oro.

Claro, en esa entonces no teníamos la presión del asesor de imagen que nos insistiera en que siempre debíamos aparecer sonrientes, maquillados, bien peinados y vestidos. Destilando el éxito que hace que se vendan nuestros libros y videos y que la gente llene los lugares donde nos presentamos.

Eran épocas en que pasábamos más tiempo de rodillas delante de Dios que el que se pasa hoy frente a la computadora, los micrófonos, las cámaras y los púlpitos. Nadie nos pedía autógrafos ni se tomaba fotos con nosotros, pero sí nos pedían que oráramos y leyéramos la Biblia juntos.

¿Acaso pretendo decir que para ser espirituales debemos volver a los métodos antiguos y desechar tan valiosas herramientas que el Señor nos permite hoy en día? No, jamás, sólo pretendo dejar en claro algo, que lo primero deja de ser lo primero cuando le ponemos algo por delante.

Cuando las estrategias dejan de serlo y se convierten en principios, nos desenfocamos. Si el centro de nuestra predicación es la prosperidad, el éxito y otros interés humanos, nos perdemos. Jesucristo y su vida en nosotros deben ser el foco de nuestra atención, no los medios, no las estrategias, no el público. No busques recompensas terrenales, tal vez no se te den, pon la mirada más arriba, levanta tus ojos”.

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“Devocionales en Pijama”
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Se recarga solo, pero se consume en sociedad.

(Mateo 6: 4, 6, 17, 18).

Todo ser humano lleva dos tipos de vida: una privada y otra pública. Y lo usual es que nos esmeremos en gran manera en la pública, aún en detrimento de la privada. En la cultura actual hablar de imagen es hablar de un tesoro, al punto de haber grandes empresas especializadas en manejar la imagen de una persona, un producto o una institución.

No es gratuito por ello que prestemos tanta atención a lo que proyectamos socialmente, a lo que la gente ve y piensa de nosotros a partir de los elementos que les ofrecemos porque los sacamos de nuestra privacidad y los ponemos en la vitrina.

Un especialista en la riqueza de vida espiritual enseñó hace dos mil años a sus escuchas que era sumamente importante prestarle atención a lo que sucedía en lo secreto de nuestras vidas, pues ello determinaba o nuestro éxito o nuestro fracaso en público. Ese maestro fue Jesucristo, quien en Mateo capítulo seis, en la Biblia, enfatizó varias veces la palabra secreto, diciendo que era necesario hacer cosas buenas en secreto para de esa manera recibir gratificaciones en público de parte de Dios.

Por ejemplo, dijo él, den sus ayudas materiales a los necesitados en secreto, para que puedan recibir recompensas. Oren en secreto, para que puedan ver las respuestas de Dios. Y ayunen en secreto, para que Dios les premie.

En ese sentido, la vida espiritual de un cristiano se parece a un celular, se recarga solito, aislado, pero después puede usarse en público haciendo llamadas a otros celulares.

El cristiano debe recargarse solo, en secreto, en intimidad con Dios, para luego poder ser efectivo en sus relaciones sociales.

Una frase célebre dice que quien sabe estar de rodillas delante de Dios, puede sostenerse en pie delante de los hombres.

Tal vez alguien se pregunte: ¿oye, entonces cuándo oro o canto en público eso no cuenta, tiene que ser siempre en secreto?

Claro que cuenta, el cristianismo no se vive aislado, sino en comunión con otros, sean cristianos o no, pues caeríamos nuevamente en el error histórico de los ascetas que se encerraban en las ermitas (por eso se les llamaba ermitaños) supuestamente para ser más espirituales.

Además, el congregarnos en una iglesia es un mandato, no una sugerencia.

Pero cuidado, aunque estés con un millón de personas orando y cantando, Dios se estará relacionando en secreto con cada uno de esa multitud, con cada corazón.

Así es que ten esto en cuenta: si cultivas tu intimad en la red privada con Dios, ten la seguridad de que serás recompensado en la red social.

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Tentación, obsesión, opresión y posesión.

(Efesios 6:11-13).

La imagen del diablo ha sido tan distorsionada a nivel de la cultura popular que de su personalidad no sólo se hacen chistes y disfraces, sino que hasta clubes de fútbol como el Independiente, de Argentina, el Toluca, de México, y el América, de Colombia, lo tienen como su emblema, por eso le llaman a estos equipos los diablos rojos.

Pero como si este detalle no bastara, en la ciudad de Ríosucio, en Colombia, del cinco al diez de enero, cada dos años, se celebra el Carnaval del diablo, que atrae a muchos turistas. El personaje rojo y feo, con nariz aguileña, mentón puntudo, cachos, cola y un tridente en la mano, al que identificamos como el diablo, no es realmente el astuto Satanás que nos muestra la Biblia.

Esa figurilla no tiene nada que ver con el homicida, el tentador, la serpiente antigua y el padre de mentira contra el cual luchó Jesús y le venció en la cruz, despojándole de todos sus principados y potestades y exhibiéndole públicamente como un derrotado.

Lucifer y sus ángeles son una realidad en el mundo espiritual, y aunque están vencidos y condenados al infierno, no obstante, como animales venenosos que están heridos de muerte, siguen haciendo daño a todo aquel que les da la oportunidad.

La Biblia enseña que los cristianos no debemos temerle al diablo, pero sí cuidarnos de sus ataques y estratagemas, a la vez que nos instruye para que le reprendamos en el nombre de Jesús, motivo por el cual podemos ejercer autoridad sobre sus huestes espirituales de maldad y pisotearles.

Y en cuanto a las estrategias de ataque de Satanás podemos identificar cuatro maneras de agredir a los seres humanos para destruirles:

1. La primera es la tentación, la cual es una provocación a hacer aquello que Dios nos ha prohibido. Aquí el enemigo estudia bien aquellas áreas donde somos débiles y luego nos seduce para desobedecer al Señor ofreciéndonos un  apetitoso y venenoso manjar.

2. La segunda es la obsesión, que es un ataque desde afuera de la persona hacia su mente, haciéndole pensar permanentemente, y hasta soñar, con un objeto, persona o situación que en apariencia luce agradable, placentera y deseable. Es un bombardeo a la mente.

3. La tercera es la opresión, la cual consiste en un ataque desde afuera de la persona hacia su salud, sus finanzas, su familia y su vida espiritual. Estas agresiones pueden ser crueles.

4. Y finalmente está la posesión, que es cuando un espíritu maligno o varios espíritus se meten dentro del cuerpo de una persona y asumen su control. Las manifestaciones son evidentes, pues el poseso puede hablar con una voz que no es la suya, desarrollar una fuerza y unas habilidades asombrosas, rechazar todo lo santo y hasta decir blasfemias contra Dios.

Y aunque las películas muestren al diablo como un ser terrorífico recordemos que Jesús ya lo venció y nos ha dado autoridad a los cristianos para reprenderle en su nombre.

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Para subir cien pisos sólo da un paso, y uno, y uno…

Una canción no se hace en un solo día, sino que hay que componerle la letra, revisar que esté bien redactada, que no tenga incorrecciones idiomáticas o de tesis y que exprese un mensaje completo. Luego hay que hacerle la música, los arreglos para cada instrumento, buscar dichos instrumentos e instrumentistas y grabar y editar. Después hay que saber cómo se va a interpretar dicha canción, cuál tipo de voz le irá mejor y cómo se va a mezclar con la pista musical. Y finalmente, para cerrar todo el proceso, se debe masterizar.

Un libro no se escribe en un solo día, requiere trabajo de investigación, días y días de escritura, revisión de lo que se ha escrito, correcciones de estilo y de fondo, asesorías, y finalmente, la elaboración del manuscrito que irá a los talleres de impresión.

Una buena comida no se hace de improviso, requiere de conseguirse cada uno de los ingredientes, prepararlos por separado, saber en qué momento se mezclan, cuánto tiempo se cocinan, cómo se aderezan, cómo se acompañan y cómo se sirven.

Una casa no se construye en un día, requiere de un diseño, de la aprobación de los planos por parte del gobierno, de la preparación del terreno, de conseguir los materiales, el personal que hará la construcción y de asegurarse que se están cuidando los detalles más mínimos como son la instalación de las redes hidráulicas, eléctricas, de gas y otras.

Todo lo que se quiera emprender en la vida requiere de un trabajo de planeación, de asesoría, de organización y de ejercicio constante.

Son millones y millones las ideas maravillosas que se han ido a la tumba con sus creadores simplemente porque nacieron en un arrebato de emoción y a los pocos días fueron abandonadas en otro arrebato de emoción.

No es el entusiasmarse y decir voy a hacer esto, y esto, y esto, lo que logra la concreción de grandes ideas. Es el trabajo constante y dedicado. Es la decisión de dar pequeños pasos, pero dándolos cada día, sin abandonar el proyecto. Si quieres subir un edificio de cien pisos no te afanes por querer lograrlo dando saltos de a cinco pisos, basta con que des sólo un paso, y uno, y uno, y uno, y continúa así, hasta que llegues al cien.

El problema con mucha gente es que se desanima y abandona estupendas empresas sólo porque no lograron grandes resultados en poco tiempo. Se les olvida que los enormes leones alguna vez fueron pequeños cachorritos.

¿Quieres hacer una carrera universitaria? Comienza simplemente por reclamar el formulario de inscripción, eso es todo. Mañana harás otra parte, y luego otra, y ya verás lo que pasa en cinco años.

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Se busca ladrona. Buena recompensa.

(1 Pedro 3:1-7).

La agrupación Mocedades hizo muy popular la canción “Amor de hombre” que en uno de sus apartes dice: “Ay, amor de hombre, que estás haciéndome llorar una vez más, sombra lunar que me hiela la piel al pasar, que se enreda en mis dedos, me abrasa en su brisa, me llena de miedo. Ay, amor de hombre, que estás llegando y ya te vas, una vez más…”.

Y es que le cuesta a la mujer entender, que aquel que cautivó con sus encantos, se puede un día perder. Porque el varón en cautiverio hasta se puede reproducir, pero sin abandonar la idea de poder huir. Si tan sólo ella conservara el encanto para retener, pudiera hasta dejarle la puerta abierta que él de su hembra no se querrá perder. Y para entender un poco la naturaleza viril he aquí un anuncio que el periódico no va a escribir:

“Se necesita una ladrona, una mujer que venga y me robe el corazón.

Una mujer que con la mirada me diga héroe en lugar de que no valgo nada.

Una mujer que no sólo me hable de labiales y flores, sino que también comente de jugadas y goles.

Una mujer que me escuche atenta y no sólo pregunte si conseguí lo de la renta.

Una mujer que no me compare con tipazos del mundo, sino que me vea como el galán de su mundo.

Una mujer que a mi sistema reproductivo le preste atención y sepa que cada tercer día estoy  listo para la acción.

Una mujer que ante familiares y amigos jamás me desvalorice sino que como a un príncipe siempre me cotice.

Una mujer que me dé el sí y conmigo se case y haga de nuestro hogar su única base.

Una mujer que no arruine con indiferencias el lecho nupcial, sino que se entregue y disfrute el romance conyugal.

Una mujer con la que hijos pueda procrear sabiendo que será buena madre y no los va a descuidar.

Una mujer que se esfuerce por una linda casa mostrar y que no la adorne con celos y peleas porque la va a arruinar.

Una mujer que ahorre, cuide y la economía esté viendo, para así de los cobradores no estarse escondiendo.

Una mujer que no descuide ni su salud ni arreglo personal para que uno nunca se avergüence cuando la tenga que presentar.

Una mujer que sea mi cuidadora, mi ovejita, mi amiga, mi confidente, mi admiradora, la madre de mis hijos, mi novia y amante, que yo le prometo ante Dios que seré su varón fiel y constante.

Y que aunque esté grande y con mostachón, sólo suyo será mi corazón.

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Se busca ladrón. Buena recompensa.

(Efesios 5:21-33).

El vocalista Emilio José hizo muy popular una balada que decía: “ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio, contigo porque me matas y sin ti porque me muero”. Y este estribillo pudiera ser el de muchos caballeros frustrados que no logran entender a sus esposas, pero la verdad es que ni ellas se logran entender a sí mismas.

Fue por ello que Dios en su infinita sabiduría jamás pidió que las descifraran, sino que las amaran, puesto que Él jamás pide cosas imposibles de cumplir. Pero como para tener aunque sea una vaga idea de cuáles son las necesidades básicas de una mujer, he aquí un clasificado que por supuesto nunca saldrá en los avisos del periódico de tu ciudad:

“Se necesita un ladrón, un hombre que venga y me robe el corazón.

Un hombre que se mire en mis ojos y me haga sentir su princesa sin sonrojos.

Un hombre que no me hable de autos y motores sino del aroma de las flores.

Un hombre que me escuche atento y me haga preguntas sobre lo que le cuento.

Un hombre que no me vea como a una más del mundo, sino como la mujer que para él es todo su mundo.

Un hombre que pueda comprender mis continuos cambios hormonales y por ende mis variaciones humorales.

Un hombre que me pida que le cante, aunque sepa que desafine y el tono no levante.

Un hombre que solicite que con él me case y que haga de nuestro hogar su única base.

Un hombre que no me viole en el lecho nupcial, sino que me seduzca con romance para mi amor entregar.

Un hombre con el que se pueda hijos engendrar sabiendo que no los va a abandonar como si fuera semental.

Un hombre que se esfuerce en proveer para las necesidades de la casa y no que se conforme con una economía escasa.

Un hombre que no descuide su salud ni se le descuelgue la panza cuando en el almanaque vea como el tiempo avanza.

Un hombre que aunque me vea gorditos, canitas, venitas y arruguitas, todavía me acaricie con sus manos de macho y así juntos ponerle más leña al rancho.

Un hombre que sea como mi padre, mi pastor, mi proveedor, mi cuidador, mi amigo, mi confidente, el padre de mis hijos, mi novio y amante, que yo le prometo ante Dios que seré su ayuda idónea constante, eso sí, traviesa en la noche y santa cuando me levante”.

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Amando sin decir amor.

(1 Juan 3:17-19).

Claro que es posible saludar sin decir la palabra saludo, bendecir sin decir la palabra bendición, alabar sin decir la palabra alabanza, sanar sin decir la palabra sanidad y amar sin decir la palabra amor. Muchas veces nos quedamos en la comodidad de verbalizar el concepto mas no en practicarlo y nos engañamos al pensar que estamos en lo correcto.

Si tú le dices a una persona: “saludo, oh sí, saludo, saludo”. Lo más probable es que se te corra pensando que eres peligroso, pues aunque le expresaste la palabra saludo realmente no se ha sentido saludada. En cambio, si le dices: “hola, que bueno verte, cómo estás”. En este caso sí la saludaste, aunque ni le mencionaste la palabra saludo.

Si le tomas la mano a una persona y le dices con tono sincero: “bendiciones, oh mi hermano, bendiciones”. No le estás bendiciendo realmente, sólo mencionándole la palabra bendición. Lo que debes hacer es declarar sobre su vida un favor especial de Dios, pues eso es lo que quiere decir bendecir, traducción en la Biblia de la palabra griega “eulogeo”, que es elogiar, bien decir, no maldecir, sino bien decir. De manera que si deseas bendecir por ejemplo a un hijo que sale de viaje, dile algo como: “que el Señor te lleve y te regrese con bien, que te guarde de todo mal y peligro y te permita disfrutar y aprovechar este viaje para que vuelvas feliz”.

Si en un aeropuerto abordas a un famoso deportista y le dices: “te alabo, te alabo, oh, sí, sí, te alabo”. Lo más probable es que lo asustes y llame a la policía para que te retire. En cambio, si te le acercas y le dices: “Disculpa te tomo un minuto, sólo quería expresarte mi admiración por el gran trabajo que has hecho este año, de verdad que has dejado muy en alto los colores de nuestra bandera y eres el justo ganador de todos tus trofeos. Felicitaciones”. Con toda seguridad que dicho personaje se sentirá alabado y agradecido por tu admiración.

Lo mismo sucede con algunos cristianos que quieren alabar a Dios. En lugar de expresarle el porqué le alaban, lo que hacen es repetirle la palabra varias veces. Y acontece también con algunas canciones dirigidas a Dios y que carecen de contenido. Es probable que en algún hospital puedas ver a un equipo de médicos sanando a un enfermo sin necesidad de sacudirlo por los hombros y gritarle: “sanidad, sanidad, oh sí, sanidad”. Y en cuanto al amor el apóstol Juan no enseña en su primera epístola a no ser tan retóricos y volvernos más prácticos. El amor al cual nos llama Dios no es el se queda en solas palabras, o en el nivel místico, donde le agarramos la mano a alguien y luego le abrazamos mientras le susurramos: “Oh, sí, mi hermano, te amo, te amo, el Señor sabe que estás muy dentro de mi corazón”.

Tampoco el amor que se queda en lo sentimental y nos emociona hasta erizarnos. Dios nos pide que vayamos al siguiente nivel, al amor práctico, al amor que se demuestra con hechos y no sólo con gestos y palabras. El amor que se interesa por las necesidades materiales y espirituales del otro. El que nos hace preguntar y sacar la billetera para servir.

El amor que le tiene paciencia a los demás, que los apoya en sus luchas,  que los consuela, que los anima, que los acompaña y ora por ellos. Ese es el amor que debemos dar, y que, la verdad sea dicha, también necesitamos nosotros.

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No abandones la escuela, más bien renueva tú matrícula.

(Juan 8:31).

Así como no puede haber un padre sino existe un hijo, tampoco puede haber un maestro sino existe un alumno. Y cuando en la Biblia a Jesucristo se le llama Rabino, que quiere decir maestro, es porque cuenta con un grupo de alumnos a los cuales les da cátedra, motivo por el cual a sus apóstoles se les denomina con mucha frecuencia en el texto sagrado como discípulos, que no es otra cosa que aprendices o educandos.

Jesucristo fue todo un profesor y aún lo sigue siendo, sólo que ahora no dicta su cátedra estando presente en carne y hueso, como hace dos mil años en Israel, sino a través del Espíritu Santo y en todo el globo terráqueo. Y lo hace impartiendo sus lecciones y su vida espiritual a todos aquellos que le han rendido sus vidas y se han matriculado con Él.

Aunque la palabra creyente es usada en varias ocasiones en el Nuevo Testamento como sinónimo de seguidor de Cristo, en Juan 8:31 Jesús nos hace ver que a pesar de que mucha gente cree en Él, es necesario no quedarnos en ese nivel, sino pasar al siguiente, que es el de ser discípulo. Una paráfrasis del texto juanino sería así:

“Jesús entonces le dijo a los judíos que habían creído en Él, si permanecen en mi Palabra, en mi cátedra, en el conocimiento de mi doctrina y en la práctica diaria de mis enseñanzas, ya no serán simples creyentes, sino que avanzarán a ser mis discípulos, mis estudiantes.”

Jesucristo quiere que al comenzar este nuevo año lectivo renueves tu matrícula en su escuela y decidas ser su alumno, fiel en asistencia y dedicado al estudio. Él no quiere que seas simplemente un creyente que pasa por el frente de su centro educativo pero que no se atreve a entrar. O que te pares a la puerta de su aula de vez en cuando para escucharle y luego conversar con algunos de sus aprendices. O que le admires en la distancia y hasta lo recomiendes a Él como maestro, a su escuela y a su cátedra.

No, el rabino Jesucristo quiere continuar en ti y en mí la buena obra que un día empezó y está perfeccionando. Pero por favor, no abandones el proceso, no incurras en deserción escolar, más bien avanza al siguiente grado. En la vida cristiana debes ser constante en tu FORMACIÓN para que así Dios pueda continuar tu TRANSFORMACIÓN.

Pongámonos de rodillas cada mañana y pidámosle a Dios que a través del Espíritu Santo nos lleve a niveles más altos de conocimiento y vivencia espiritual. Dejemos que Él siga trabajando por nosotros, en nosotros y a través de nosotros. Ya no seamos simples creyentes, seamos discípulos fieles, sigamos aprendiendo a los pies del rabino Jesús.

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Las falsas acusaciones contra un mono.

(Salmo 100:3).

Estaban tres monos compartiendo sobre un cocotero cuando el más anciano de ellos dijo:

“¿Cómo les parece a ustedes? ¡Esto es indignante! ¿Cómo puede ocurrírsele pensar a alguien que la teoría del biólogo inglés Charles Darwin de que el hombre venga del mono tenga sentido? ¡Es inaudito! ¿Cuándo han visto ustedes a un mono abandonar a su esposa y dejarla tirada con todas sus crías por irse detrás de una mona más joven? ¿O cuándo han visto ustedes que una mona abandone a su bebé para que muera de hambre? ¿O alguna vez han oído que una mona deje a su bebé al cuidado de extraños?

¿Cuándo han visto a un mono trabajar duro toda una semana para luego despilfarrar su salario en un solo día, encerrado en un local, con música ensordecedora, luces mareantes, consumiendo licor e inyectándose droga que lo mata poco a poco?

Yo, en todos mis años de vida, jamás he visto a un mono desarrollando armas sofisticadas para matar a otros monos. Ni a alguien de mi especie que sea tan egoísta que construya una cerca alrededor de un cocotero para que otros no puedan comer de sus frutos. Nosotros no destruimos nuestro hábitat ni envenenamos el agua que no vamos a tomar.

Nunca veremos a un mono irse de fiesta con sus amigos, dizque a divertirse, y luego regresar a casa alcoholizado, desdichado y sin dinero, a golpear a sus crías y a su pareja. Los monos no somos tan perversos. Creo que si los hombres son animales que han evolucionado, definitivamente no lo han hecho de nosotros. Y eso queda demostrado primeramente por lo que les he dicho.

En segundo lugar, porque nunca van a encontrar el tal eslabón perdido que demostraría que los humanos sí vienen del mono, sencillamente porque dicho eslabón no existe. Y en tercer lugar, porque jamás se ha visto a un mono convirtiéndose en hombre, aunque sí al contrario, a un hombre convertirse en mono al degenerarse físicamente”.

La sátira de esta fábula nos hace pensar en lo que enseña la Biblia sobre la creación de la humanidad. Dios formó al hombre del polvo de la tierra y luego le dio espíritu de vida para que fuera semejante a Él. A la mujer por su lado la hizo a partir del hombre, para que los dos fuesen complementarios. Pero al entrar el pecado en el mundo ambas creaciones comenzaron a degradarse moralmente.

Aunque ahora hay una muy buena noticia, y es que Jesucristo ha venido a rescatarnos de la esclavitud de ese pecado y a darnos vida eterna. Y si tú crees en esa buena noticia y le rindes tu vida a Jesucristo, Él te hará libre y te salvará de la condenación del pecado y de la influencia del pecado.

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¿Sabes cuándo comenzarás a ser feliz?

(Filipenses 4:4).

En algunas familias la muerte de un ser querido resulta ser un hecho trágico, hay gritos, llanto, lamentos, preguntas y reproches; pero en el caso del abuelo Isaac su partida a la eternidad fue muy diferente. La noche anterior estuvo viendo televisión, tomando té con galletas y conversando animadamente con sus hijos y nietos que se habían volcado a su casa sabiendo que en cualquier momento, según el médico, se daría el desenlace fatal.

A la mañana cuando su hija menor fue a despertarlo para el desayuno lo encontró rígido, pálido, sin signos vitales y con una sonrisa de oreja a oreja. Su rostro irradiaba tanta felicidad que su nieto Marcos fue por su cámara a la habitación y le tomó una foto. Durante las honras fúnebres en la iglesia local, Eduardo, el mayor de los cuatro hijos de don Isaac, relató a los concurrentes como fue la última velada con su padre.

“Ese día, después de la cena, mi hermano, mis dos hermanas, mis dos hijos y mis cuatro sobrinos estábamos alrededor de él, como si escucháramos a un filósofo de la antigüedad. Allí fue que nos contó cuándo empezó a ser feliz en la vida. Cuando era niño creía que la felicidad lo esperaría en la juventud, pero llegó a joven y ésta no apareció. Luego creyó que sería feliz cuando se graduara, pero no fue así. Concluyó entonces que la felicidad empezaría al casarse con mi mamá, pero sólo la pasó bien recién casado, porque como en todo hogar, después de la luna de miel los conflictos y complejos que hemos ocultado muy bien comienzan a aflorar uno por uno.

La conclusión entonces era clara, la felicidad llegaría con los hijos. Llegamos cuatro y ninguno la traía debajo del brazo. Tampoco llegó con los nietos, ni con la jubilación. Y aunque suene escandaloso decirlo en una iglesia, tampoco le llegó cuando se entregó con toda su alma al Señor Jesucristo. Fue entonces que una vez, durante un retiro espiritual, le confesó al pastor el por qué se sentía frustrado.

Con mucha vergüenza le dijo que había momentos en que le parecía que caminaba por el cielo, pero que esos sentimientos se desvanecían y le parecía que lo arrojaban al infierno. Que por eso su ilusión era esperar a llegar al cielo, para realmente ser feliz. El pastor entonces le precisó en pocas palabras, algo que fue determinante en su vida. Le aclaró cuándo es que realmente comienza la felicidad.

Y la verdad es que desde ese día, papá fue muy feliz. A grandes rasgos lo que el pastor le enseñó a mi padre fue que cuando Pablo le escribió a los Filipenses, les insistió en que se alegraran en el Señor siempre, siempre. Y luego le hizo ver que la felicidad no es un sentimiento, ni algo que pedimos en oración, sino que la felicidad es una decisión. Es una actitud frente a la vida. Uno debe decidir todos los días ser feliz. Aún en medio de las crisis es uno quien decide, espiritualmente, ser feliz en Cristo. Ese consejo de aquel pastor fue el que marcó la vida de mi padre. Y espero que hoy marque la de ustedes también”.

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